Crítica: Huérfano (Árva)

El director de El hijo de Saúl convierte la posguerra húngara en un retrato denso y duro sobre identidad, resentimiento y herencia emocional.

László Nemes 

/ Bojtorján Barabas, Andrea Waskovics, Grégory Gadebois

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía

Desde la ganadora del Óscar, la estremecedora El hijo de Saúl, el cine de László Nemes parece obsesionado con personajes atrapados dentro de sistemas históricos que los exceden. Individuos que avanzan entre ruinas morales mientras intentan conservar algo parecido a una identidad. Huérfano continúa esa línea, aunque desde un lugar más íntimo y autobiográfico: la infancia de su propio padre en la Hungría posterior a la Segunda Guerra Mundial.

La película transcurre en 1957, después del levantamiento fallido contra el dominio soviético. Budapest aparece como una ciudad suspendida entre miedo, resentimiento y agotamiento. Ahí vive Andor (Bojtorján Barabas), un niño judío criado por su madre, Klára (Andrea Waskovics), mientras fantasea con la figura de un padre ausente que ha convertido casi en un mito.

Ese detalle es central. La cinta de Nemes no trata realmente sobre un huérfano literal, trata sobre alguien huérfano de certezas. Andor construye la imagen de su padre desde relatos incompletos, recuerdos inventados y conversaciones imaginarias. El hombre desaparecido representa dignidad, nobleza e incluso una idea pura de masculinidad perdida tras la guerra. Sin embargo, todo cambia cuando aparece Mihály Berend (Grégory Gadebois), un carnicero tosco y violento que empieza a reclamar un lugar dentro de la familia.

Gadebois interpreta a Berend como una presencia imponente que suda, invade espacios, habla poco y ocupa la pantalla como una amenaza física constante. Pero Nemes evita convertirlo en monstruo unidimensional. Hay brutalidad en él, aunque también una necesidad genuina de pertenecer y de construir algo parecido a una familia después del desastre histórico.

Es ahí donde la película encuentra su conflicto real. Andor no solo rechaza a Berend porque sea agresivo o desagradable; lo rechaza porque destruye la ficción que sostenía su vida. El muchacho empieza a sospechar que ese hombre vulgar y brutal podría estar mucho más ligado a su origen de lo que quisiera aceptar. Y Nemes convierte ese descubrimiento en algo profundamente político.

Porque Huérfano habla de hijos enfrentados a padres, pero también de un país obligado a aceptar una nueva autoridad después de la derrota. Hungría, tras la represión soviética, aparece como una nación humillada, obligada a tragarse el resentimiento mientras aprende a sobrevivir bajo un nuevo orden. Andor funciona entonces como extensión emocional de esa herida colectiva.

Visualmente, Nemes vuelve a trabajar con el director de fotografía Mátyás Erdély y retoma parte de la estética de El hijo de Saúl con formato de 35 mm, colores desaturados, formato cerrado y encuadres que limitan constantemente la percepción. La cámara permanece cerca del niño, atrapada en su mirada parcial del mundo. Todo se siente pesado, denso y casi sofocante. A veces demasiado.

Ese es probablemente el gran problema de la película. Nemes filma el trauma como si cada escena tuviera que cargar el peso completo de la historia europea del siglo XX. El resultado tiene fuerza, pero también monotonía. Como sucedió con aquella sobrevalorada cinta de Bille August también protagonizada por un niño y conocida como Pelle el conquistador, en Huérfano hay momentos donde la gravedad emocional aplasta el ritmo y la narración parece avanzar con dificultad, exasperando al espectador.

Además, Bojtorján Barabás construye a Andor desde una rabia tan permanente que el personaje por momentos pierde matices. Su resentimiento constante termina volviéndose repetitivo. Curiosamente, el personaje más complejo termina siendo Berend, precisamente porque nunca es fácil clasificarlo.

Sin embargo, cuando la película logra equilibrar esa densidad con emoción concreta, alcanza momentos muy poderosos. Especialmente en el tramo final, donde Andor debe decidir si acepta la verdad sobre sí mismo o continúa refugiado dentro de una fantasía construida desde el dolor. Y ahí aparece una de las ideas más duras de Nemes. Crecer implica descubrir que nuestros padres no eran héroes, sino sobrevivientes. Personas rotas intentando sostener algo, muchas veces después de catástrofes.

Huérfano no tiene el impacto devastador de El hijo de Saúl ni la radicalidad formal de aquella película. Incluso se siente más irregular. Pero sigue siendo una obra valiosa precisamente porque Nemes filma la posguerra no como reconstrucción, sino como una herencia emocional contaminada, un mundo donde nadie sale realmente intacto.

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