Crítica: Leviticus: Ritual de sangre

El terror de esta cinta australiana no nace del ente sobrenatural que acecha a sus protagonistas, sino de quienes creen estar salvándolos.

Adrian Chiarella 

/ Joe Bird, Stacy Clausen, Mia Wasikowska, Nicholas Hope

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de Cinetopia

La relación entre el cine de terror y la comunidad LGBTQ+ siempre ha sido compleja. Durante décadas, el género utilizó la diferencia como amenaza, castigo o monstruosidad. Cineastas como Todd Haynes (Poison), Jane Schoenbrun (I Saw The TV Glow), Carter Smith (Swallowed), Luca Guadagnino (Bones And All) e incluso Darren Aronofsky (Black Swan) desde diversos territorios narrativos, han explorado el miedo desde la experiencia queer. Leviticus se suma a esa conversación con una propuesta que no pretende ser sutil. El australiano Adrian Chiarella toma una de las herramientas favoritas del horror contemporáneo, la metáfora, y la convierte en el eje de una película que habla de deseo, culpa y violencia institucionalizada.

El título no es casual. Remite al libro bíblico que durante siglos ha servido como justificación para la persecución de personas homosexuales. Chiarella parte de esa carga histórica para construir una pesadilla ambientada en una pequeña comunidad australiana donde la iglesia domina la vida cotidiana y donde dos adolescentes descubren que sentirse atraídos el uno por el otro puede convertirse literalmente en una sentencia de muerte.

Naim y Ryan, interpretados por Joe Bird (Talk To Me) y Stacy Clausen (Crazy Fun Park), encuentran en los descampados, los edificios abandonados y los rincones alejados de las miradas adultas el único espacio donde pueden ser ellos mismos. Chiarella entiende que el horror funciona mejor cuando antes existe algo valioso que perder. Por eso la película dedica tiempo a construir la conexión entre ambos jóvenes. No se trata únicamente de una historia sobre persecución religiosa. Es también una historia del primer amor, del descubrimiento de la sexualidad y de la vulnerabilidad que implica permitir que otra persona conozca quién eres realmente.

El elemento fantástico aparece cuando un supuesto sanador espiritual llega al pueblo para “curar” a los jóvenes considerados desviados. Después del ritual, una entidad comienza a perseguirlos. Aquí el demonio adopta la apariencia de la persona que más deseas cuando estás solo. Chiarella convierte así la atracción y el deseo en un arma. El afecto deja de ser refugio y se transforma en amenaza. El monstruo no castiga el deseo; utiliza el deseo para destruir.

La idea podría haberse quedado en una alegoría evidente, pero el director consigue que funcione porque nunca pierde de vista la dimensión humana del relato. Cada aparición de la criatura está atravesada por una pregunta dolorosa: ¿cómo discernir entre el amor y el miedo? La película juega constantemente con esa incertidumbre y genera algunas de sus mejores secuencias a partir de esa duda.

Joe Bird sostiene buena parte del peso emocional de la historia. Naim es un adolescente confundido, impulsivo y profundamente solo. Stacy Clausen encuentra en Ryan el equilibrio perfecto entre vulnerabilidad y sensualidad. Juntos construyen una química que termina siendo más importante que los sobresaltos o los efectos sobrenaturales. De hecho, Leviticus funciona mejor como romance que como película de terror, y probablemente esa sea una de sus mayores virtudes.

Chiarella y el fotógrafo Tyson Perkins apuestan por una Australia rural gris, silenciosa y asfixiante. Los espacios abiertos nunca transmiten libertad. Al contrario, parecen vigilar constantemente a los personajes. La fotografía despoja al paisaje de cualquier romanticismo y lo convierte en una extensión de la presión social que rodea a los protagonistas. La banda sonora y el diseño sonoro trabajan en la misma dirección, privilegiando los silencios, los ruidos ambientales y una sensación permanente de amenaza.

No todo resulta igual de sólido. El guion dedica tanto esfuerzo a desarrollar su concepto central que algunos personajes secundarios quedan apenas esbozados. La relación de Naim con su madre, interpretada por la siempre bienvenida Mia Wasikowska, sugiere conflictos mucho más complejos de los que la película termina explorando. También hay momentos en los que la explicación de las reglas del demonio reduce parte del misterio que la historia había construido con tanto cuidado.

Sin embargo, esos tropiezos no impiden reconocer lo que Leviticus consigue. Chiarella entiende que las llamadas terapias de conversión ya son, por sí mismas, una historia de horror. No necesita exagerarlas demasiado. Basta con traducirlas al lenguaje del género para exponer toda su crueldad. La película habla de instituciones que convierten el amor en pecado, del miedo que se instala cuando una comunidad decide vigilar el deseo ajeno y de la capacidad de los vínculos afectivos para sobrevivir incluso cuando todo alrededor intenta destruirlos.

Leviticus pertenece a una tradición del terror donde los demonios son menos aterradores que las personas que los invocan. Y en ese terreno encuentra una voz propia. Esta es una película que utiliza el horror sobrenatural para hablar de intolerancia, pero que termina siendo, ante todo, una historia sobre dos jóvenes que se niegan a renunciar a quienes son y terminan pagando un precio.

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