Alguien debió detener la reunión en la que se aprobó esta película y hacer una pregunta muy sencilla: ¿cuál es el punto? No porque How To Make a Killing sea un desastre. Algunos desastres suelen ser memorables. El problema es mucho peor. Es una película que toma una idea extraordinaria y la reduce a algo apenas correcto.
Becket Redfellow es el hijo ilegítimo de una de las familias más ricas de Estados Unidos. Mientras sus parientes viven rodeados de privilegios, él sobrevive vendiendo trajes en una tienda departamental. Cuando descubre que siete herederos se interponen entre él y una fortuna de 28 mil millones de dólares, decide acelerar el proceso sucesorio por medios poco ortodoxos.
La premisa, basada en el clásico del cine británico Kind Hearts And Coronets, donde Alec Guiness interpretó a ocho personajes, es venenosa, divertida y está cargada de posibilidades. Permite burlarse de las élites económicas, del privilegio hereditario y de la obsesión estadounidense con el éxito financiero. Sin embargo, el director y guionista John Patton Ford (Emily The Criminal) parece más interesado en ejecutar la mecánica del relato que en explotar sus implicaciones. Lo que debería ser una sátira feroz termina convertido en un ejercicio sorprendentemente dócil.
La película funciona durante su primer acto porque comienza con su protagonista sentenciado a muerte (¿cómo llegó ahí?) y todavía existe la ilusión de que cada asesinato abrirá nuevas posibilidades narrativas. No ocurre. Lo que sigue es una estructura repetitiva y algo soporífera donde aparece un familiar excéntrico, Becket diseña un plan, alguien muere y la historia avanza hacia el siguiente objetivo. Una y otra vez. El resultado termina pareciéndose menos a una comedia negra y más a una lista de pendientes.
Por suerte, Glen Powell aparece en el centro de todo. Pocos actores actuales poseen una capacidad tan natural para generar simpatía. Becket es ambicioso, resentido, manipulador y perfectamente consciente de que está cruzando todas las líneas morales imaginables. Aun así, Powell consigue que el espectador siga apoyándolo. Hay un eco de Cary Grant, Matthew McConaughey y George Clooney en su interpretación que vuelve entretenidas incluso las escenas más mecánicas. Sin él, la película probablemente se derrumbaría mucho antes.
La ironía es que Powell ya había demostrado en la muy superior Hit Man que podía jugar con identidades, disfraces y personajes moralmente ambiguos. Hubiera sido maravilloso que él hubiese encarnado a todas las víctimas como Guiness lo hizo en su cinta del 49. Aquí se le entrega un asesino en serie con potencial para convertirse en un monstruo fascinante, pero el guion rara vez le permite explorar algo más allá del encanto superficial.
En este neo noir, Margaret Qualley es la mujer fatal por excelencia interpretando a Julia Steinway, la amiga de infancia con rasgos sociopáticos que parece divertirse observando cómo Becket se convierte lentamente en una amenaza para todo su árbol genealógico para luego chantajearlo y obtener beneficios monetarios. Jessica Henwick es Ruth, la mujer noble y quizá el único personaje que recuerda que detrás de la fortuna y los cadáveres todavía debería existir algún tipo de conflicto moral.
Entre los miembros de la familia Redfellow destacan Topher Grace como un predicador convertido en una evidencia ambulante de la hipocresía religiosa, Ed Harris como Whitelaw, el hombre que desheredó a la joven madre de Becket y el más diabólico del clan y Bill Camp como el tío Warren, uno de los pocos personajes que parece pertenecer a una película más inteligente. El problema es que casi todos los familiares existen únicamente para convertirse en futuras víctimas. Y ahí aparece la gran debilidad del proyecto.
Lo cierto es que How To Make A Killing no puede evadirse de la sombra de Kind Hearts and Coronets. No hace falta haber visto el clásico británico para notar que aquí falta algo. En aquella cinta cada asesinato revelaba nuevos matices del protagonista y de la sociedad que lo rodeaba. Aquí los homicidios terminan mezclándose unos con otros hasta formar una masa amorfa de situaciones apenas ingeniosas.
Ni siquiera la sátira logra morder con suficiente fuerza. Los Redfellow son tan desagradables y tan obviamente corruptos, que la película elimina cualquier complejidad moral. No existe el placer culpable de apoyar a Becket. Desde el primer minuto sabemos que todos los demás son peores que él.
Lo más frustrante es que el filme nunca deja de insinuar una mejor versión de sí mismo. Una más cruel, elegante, despiadada, más interesada en examinar la relación enfermiza entre dinero y poder Ed Harris y Margaret Qualley lo intentan, pero como estamos ante otro de esos productos mediocres de A24 (otrora un estudio con cintas más fascinantes e interesantes), la película es incapaz de utilizar sus asesinatos para decir algo sobre la obsesión contemporánea con la riqueza. Cada vez que parece acercarse a esa versión superior, prefiere conformarse con otro cadáver.
Cuando llegan los créditos, la sensación dominante no es el entusiasmo ni la indignación. Es la oportunidad perdida. Con una premisa así, con un actor tan carismático en el papel principal y con semejante arsenal de millonarios detestables esperando turno para morir, How To Make a Killing debería ser una fiesta del humor negro. En cambio, termina siendo una película que muere mucho antes que sus víctimas.


