Crítica: Gatillero

Gatillero es un thriller argentino de acción que convierte al barrio en un campo de batalla y al plano secuencia en herramienta narrativa.

Cristian Tapia Marchiori 

/ Sergio Podeley, Maite Lanata, Mariano Torre, Matías Desiderio, Ramiro Blas, Julieta Díaz

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de HBO Max

El plano secuencia ha sido utilizado por distintos cineastas como una forma radical de organizar el tiempo, el espacio y la tensión dramática. en El arca rusa, Aleksandr Sokúrov convierte un museo entero en memoria viva; Victoria transforma una noche berlinesa en un descenso irreversible; la colombiana PVC-1 encierra al espectador en un tiempo real asfixiante donde cada segundo pesa debido a un collar bomba; la británica Boiling Point  hace del caos de una cocina profesional una olla narrativa en ebullición constante (Stephen Graham vuelve al plano secuencia en la miniserie magistral Adolescence); y la argentina Causalidad explora cómo una sola toma puede revelar la fragilidad de las decisiones humanas. En todos los casos, el plano secuencia no busca impresionar, sino obligar a mirar sin escapatoria, eliminando el montaje como refugio y dejando que la acción respire (o se ahogue) frente a nuestros ojos.

Gatillero es la segunda película argentina en ser filmada en plano secuencia y parte de una premisa conocida (el criminal que quiere salir del circuito y es empujado de nuevo a la violencia), pero la diferencia no está en el qué sino en el cómo. Tapia Marchiori decide narrar esta historia en tiempo real, desde el cuerpo y el agotamiento del protagonista, apostando a un plano secuencia que no busca lucirse sino someter al espectador a la misma deriva que atraviesa Pablo “El Galgo” Correa.

El plano continuo no funciona aquí como un gesto de virtuosismo aislado, sino como un dispositivo de encierro. La cámara avanza, retrocede, se desvía y vuelve, pero nunca concede descanso. El barrio no es un decorado sino un entramado vivo conformado por pasillos, calles, casas, comercios, vecinos, policías y narcos aparecen como capas superpuestas de un mismo sistema donde nadie está realmente afuera. La Isla Maciel no es mostrada como postal ni como exotismo, sino como un territorio atravesado por reglas propias, donde la violencia es parte de la circulación cotidiana.

Sergio Podeley sostiene la película desde una actuación física y ansiosa. Su Galgo no es un antihéroe carismático ni un mártir social. Es un hombre cansado, un ladrón de poca monta y un asesino entrenado para sobrevivir, que entiende demasiado tarde que la lealtad es una moneda vencida. La cámara lo sigue de cerca, pero no lo idealiza; lo observa respirar, errar, sangrar y seguir avanzando porque no hay alternativa. En ese recorrido, la película evita convertirlo en símbolo redentor. Su posible deseo de cambio nunca borra lo que fue ni lo que sigue siendo.

El conflicto no se agota en la traición personal. Gatillero expone un ecosistema donde confluyen narcos, policías, sicarios y vecinos, todos engranados en una maquinaria que se reproduce sin pausa. Personajes como los de Mariano Torre y Matías Desiderio encarnan distintas formas de poder barrial, mientras que las figuras femeninas (especialmente Julieta Díaz como La Madrina) funcionan como presencias breves pero decisivas, marcando que el control no siempre se ejerce desde la fuerza visible.

Hay momentos donde la cinta roza con las convenciones del género, especialmente del cine criminal de los noventa (el western urbano, el héroe acorralado y la noche como purgatorio), pero Tapia Marchiori logra que esas referencias operen más como estructura que como cita. La violencia no es estilizada ni coreografiada para el goce; aparece abrupta, caótica y muchas veces lateral, dejando consecuencias visibles y dolorosas en los cuerpos y en el espacio.

Con apenas 80 minutos, Gatillero no se dispersa ni busca explicarlo todo. Prefiere avanzar, tensar y empujar hasta el límite a su protagonista y al espectador. En ese gesto hay una decisión clara de no ofrecer consuelo, ni moraleja o una salida limpia. Solo mostrar cómo una noche puede condensar años de decisiones, complicidades y silencios.

Lejos de la postal miserabilista y también del cine de acción canónico, Gatillero demuestra que el cine argentino puede trabajar desde los márgenes con precisión formal, conciencia territorial y una mirada que no necesita exagerar para ser contundente. Si algo queda claro al final, es que el verdadero cerco no lo cierran las balas, sino el sistema que las vuelve inevitables.

Tráiler:

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