Martin McDonagh es un Quentin Tarantino empapado en whiskey y sin la necesidad de convertir cada película en un inventario de referencias cinematográficas. Los dos proceden de una concepción profundamente teatral del cine, escriben diálogos tan profanos como maravillosos, poseen un oído privilegiado para el subtexto y saben escoger actores capaces de encontrar humanidad debajo de la crueldad. También comparten una aproximación a la violencia que produce dolor y risa al mismo tiempo, esa carcajada nerviosa que aparece cuando el horror se vuelve tan absurdo que cualquier reacción razonable deja de ser suficiente.
La diferencia se encuentra en aquello que alimenta sus universos. Tarantino dialoga con las películas que lo formaron; McDonagh conversa con el teatro, la tradición católica irlandesa, la culpa, la posibilidad del perdón y el humor negro de Samuel Beckett. Sus personajes se insultan, se lastiman y hablan para evitar el silencio porque, apenas dejan de hacerlo, descubren el abismo que tienen delante. En Wild Horse Nine, dos hombres esperan la muerte en una isla remota mientras discuten sobre estatuas, asesinatos, quesos estadounidenses, polillas y las decisiones que pudrieron sus vidas. Beckett habría reconocido inmediatamente a la pareja.
La película se desarrolla en 1973, poco antes del golpe de Estado contra Salvador Allende. Chris, interpretado por John Malkovich, y Lee, encarnado por Sam Rockwell, son agentes de la CIA destinados en Santiago. Ambos han dedicado sus vidas a operaciones clandestinas, asesinatos y conspiraciones que Washington nunca reconocerá públicamente. Su jefe, MJ (Steve Buscemi), descubre que Chris se ha convertido en un riesgo para la agencia. El veterano padece un cáncer avanzado, consume morfina, comienza a perder la memoria y graba unas confesiones en las que menciona décadas de secretos estadounidenses.
Chris desea viajar a Isla de Pascua (Rapa Nui en nombre indígena) antes de morir para conocer las cabezas gigantes (los moái en lengua indígena) que lo han obsesionado durante años. Lee acepta acompañarlo como amigo, protector y vigilante. Durante el vuelo conocen a Mónica (Mariana di Girolamo) y Alicia (Ailín Salas), dos estudiantes chilenas de izquierda que admiran a Allende y también se dirigen a la isla. La facilidad con la que Chris revela información comprometedora convierte las vacaciones en una operación potencialmente desastrosa.
La situación parece el comienzo de un chiste típico por McDonagh. Dos asesinos de la CIA llegan a la Isla de Pascua, se burlan de los nombres indígenas, discuten frente a unas cabezas gigantes y esperan que ninguno tenga que matar al otro. Como ocurre en sus mejores trabajos, la broma empieza a descomponerse hasta revelar una historia sobre la culpa, el miedo y la imposibilidad de escapar de aquello que hemos hecho.
La filmografía de McDonagh lleva años preparando este viaje. El cortometraje Six Shooter ya reunía el duelo, la muerte súbita y una crueldad tan desproporcionada que terminaba produciendo risa. In Bruges convirtió a dos asesinos refugiados en Bélgica en criaturas capaces de discutir sobre arte, turismo, culpa y condenación mientras esperaban un castigo inevitable. Seven Psychopaths examinó la fascinación masculina con la violencia y la necesidad de transformar cada cadáver en material narrativo. Three Billboards Outside Ebbing, Missouri encontró en el dolor de una madre el combustible para una guerra moral donde nadie conservaba las manos limpias. The Banshees of Inisherin redujo una ruptura entre amigos a una parábola sobre la soledad, el orgullo y la Guerra Civil irlandesa.
Wild Horse Nine reúne esas obsesiones dentro de una película que parece escrita como testamento. Regresan los asesinos conversadores, el paisaje aislado, la amistad masculina convertida en tormento, el humor frente a la muerte y la posibilidad remota de redención. McDonagh conoce demasiado bien este territorio, pero su regreso carece de pereza. La familiaridad funciona como la repetición de un compositor que vuelve sobre un mismo motivo porque todavía quedan variaciones por descubrir.
Chris y Lee también parecen descendientes de Vladimir y Estragón en Esperando a Godot. Son dos hombres atrapados dentro de una espera cuyo desenlace conocen desde el comienzo. Discuten por asuntos insignificantes, cuentan historias, se contradicen y se atacan porque hablar les permite aplazar el instante en que deberán enfrentarse a la muerte. Su antipatía inicial es absoluta. Chris resulta arrogante, racista, machista y cruel; Lee posee menos cadáveres en su pasado (y menos famosos), aunque sus múltiples asesinatos tampoco permiten solicitar el ingreso inmediato al cielo. Ambos han servido a una maquinaria política que destruyó países completos y luego escondió sus responsabilidades detrás del secreto de Estado.
McDonagh consigue que terminemos queriéndolos sin absolverlos. La empatía surge de observar a dos hombres que comprenden demasiado tarde que entregaron sus vidas a una estructura incapaz de sentir gratitud. La CIA puede premiar su silencio, utilizarlos mientras resulten útiles y eliminarlos cuando se conviertan en una amenaza. Chris y Lee descubren que su amistad constituye la única prueba de que alguna vez significaron algo para otra persona.
Chile tampoco funciona como un decorado histórico. La presencia de los agentes en esta película producida por los hermanos Pablo y Juan de Dios Larraín, recuerda la intervención de Estados Unidos contra un gobierno elegido democráticamente y la facilidad con la que una potencia puede convertir otro país en tablero para sus operaciones. Chris habla de Guatemala, el Congo, Cuba, Vietnam y Dallas con la desenvoltura de quien comenta antiguos viajes de trabajo. Su memoria personal coincide con varias de las heridas políticas del siglo XX.
La imagen de las polillas condensa su contradicción moral. Chris ha asesinado a decenas de personas, pero ahora procura capturar los insectos de su casa para liberarlos y se preocupa si afuera está lloviendo. Incluso reconoce que en ocasiones siente mayor compasión por las polillas chilenas que por los habitantes de Chile. La frase explica la banalidad con la que estos hombres aprendieron a separar la conciencia de sus actos. Salvar un insecto les permite sentirse misericordiosos mientras una nación entera se acerca al horror.
John Malkovich entrega una de las mejores interpretaciones del año y uno de los trabajos más completos de su carrera. Su voz nasal, sus silencios, el cansancio de su cuerpo y aquella expresión de fastidio permanente construyen a un hombre que se burla del mundo porque ya no espera nada de él. El actor permite que la enfermedad aparezca sin convertirla en un espectáculo. En cada olvido se percibe el terror de alguien que está perdiendo la única posesión capaz de incriminarlo y definirlo, su memoria.
Malkovich también entiende que Chris disfruta provocando a quienes lo rodean. Sus comentarios ofensivos operan como pruebas lanzadas contra los demás para averiguar quién todavía está dispuesto a soportarlo. El personaje puede resultar repulsivo durante una escena y devastador en la siguiente. Si la temporada de premios conserva un mínimo de justicia, su nombre debería aparecer entre los candidatos al Óscar. Su interpretación posee la precisión, la inteligencia y el dolor de esos trabajos tardíos que obligan a preguntarse por qué el cine no había vuelto a ofrecerle un personaje de esta magnitud.
Sam Rockwell jamás queda relegado. Lee funciona como el compañero ideal para la anarquía de Chris porque su exasperación posee ritmo, calidez y una tristeza que aumenta a medida que comprende la verdadera naturaleza del viaje. Rockwell tiene la difícil tarea de escuchar durante largos periodos y consigue que cada reacción complete aquello que Malkovich está diciendo. Su personaje todavía conserva vínculos con una esposa y unos hijos en Estados Unidos, aunque las conversaciones telefónicas revelan que aquella vida familiar también se encuentra descompuesta.
Parker Posey necesita pocas escenas para convertir a Marge en una presencia venenosa, promiscua y divertidísima. Cada llamada telefónica deja una nueva prueba del derrumbe matrimonial de Lee. Steve Buscemi aprovecha de manera semejante sus apariciones como MJ, un burócrata nervioso que puede ordenar una muerte con la irritación de quien intenta corregir un error administrativo. Tom Waits extiende el particular zoológico de McDonagh con una presencia que parece llegada desde otra esquina del purgatorio.
Mariana Di Girolamo y Ailín Salas representan a la generación chilena que todavía cree posible defender a Allende y detener el avance del fascismo (o de la traición). Sus personajes sirven como contrapunto político para los estadounidenses, aunque el guion les concede menos desarrollo del que merecen. La película continúa observando el mundo desde una masculinidad que ocupa casi todo el espacio y utiliza a varias mujeres como detonantes, víctimas o testigos. Esa limitación pertenece a los personajes y también a una escritura que parece demasiado cómoda dentro de su fraternidad masculina.
La fotografía de Ben Davis convierte a Rapa Nui en un paisaje hermoso y amenazante. Los moái observan a los protagonistas como un jurado de piedra, indiferente ante los imperios, los golpes de Estado y los hombres convencidos de su importancia histórica. Los caballos salvajes (especialmente uno), el océano y los atardeceres amplían una historia que habría podido ocurrir sobre un escenario desnudo. La isla ofrece la escala necesaria para que la pequeñez de estos asesinos resulte evidente.
Algunas provocaciones parecen escritas por un McDonagh demasiado consciente de su reputación. La vulgaridad, el machismo, el absurdo y ciertas irrupciones violentas empujan ocasionalmente la película hacia terrenos ya recorridos en In Bruges y Seven Psychopaths. Su estructura avanza con calma hacia un desenlace que el espectador puede presentir desde temprano. Sin embargo, la interpretación de Malkovich desordena cualquier mecanismo demasiado calculado y le concede al relato una vulnerabilidad que el guion por sí solo quizá no habría alcanzado.
Bajo los insultos, las bromas y los cadáveres permanece una pregunta católica. ¿Puede un hombre obtener alguna forma de gracia después de haber dedicado su vida a matar? McDonagh evita ofrecer una absolución sencilla. Chris siente compasión por las polillas, pero continúa justificando buena parte de sus crímenes; Lee empieza a reconocer el vacío de su existencia sin convertirse repentinamente en inocente. La amistad entre ambos constituye la única zona donde todavía pueden realizar un acto que no responda a una orden.
Wild Horse Nine es un triunfo sólido, bellamente fotografiado, dolorosamente humano y sostenido por interpretaciones extraordinarias. McDonagh vuelve a demostrar que posee una de las filmografías más coherentes y exquisitas del cine contemporáneo. Sus películas hablan de seres despreciables que, contra cualquier pronóstico, conservan una pequeña posibilidad de amar y ser amados.
Jim, el hermano de Chris, asegura que el mundo se pudrió después del asesinato de John F. Kennedy. La película contempla Chile en 1973, recuerda las intervenciones de la CIA y sugiere que quizá el personaje está siendo demasiado generoso con la fecha. El mundo posiblemente siempre estuvo podrido. Aun así, dos hombres pueden acompañarse frente a la muerte, salvar una polilla de la lluvia o encontrar un último gesto de lealtad entre las ruinas. En el cine de McDonagh, esa mínima humanidad es cuanto queda de gracia.


