Crítica: La virgen de la tosquera

En un barrio caluroso y en crisis, una adolescente canaliza su furia en esta hipnótica fábula gótica.

octubre 14, 2025

Cortesía de BIFF

La virgen de la tosquera, estrenada en la competencia internacional de Sundance 2025, evidencia a Laura Casabé como una de las voces más inquietantes del cine de terror en Latinoamérica. En esta adaptación libre de dos relatos de Mariana Enríquez, la directora construye una historia sobre los efectos devastadores del deseo no correspondido, atravesada por tensiones políticas, sociales y sexuales.

El relato transcurre durante el sofocante verano argentino de 2001, en plena descomposición económica y social. Natalia (debut impresionante de Dolores Oliverio) es una adolescente que vive con su abuela en un suburbio polvoriento del conurbano bonaerense. Entre chats en cibercafés y caminatas por calles vacías, ella y sus amigas fantasean con Diego (Agustín Sosa), un chico callado y atractivo. Pero la aparición de Silvia (Fernanda Echevarría), una joven adulta que irradia una confianza seductora y llegada de otro mundo (el del rock, los viajes y la ciudad) altera el delicado equilibrio adolescente.

La narrativa, escrita por Benjamín Naishtat, se despliega con lentitud hipnótica y un manejo preciso del tono. Lo que empieza como un coming of age con guiños costumbristas, y a la brujería, va adquiriendo progresivamente una textura más extraña, impregnada de sugestión, resentimiento y elementos sobrenaturales. La virgen del título no es solo una figura simbólica, sino también un eco del horror gótico que se cuela en los márgenes de lo real.

Casabé, que pareciera ser la hija bastarda de Ari Aster (Hereditary) y Sofia Coppola (The Virgin Suicides) propone un terror íntimo, sin sustos ni monstruos, donde la amenaza surge de las emociones mal digeridas. Natalia, con su mirada felina y su posesividad silenciosa, se convierte en un personaje tan fascinante como perturbador. No es víctima ni antagonista, sino una presencia cargada de ambigüedad capaz de sufrir, de manipular y quizás incluso de desencadenar fuerzas oscuras como si se tratara de la nieta de Carrie. Su sexualidad a flor de piel y su frustración contenida se canalizan hacia una antigua tosquera, un lago escondido que quedó cuando una cantera dejó de estar en uso. Este lugar funciona como escenario, espejo y santuario profano.

La fotografía de Diego Tenorio capta el clima con una densidad física. Los cuerpos sudan, el polvo flota, el calor es casi palpable. Los colores apagados y los planos abiertos dan forma a un mundo donde la quietud esconde tensión. La música de Pedro Onetto acentúa esa atmósfera de extrañamiento, evitando lo obvio para potenciar lo emocional.

El trabajo del elenco es homogéneo y preciso. Oliverio domina la pantalla con mínimos gestos y una energía silenciosa que contagia inquietud. Echevarría, como Silvia, aporta un contrapunto luminoso y luego trágico. Mariela (Candela Flores) y Josefina (Isabel Bracamonte), las amigas de Natalia, parecen las gemelas diabólicas de The Shining, pero ya creciditas; y Luisa Merelas, como la abuela Rita, sostiene el anclaje doméstico con calidez, distancia y algo de maldad soterrada al mismo tiempo.

Aunque algunos pasajes tienden a la repetición o al simbolismo algo subrayado, La virgen de la tosquera se impone por su coherencia estética y su sensibilidad narrativa. Lejos del folklore clásico o del terror efectista, Casabé se mueve en un terreno donde el realismo social se encuentra con la mitología moderna, y donde la adolescencia deja de ser etapa de transición para convertirse en campo de batalla.

En un contexto sociopolítico al borde del colapso, y en un cuerpo adolescente que no encuentra dónde depositar su sexo y su rabia, la película encuentra su núcleo en el deseo no solo como motor narrativo, sino como fuerza desestabilizadora. La virgen de Casabé no redime sino observa, acecha y castiga despiadadamente.

ANDRÉ DIDYME-DÔME

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