La existencia misma de Coyote vs. Acme ya parece una historia salida del mundo absurdo e injusto de los Looney Tunes. Warner Bros. decidió archivarla cuando estaba terminada, convertirla en una pérdida fiscal y actuar como si nunca hubiera existido. Durante meses la película se transformó en una especie de leyenda urbana, un proyecto que nadie podía ver pero del que todos hablaban. Finalmente apareció un improbable salvador: Ketchup Entertainment.
La pequeña distribuidora independiente ya había demostrado un olfato muy particular rescatando proyectos que parecían condenados a desaparecer. Primero apostó por Hellboy: The Crooked Man, una de las adaptaciones más fieles al espíritu del cómic de Mike Mignola. Después llegó Goodrich, la entrañable comedia protagonizada por Michael Keaton. Y más recientemente respaldó The Day the Earth Blew Up: A Looney Tunes Movie, devolviendo a Porky y Lucas al estado de gracia y subversión del que hicieron parte en sus orígenes.
Ahora Ketchup Entertainment hace lo mismo con Coyote vs. Acme, una decisión que parece menos un movimiento empresarial que una declaración de principios. Que por fin salga a la luz le dice a los espectadores que todavía hay espacio para películas extrañas, personales y profundamente afectuosas con sus personajes. Y pocas películas recientes quieren tanto a sus personajes como esta.
Durante décadas, el Coyote ha sido uno de los grandes mártires de la cultura popular. Ha explotado, caído por precipicios, atravesado montañas pintadas y sobrevivido a toda clase de inventos defectuosos persiguiendo al veloz Correcaminos. Y siempre se levantaba para intentarlo otra vez. Lo que hace brillante a Coyote vs. Acme es preguntarse algo que nadie había considerado seriamente: ¿Qué pasaría si finalmente decidiera demandar a Acme?
La premisa es tan lógica que parece perfecta. Después de años de accidentes provocados por productos defectuosos, Wile E. Coyote contrata al abogado Kevin Avery, interpretado por un excelente Will Forte, para enfrentarse a la gigantesca corporación responsable de todas sus desgracias. El apellido Avery no es casualidad. Funciona como un guiño directo al legendario Tex Avery, uno de los grandes arquitectos de la animación clásica estadounidense.
Kevin es un abogado mediocre, resignado a una carrera gris y sin mayores aspiraciones. Lo interesante es que la película convierte el caso del Coyote en una historia sobre redescubrir la propia dignidad profesional. Por primera vez encuentra una causa que merece ser defendida. No pelea únicamente por un cliente; pelea contra una estructura diseñada para aplastar a quienes no tienen recursos para defenderse.
Ahí entra en escena John Cena, probablemente en el mejor uso de su presencia cómica desde Peacemaker. Su personaje, Buddy Crane, representa todo lo contrario. Estamos ante un abogado corporativo dispuesto a proteger los intereses de Acme (se sorprenderán cuando se enteren quién es su dueño), sin importar cuántos daños colaterales existan en el camino. Cena entiende perfectamente el tono de la película. Cena nunca intenta humanizar al personaje ni convertirlo en una figura compleja. Su función es la de encarnar la arrogancia de una empresa que se considera intocable.
Mientras tanto, Lana Condor, como Paige Avery, la sobrina y asistente del abogado, aporta energía y complicidad a la investigación que poco a poco va descubriendo una conspiración mucho más grande de lo que parecía inicialmente. La película se convierte entonces en una búsqueda de pruebas donde empiezan a desfilar personajes que cualquier fanático de los Looney Tunes reconocerá con una sonrisa inmediata (tristemente, los casos de acoso sexual a Pepe Le Pew, impidieron que apareciera en esta cinta).
Los que sí aparecen son Bugs Bunny, Porky, Piolín, Silvestre, la abuela, Sam Bigotes, el Gallo Claudio y una colección interminable de referencias escondidas para los espectadores que crecieron con estas caricaturas. Algunas son simples cameos; otras forman parte activa de la trama. Incluso hay guiños inesperados a figuras como el actor Peter Lorre que parecen imposibles dentro de una producción familiar contemporánea y que, precisamente por eso, resultan tan encantadores.
La comparación inevitable será con Who Framed Roger Rabbit?, Space Jam 1 y 2 y Looney Tunes: Back in Action. Como aquellas películas, Coyote vs. Acme asume que los personajes animados y los seres humanos comparten el mismo mundo. Sin embargo, donde sus predecesoras apostaban por el espectáculo o la nostalgia, esta encuentra algo más interesante: una verdadera dimensión ética y moral. Porque detrás de todas las bromas existe una historia sobre alguien que ha perdido durante toda su vida.
El Coyote siempre ha sido un personaje cómico, pero también profundamente trágico. Su existencia entera está construida alrededor del fracaso. Persigue una meta imposible y nunca deja de intentarlo. La película entiende esa melancolía silenciosa y la transforma en el corazón de la historia. No se ríe del personaje, más bien lo respeta.
También resulta imposible no encontrar paralelismos entre la trama y el propio destino de la película. Un individuo aparentemente indefenso enfrentándose a una corporación gigantesca. Un personaje al que quieren borrar de la historia luchando por demostrar que merece existir. Es difícil creer que semejante coincidencia no termine dándole una dimensión adicional a la experiencia.
Dave Green, quien ya había asumido el manejo de una franquicia animada con la mediocre Teenage Mutant Ninja Turtles: Out of the Shadows, encuentra aquí su trabajo más logrado. Green demuestra entender el lenguaje de los dibujos animados sin convertirlos en una simple colección de referencias nostálgicas. Respeta la física imposible de Chuck Jones, abraza el absurdo visual y, al mismo tiempo, construye una película capaz de sostener una historia humana reconocible.
La participación de James Gunn como productor también se siente en el resultado. No porque la película intente parecerse a sus trabajos, sino porque comparte una sensibilidad muy específica: el cariño hacia los marginados, los inadaptados y los personajes que todos subestiman.
Coyote vs. Acme funciona para públicos completamente distintos. Los niños encontrarán una comedia física llena de persecuciones, frenetismo (quizás demasiado) y caos visual. Los adultos descubrirán una sátira sorprendentemente mordaz sobre las corporaciones, los abusos de poder y la dificultad de enfrentarse a sistemas diseñados para protegerse a sí mismos.
Quizá por eso resulta tan desconcertante que Warner quisiera deshacerse de ella al igual que El día en que la Tierra explotó. Porque no estamos ante unas curiosidades rescatadas únicamente por razones sentimentales. Esto no es Space Jam y mucho menos Back in Action. Estamos ante dos de las mejores películas construidas alrededor de los Looney Tunes en décadas. ¿Qué te pasa Warner?


