El póster de Voicemails for Isabelle nos asegura que “a veces el universo nos deja un mensaje”. Quienes recuerden aquel maravilloso sketch de Inside Amy Schumer con Bill Nye sobre el universo sabrán que semejante afirmación merece cierta cautela. El universo tiene galaxias que expandir, estrellas que hacer explotar y agujeros negros que alimentar; difícilmente puede dedicar sus tardes a decidir si debemos acostarnos con el tipo que conocimos el martes. Jill (Zoey Deutch), por fortuna, parece estar de acuerdo. Cuando su novio intenta atribuirles intenciones cósmicas a sus actos, ella deja claro que no está enviándole mensajes al universo. Menos mal.
Es un alivio que la película escrita y dirigida por Leah McKendrick (Scrambled) jamás utilice esa frase publicitaria como puerta de entrada hacia lo sobrenatural, lo New Age o alguna fantasía sobre muertos que intervienen desde el más allá para organizar la vida sentimental de los vivos.
Isabelle (Ciara Bravo), la hermana menor de Jill, quien ha sufrido de fibrosis quística desde pequeña, ha muerto y Jill continúa dejando mensajes en su buzón de voz porque hablarle constituye una manera de mantenerla cerca. El prólogo dedicado a las hermanas es tan necesario como conmovedor, pues establece una complicidad genuina antes de introducir la pérdida y consigue que las llamadas posteriores no parezcan simplemente el truco argumental que pone en marcha una comedia romántica.
El problema (o, mejor dicho, la película) comienza cuando el número de Isabelle es reasignado a Wes (Nick Robinson), un agente inmobiliario de Austin que empieza a escuchar los mensajes de aquella desconocida. Primero lo hace por curiosidad, después con interés y finalmente con una fascinación que, descrita fuera de los códigos de la comedia romántica, podría requerir una demanda y una orden judicial. Wes investiga quién es Jill, descubre que vive en San Francisco y encuentra la manera de cruzarse en su camino. Sus amigos le advierten que no es Tom Hanks. Tiene suerte de estar interpretado por Nick Robinson.
La situación pertenece a una genealogía que viene de lejos. Ernst Lubitsch ya había construido en The Shop Around the Corner (1940) un romance entre dos personas que se conocen íntimamente mediante la palabra escrita sin saber quién está al otro lado. Nora Ephron trasladó esa idea a la era del correo electrónico con You’ve Got Mail (1998), después de haber convertido en Sleepless in Seattle (1993) la voz de un desconocido en detonante del enamoramiento. Y hace apenas unos años, Love Again (2023), la cinta de James C. Strouse con Priyanka Chopra Jonas, Sam Heughan y Céline Dion, partía de una coincidencia todavía más llamativa: una mujer continuaba enviando mensajes al teléfono de su pareja muerta sin saber que el número había sido reasignado a otro hombre, quien terminaba enamorándose de ella a través de esas confesiones.
Voicemails for Isabelle cambia los mensajes de texto por mensajes de voz y el duelo por una pareja por el duelo de una hermana, pero el esqueleto resulta inevitablemente familiar. McKendrick tampoco pretende esconder sus influencias. Tom Hanks y Meg Ryan son mencionados directamente y el libreto lanza referencias a The Notebook, 10 Things I Hate About You y otras piezas del canon romántico popular. Incluso los amigos de Wes describen su situación como una versión bastante enfermiza de You’ve Got Mail. La película conoce bien el terreno que está pisando, aunque conocer las convenciones de un género no significa necesariamente querer desmontarlas.
Por fortuna, McKendrick tiene algo bastante más importante que la originalidad de la premisa y es el sentido del ritmo. Voicemails for Isabelle dura casi dos horas pero es veloz. Sus personajes piensan y hablan rápido y los chistes aparecen, golpean y desaparecen antes de que alguien tenga tiempo de colocarles un letrero luminoso. Hay momentos en que esa velocidad verbal recuerda el mecanismo de las screwball comedies de Howard Hawks o Preston Sturges, donde el coqueteo podía adoptar la forma de una batalla y una conversación parecía disputarse a la velocidad de un partido de ping-pong.
La diferencia es que McKendrick no intenta embalsamar ese espíritu dentro de una nostalgia retro, como ocurre con tantas comedias románticas contemporáneas empeñadas en reproducir artificialmente un pasado que nunca vivieron sus espectadores. Jill pertenece inequívocamente al presente. Habla de sexo, deseo, relaciones y frustraciones sin el extraño puritanismo que todavía persigue a muchas heroínas del género. Dice lo que piensa, frecuentemente antes de comprobar si era conveniente decirlo, y puede ser vulgar, impulsiva, contradictoria y muy graciosa. La película entiende algo elemental que la comedia romántica olvida periódicamente y es que una protagonista no tiene que comportarse como candidata a esposa perfecta para resultar adorable.
Buena parte de ese efecto depende de Zoey Deutch, quien después de estar magnífica como Jean Seberg en Nouvelle Vague vuelve a demostrar aquí una cualidad completamente diferente. Posee esa rara capacidad de convertir una frase corriente en un pequeño acontecimiento cómico. Jill habla como si las palabras fueran varios segundos detrás de su cerebro y tuvieran que correr para alcanzarlo. Deutch destila carisma y simpatía sin suavizar las aristas del personaje y, además, consigue algo mucho más difícil. Cuando Jill habla sola frente al teléfono sentimos que realmente continúa conversando con Isabelle, no que una actriz está recitando información para beneficio del espectador.
Nick Robinson juega en una frecuencia más tranquila y por eso funciona tan bien como contraparte. En Love, Simon convirtió la crisis de un adolescente frente a su orientación sexual en un personaje vulnerable y cercano; aquí aprovecha esa misma facilidad para generar empatía y le añade una galantería ligeramente torpe. Wes podría convertirse con extraordinaria facilidad en el protagonista de otra película mucho más siniestra (escuchar los mensajes privados de una desconocida, buscarla en redes sociales, viajar para encontrarla y fingir que el encuentro fue casual no luce particularmente bien escrito en una declaración policial), pero Robinson consigue que aceptemos aquello que probablemente aconsejaríamos a una amiga bloquear inmediatamente.
La química entre ambos hace el resto, no porque la película encuentre una manera novedosa de enamorarlos, sino porque Deutch y Robinson consiguen que resulte divertido observarlos hacerlo. Allí reside la principal virtud de Voicemails for Isabelle. Su atractivo está en el “cómo” y no en el “qué”.
Sabemos que Jill tiene una hermana muerta cuya ausencia todavía organiza su vida emocional. También tiene un trabajo en una cocina que está triturando su vocación mientras un chef interpretado por Nick Offerman convierte el restaurante en una pequeña dictadura gastronómica. Wes, por su parte, cuenta con una pareja conformada por su primo Andy (Harry Shum Jr. de Grey’s Anatomy) y su novia Breeda (encarnada por la directora), que cumplen una función ancestral en la comedia romántica que consiste en escuchar al protagonista, advertirle que está haciendo una estupidez, contemplar cómo procede inmediatamente a hacerla, para luego mostrarle en qué consiste el amor y motivar para que salga corriendo a buscarlo.
Y es que si sabemos quiénes son Meg Ryan, Julia Roberts, Sandra Bullock, Sarah Jessica Parker, Kate Hudson y Anne Hathaway (o Hugh Grant), sabremos también hacia dónde conducirá todo esto. Habrá un secreto, el secreto será descubierto, ella se sentirá traicionada, él comprenderá que cometió un error y llegará el momento en que tendrá que correr para decirle que la ama. La propia película bromea con esa obligación genérica cuando uno de los personajes prácticamente anuncia que ha llegado “la escena donde corres”.
Quejarse de que una comedia romántica termina con el hombre corriendo detrás de la mujer que ama sería aproximadamente como indignarse porque en un western alguien aparece montando a caballo y al final hay un duelo. Los géneros sobreviven gracias a estructuras que repetimos porque existe un placer particular en regresar a ellas. La cuestión siempre ha sido qué puede hacer una película mientras atraviesa ese camino conocido, y McKendrick encuentra suficiente vida en los márgenes conformados por las conversaciones atropelladas, los silencios que aparecen después de los chistes, la sexualidad despreocupada de Jill, los comentarios de los amigos de Wes y el contraste entre el cinismo contemporáneo y una historia que, pese a burlarse constantemente de las convenciones románticas, todavía quiere creer en ellas.
La relación entre Jill e Isabelle evita además que todo se reduzca a encontrarle pareja a la protagonista. La muerte de la hermana podría haber sido el chantaje emocional perfecto para fabricar lágrimas a intervalos programados, pero su ausencia permanece como una corriente subterránea que explica buena parte del comportamiento de Jill. Los mensajes no hablan únicamente de una mujer incapaz de dejar ir a una persona muerta, sino de nuestra absurda y profundamente humana necesidad de seguir conversando con quienes ya no pueden contestarnos. Guardamos fotografías, releemos conversaciones, escuchamos audios antiguos y a veces seguimos hablando en voz alta. El teléfono simplemente convierte esa costumbre en mecanismo narrativo.
Voicemails for Isabelle exprime ocasionalmente esa emoción más de lo necesario y su duración amenaza por momentos con agotar una historia que podría haber llegado antes a destino. Tampoco consigue borrar por completo la naturaleza cuestionable del comportamiento de Wes. Que los propios personajes llamen la atención sobre lo perturbador de la situación produce algunos buenos chistes, pero reconocer un problema no significa solucionarlo.
Aun así, McKendrick posee suficiente sentido del humor para impedir que el azúcar termine pegándose al paladar, mientras Deutch y Robinson tienen el encanto necesario para vendernos una mercancía que ya hemos comprado muchas veces. Voicemails for Isabelle recicla buena parte del manual de instrucciones de la comedia romántica, pero encuentra placer en la velocidad con que ejecuta sus lugares conocidos y en dos actores a quienes da gusto acompañar hasta un destino que podemos anticipar con kilómetros de distancia.
Quizá el universo tenga galaxias, supernovas y asuntos bastante más urgentes que resolver antes de preocuparse por nuestra vida sentimental. Para eso, por suerte, todavía tenemos las comedias románticas.


