Enid Blyton comprendía el poder de un bosque para despertar la imaginación infantil. La escritora británica, autora de Los cinco, inició en 1939 la serie literaria El árbol mágico, donde un árbol gigantesco permite acceder a mundos cambiantes, poblados por criaturas extravagantes y gobernados por reglas imprevisibles. Trepar por sus ramas significaba descubrir que la aventura podía comenzar cerca de casa. La adaptación de Ben Gregor (All Stars) traslada ese universo a una época en la que conseguir que un niño levante la mirada del dispositivo celular parece requerir una intervención sobrenatural.
El guionista Simon Farnaby, quien participó en la escritura de las encantadoras Paddington 2 y Wonka (también basadas en prestigiosos cuentos infantiles), nos introduce a una familia cuya dependencia tecnológica acompaña un agotamiento más amplio. Polly (Claire Foy), una ingeniera que rechaza el uso de sus inventos para espiar a los consumidores pierde la estabilidad que sostenía el hogar. Su esposo, Tim (Andrew Garfield), encuentra en la crisis una oportunidad para mudarse al campo y emprender un negocio de salsa para pasta. Sus hijos, Beth (Delilah Bennett-Cardy), Joe (Phoenix Laroche) y Fran (Billie Gadsdon), deben adaptarse a una vida donde los tomates abundan más que las conexiones inalámbricas.
Como en Toy Story 5, estrenada este mismo año, la película invita a recuperar el juego físico y las relaciones que los dispositivos amenazan con desplazar. Aquí, además, propone volver a la naturaleza. Hay cierta hipocresía en pedirles a unos niños sentados en una sala oscura, pendientes de una pantalla, que abandonen las pantallas. El cine también participa de la industria que administra su atención. Aun así, el argumento conserva pertinencia, especialmente cuando sugiere que los adultos necesitan revisar sus hábitos con el mismo entusiasmo con que fiscalizan los de sus hijos.
Fran descubre el árbol gracias al hada Silky (Nicola Coughlan), y sus hermanos terminan acompañándola en las visitas a los mundos que aparecen sobre sus ramas. La estructura ofrece posibilidades para explorar el deseo, la frustración y las consecuencias de actuar por impulso. Sin embargo, cada nuevo destino exige presentar criaturas, explicar reglas y poner en marcha otra aventura. La acumulación termina restándole espacio a la experiencia emocional de los niños. A ratos conocemos mejor el funcionamiento de una ocurrencia fantástica que aquello que sienten quienes la atraviesan.
El problema central está en el tono. Gregor pasa de una cursilería exagerada, cercana a una serie de Discovery Kids, a reflexiones sofisticadas sobre la decepción adulta y la pérdida de la infancia que requieren otro tiempo de desarrollo. Algunos personajes parecen hechos de cartón pintado; otros consiguen transmitir una vida interior. La convivencia entre ambos registros produce sacudidas que interrumpen el relato. Paddington, Wonka y Toy Story lograron integrar el humor absurdo, la melancolía y la aventura dentro de una misma experiencia. Aquí se percibe demasiado el cambio de público al que va dirigida cada escena.
Garfield y Foy ofrecen el anclaje más firme. Tim carga con la ilusión de que cumplir un sueño antiguo resolverá las dificultades presentes, mientras Polly debe conciliar sus convicciones con las necesidades familiares. La calidez de Garfield y la energía más severa de Foy permiten reconocer una pareja detrás de la lección sobre cómo criar hijos. Coughlan también encuentra una dulzura que evita tratar a los pequeños espectadores como incapaces de comprender una emoción sin que alguien enfatice sobre ella.
La fotografía, los paisajes y el diseño de los espacios sostienen buena parte del encanto. El bosque invita a explorar, y los escenarios fantásticos conservan un atractivo de cuento ilustrado. Menos afortunado resulta el desarrollo de las figuras antagonistas. La abuela (Jennifer Saunders) apenas tiene espacio para superar su función de adulta desaprobadora, mientras Dame Snap (Rebecca Ferguson) promete una amenaza que la película aprovecha poco. Ambas quedan esbozadas, y la sensación de cierre incompleto hace pensar en una posible continuación, aunque también revela cuánto material falta por integrar en esta entrega.
The Magic Faraway Tree entretiene y consigue momentos de genuino encanto, sobre todo cuando permite que la familia comparta algo más que una moraleja. Su defensa de la curiosidad y del tiempo compartido merece encontrar espectadores. Pero el talento reunido, especialmente el de un guionista vinculado a Paddington 2 (una de las mejores cintas infantiles de todos los tiempos) permitía esperar una aventura mejor articulada. Al árbol le sobran ramas; a la película le falta detenerse en algunas de ellas.


