Crítica: ‘La nueva violencia’, el nuevo paseo inmoral de Dillom

Con Ironía punk y enojo generacional, el músico armó su tercer álbum como si se tratara de una tesis de antropología social de la escena local

Por  AYELÉN CISNEROS

agosto 13, 2026

Dillom estrena La nueva violencia, su tercer disco, una muestra radical de su lado más inquieto, que lleva la ironía punk, la broma interna y el enojo generacional a un sonido muy trabajado, una caja de pandora musical de la que sale pop-rock, electro-rock, new wave y más. 

Desde su último disco, Por cesárea, pasaron dos años, y en el medio Dillom no desapareció del todo. Publicó el single “Rojo profundo”, coronó la “era” del segundo disco con un show en Vélez, en diciembre pasado, y colaboró con Lali en “33”, con Six Sex en “Tócame”, con Santiago Motorizado en las Portal Sessions y con AgusFortnite2008 y Stiffy en “El morocho, el rubio y el colo”. Entrevistas van, entrevistas vienen, Dillom estuvo en todos lados mientras craneaba una nueva violencia y esto se nota.

Al menos en este siglo y con las reglas de la industria musical, ser un artista reconocido en el país y en plena expansión global implica reunirse con gente, hacer prensa, aceptar invitaciones, moverse. Y Dillom parece que aprovechó esto para hacer un trabajo de campo que quedó plasmado en su nuevo álbum: una antropología social de la escena vernácula. “Yo soy de la ciudad donde hacen fila para respirar”: es un desafío no convertirse en un sociópata en Buenos Aires.

El paseo inmoral llevó a Dillom por baños bisexuales y por lugares donde la gente llevaba ropa con textura de cocodrilo, o quizás se trataban de cocodrilos humanos. Quién sabe. La lírica es testigo: “tengo nuevos conocidos con muy lindos apellidos, se juntan en saunas fríos con prendas de cocodrilo” (“La nueva violencia”); “miro a esa gente y sus caras son iguales, ya no soy parte de la gente común, me cansé de ir a lugares donde hay gente como uno, de pertenecer a modas pasajeras” (“Gente común”); “siento miradas de gente sin párpados, líneas delgadas delineadas con marcador, cocktail berreta, tragos amargos, tabiques rotos aplastados contra el mármol” (“Cocodrilo”); “dejame dudar de tu sinceridad, a esta hora nadie es rico gratis” (“Nadie coge gratis”), “tu drama es una comedia si tu papi está en wikipedia” (“Fashion”); “fui al baño bisexual y dije hola que tal, alguno más quiere una parte de mí?” (“Palermo Hollywood”). La radiografía, en broma pero no, construye un universo donde el protagonista, esta vez Dillom, sin ningun alterego que agregue distancia (como en Por cesárea), ve cara a cara a la estupidez y al caretaje, se le une, se le despega, pero no compra. Miami (1999) de Babasónicos flota como referencia de algo que podemos llamar “la mirada afilada del momento histórico neoliberal” (cualquier similitud con el presente es pura coincidencia). El espíritu de Dárgelos ronda el disco, definitivamente. 

Y hablando de artistas con elecciones atrevidas de palabras, quién más que Dillom puede hacer una letra de una canción que incluya la desangelada palabra (y concepto) de “SUM”. Un salón de usos múltiples solo puede imaginarse con un piso de porcelanato blanco, luz fría cenital, y sillas de plástico genéricas, semi vacío, una oda a la depresión, pero Dillom la incluye en una de las canciones más bellas del disco, la menos cínica, la que cierra el delirio, “Amigos”. Esta canción es como si “Todo sigue igual” de Viejas Locas tuviera un hijo con el bajo de Peter Hook en New Order. Una canción de amor para los amigos que suena triste. Eso la hace perfecta. Dice en otro pasaje “tantos amigos por conocer” y la conexión con “Amigos nuevos”, de POSTMORTEM, su primer álbum, que también cierra con esta canción, es instantánea. 

En LNV hay muchas imágenes. “Quedar full Telefé” luego de tomar drogas, una idea poco ATP, que tiene mucho de chiste interno, pero que no puede salir de otra boca que no sea Dillom. El canal de la familia, el de los realities, te puede hacer una suave lobotomía. El “shazam” de “Minas”, qué manera disruptiva de aceptar el no entendimiento del género opuesto. “Los días más felices fueron, son y serán”, un guiño al mundo nacional y popular en una canción que se llama “Palermo Hollywood” y refiere a los excesos, es una imagen, al menos, sugerente. 

Aquí Dillom eligió, de nuevo, fundir sonidos, pero esta vez con base en el rock. Hay mucha, mucha producción (en ese sentido, son varios los colaboradores: Bernardo Ferrón, Coghlan, Fermín Ugarte, Franco Dolzani y Samuel Shea). El electro-rock, la new wave, el pop-rock, la energía del hyperpop, todo se une para una pregunta: ¿qué son los géneros para la nueva generación de músicos? Es un debate que la crítica viene arrastrando hace años, y Dillom lo vuelve a poner sobre la mesa en LNV. Sumar prefijos y sufijos a los géneros es parte del juego. En este caso funcionan como una performance para un fin, nada de adscripciones o dogmatismos. 

El disco suena a los 2000, pero más procesado, esa unión del pop y el rock con la electrónica como puente. De a momentos se siente a Gorillaz (sobre todo en “Gente común”), a Of Montreal, a Miranda!, a Franz Ferdinand, músicos que coparon las radios de comienzos de siglo, cuando todavía se escuchaba radio y justamente Dillom era apenas un recién nacido.

Por otro lado, la forma en la que elige sumar otros músicos en su disco es diferente a sus otros trabajos. Decide no nombrarlos en los títulos de las canciones. Recuerda a otro de los discos de esta época, LUX, de Rosalía, que también escapó a la dinámica del featuring. Por ejemplo, Juliana Gattas y Ale Sergi cantan en “Gente común” y su espíritu aparece también en “Souvenir”, una suave canción de amor. Coristas, una novedad: Juana Rozas, Babeblade y Terra son los no-ángeles que acompañan en casi la mitad de las canciones, aportan frescura y potencia. Annie Clark de St. Vicent suma su voz y rareza en “Palermo Hollywood”, Juana Aguirre aparece en “Cocodrilo”, Declan Mehrtens de Amyl and the Sniffers en “Amigos” y Sebastian Murphy de Viagra Boys en “Papá se volvió loco” y “Fashion”. 

El corazón de LNV es la picardía que guía las letras y el sonido, el espíritu burlón rockero que asumió Dillom para su última configuración, aunque en el disco diga que su color favorito sea “el gris legal”. 

Si POSTMORTEM funcionó como una tesis atrevida del trap, una escupida punk frente a una escena concentrada en ser “global”, y Por cesárea, como una forma de hacer masiva su más profunda e íntima oscuridad, LNV funciona como la actualización de esa irreverencia, ahora oscura, que ya conoce la masividad y se le burla.