“Canto, qué mal me sales
cuando tengo que cantar espanto.
Espanto como el que vivo, como el que muero, espanto.
De verme entre tantos y tantos momentos del infinito
En que el silencio y el grito son las metas de este canto.
Lo que nunca vi, lo que he sentido y lo que siento hará brotar el momento…”
Estos versos pertenecen a Somos cinco mil, poema del chileno Víctor Jara. Son las últimas palabras que escribió antes de ser asesinado por las Fuerzas Armadas de la dictadura militar de Augusto Pinochet. El general asumió el poder tras propiciar un golpe de Estado contra el gobierno democrático de Salvador Allende el 11 de septiembre de 1973.
Allende y Jara compartieron una relación cercana y una convicción profunda: construir un Chile socialista por la vía democrática. Allende alcanzó la cúspide de ese sueño al ganar las elecciones presidenciales de 1970, gracias a una coalición histórica de fuerzas de izquierda que dio origen a la Unidad Popular. Jara, por su parte, militó durante años en el Partido Comunista y, mediante la Nueva Canción Chilena, convirtió su música en un instrumento para difundir ideales de justicia social. Así, se transformó en la voz y el motor cultural de aquel proceso revolucionario, llegando a ser reconocido como embajador de la cultura.
Sin embargo, la aspiración progresista llegó en un momento poco favorable para ideas subversivas en la región.
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El final de los años 60 y el inicio de los 70 estuvieron marcados por un recrudecimiento de la Guerra Fría. La intención de Estados Unidos de cortar movimientos izquierdistas quedó clara en Guatemala (1954) y Brasil (1964), primeros episodios de intervención gringa en América Latina, pero había quienes se resistieron a dejar de lado las concepciones revolucionarias confiando en el poder de la democracia. El imperio no vio eso con buenos ojos.
La operación de desestabilización comenzó mucho antes de ese 11 de septiembre. Desde 1972, Chile comenzó a atravesar una profunda crisis política y económica que el gobierno de Salvador Allende no pudo contener. Un punto de inflexión fundamental fue el paro de octubre de 1972, también conocido como el paro de los camioneros.
La huelga se desató ante el temor de los transportistas por la creación de una empresa estatal de transportes en Aysén y el severo desabastecimiento de repuestos, sumándose al descontento por la marcha de la economía y las expropiaciones.
El movimiento contó con el respaldo de la CODE (Confederación de la Democracia), coalición de partidos de oposición liderada por el Partido Demócrata Cristiano y el Partido Nacional. También se sumaron gremios de camioneros, comerciantes particulares y autobuseros, además de los colegios profesionales de médicos, abogados, ingenieros, contadores, dentistas y farmacéuticos, al igual que los trabajadores bancarios, los pilotos de LAN y federaciones estudiantiles opositoras como la Federación de Estudiantes de la Universidad Católica de Chile (FEUC) y la Federación de Estudiantes Secundarios de Santiago (FESES).
Ante el riesgo inminente de un enfrentamiento civil y el descalabro logístico, Allende se vio obligado a realizar un drástico cambio de gabinete, integrando por primera vez a las Fuerzas Armadas al gobierno (con el general Carlos Prats como Ministro del Interior) para restablecer el orden.
El paro, como no podía ser de otra manera, fue financiado por la CIA.
A pesar de la crisis, Jara nunca dejó de apoyar al gobierno. Durante los tres años de la Unidad Popular, el cantautor volcó su militancia y su arte al servicio del proyecto socialista. Además de componer himnos emblemáticos, recorrió el mundo como embajador cultural de Chile, llevando su mensaje social a decenas de países, convirtiéndose en un referente de la canción de protesta latinoamericana.
Como parte de su compromiso social, participó en trabajos voluntarios para evitar la paralización del país durante la huelga de camioneros. En 1973, ese mismo compromiso lo llevó a distintos actos en apoyo a los candidatos del partido de gobierno para las elecciones parlamentarias de ese año, lo que lo fijó aún más en la mira de la oposición.
También respondió al llamado de Pablo Neruda y colaboró como director y cantante en un ciclo de programas de televisión contra la guerra y el fascismo mientras trabajaba en varios álbumes que no alcanzaría a grabar —de ellos, solo logró completar Canto por travesura—. Paralelamente, continuaba desempeñándose como profesor e investigador en la Universidad Técnica del Estado (UTE) —hoy la Universidad de Santiago de Chile—, lugar donde fue capturado por los militares un día después del golpe.
Unas pocas semanas antes, a finales de agosto, el general Carlos Prats —firme defensor de la Constitución— se vio forzado a renunciar a la comandancia en jefe del Ejército tras perder el respaldo de su alto mando y sufrir un fuerte hostigamiento público. Convencido erróneamente de su lealtad democrática, Prats recomendó personalmente a Allende que nombrara en su reemplazo a su segundo a bordo, Augusto Pinochet.
Al asumir el máximo cargo militar gracias a este trágico error de confianza, Pinochet fingió sumisión institucional mientras terminaba de coordinar en secreto, y con el respaldo de Estados Unidos, los preparativos con las otras ramas de las F.F.A.A., dejando la escena lista para ejecutar el devastador golpe de Estado.
Las acciones comenzaron desde las primeras horas. A las dos de la mañana ya estaban en marcha los primeros movimientos militares y, para las seis, los tanques recorrían las calles de Santiago en dirección a La Moneda. La presencia de soldados se extendía por la ciudad. A las 8:30, la radio transmitió el primer anuncio del golpe: los militares confirmaban el levantamiento y exigían a Allende que entregara de inmediato su cargo. El presidente se negó. Para las 10, los tanques del Ejército habían ingresado al perímetro del palacio de gobierno y los principales puntos estratégicos del país estaban bajo control militar.
A las 10:15, Allende pronunció su último discurso. “¡Yo no voy a renunciar! Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo”, dijo el mandatario, decidido a resistir dentro de la residencia presidencial. A las 11:52 cayeron las primeras bombas. Poco más de dos horas después, en medio del desastre, un disparo seco se alcanzó a oír en las inmediaciones del lugar. El presidente decidió poner fin a su vida.
Ante los primeros anuncios del golpe, Jara se dirigió directamente a la universidad para cumplir su labor como docente y proteger a sus alumnos. La ciudad ya estaba cerrada. El cantante se arriesgó a ser detenido por los oficiales de Pinochet o a quedar en el fuego cruzado. Entre disparos, logró llegar a la UTE donde, junto a colegas y estudiantes, decidió que el recinto educativo sería un bastión de resistencia contra el régimen recién instaurado. Pasó la noche allí, con cerca de 600 personas.
“El tableteo de las ametralladoras se prolongó durante toda la noche. Algunas personas que intentaron salir de la universidad al amparo de la oscuridad fueron abatidas en el acto, pero el ataque en serio comenzó a primeras horas de la mañana siguiente, cuando los tanques dispararon sus cañones pesados contra los edificios, dañando la estructura de algunos, haciendo trizas las ventanas y destruyendo laboratorios, equipos, libros. No hubo disparos de respuesta, pues en el recinto no había armas”, escribió Joan Jara, viuda de Víctor, en el relato Un canto truncado.
Los militares reunieron a todos los presentes en uno de los patios, obligándolos a arrojarse al suelo para ser registrados y posteriormente ser dirigidos al Estadio Chile. El escenario deportivo fue transformado en un centro de concentración para detener y torturar opositores. Fue en la fila de entrada en la que un milico reconoció a Jara. “’Tú eres ese maldito cantante, ¿no?’, dijo, al tiempo que golpeaba a Víctor en la cabeza, derribándole, y a continuación pateándole el vientre y las costillas”, cuenta Joan.
La presencia de Víctor era un trofeo para los soldados, que hicieron correr la voz sobre la ubicación del cantautor. Varios de los altos mandos del recién instaurado régimen militar se dirigieron allí para corroborar la veracidad de la noticia.
Inmediatamente, Jara fue separado de los demás presos y durante cuatro días fue sujeto a torturas y burlas por parte de los agentes del Estado. En medio de interrogatorios, simulacros de fusilamiento y sin la posibilidad de alimentarse, Víctor pasó la primera noche en un aula rodeado de milicianos que no paraban de jactarse de su detención.
Hubo un momento en el que uno de los guardias que lo custodiaba se distrajo. Sus camaradas, que nunca dejaron de prestar atención a su situación, aprovecharon la ventana de tiempo y lo llevaron con los demás con la intención de camuflarlo. El cantante tenía la cara desfigurada de tantos culatazos y patadas. Sus costillas estaban destrozadas. A pesar de eso, se escuchaba en su voz un aire de esperanza.
Jara logró pasar unos días escondido, lo que permitió que los presos con conocimientos en primeros auxilios curaran sus heridas más graves y frenaran la pérdida de sangre. La dicha para sus compañeros no duró mucho, pues los militares lo encontraron y se lo llevaron de nuevo a los sótanos del estadio, esta vez para nunca regresar.
Los soldados continuaron atacándolo sin piedad. Jara estaba al borde de la muerte, pero eso impidió que lo siguieran torturando y humillando. Momentos antes de su asesinato, uno de los oficiales presentes, tras terminar de romper los huesos de sus manos, lo obligó a intentar tocar una guitarra. “Al borde de la histeria y perdido el dominio de sí, el oficial apodado “El Príncipe” le gritó; “¡Canta ahora si puedes, hijo de puta!”. Después de cuatro días de sufrimiento, la voz de Víctor sonó en el estadio para cantar un verso de ‘Venceremos’, el himno de la Unidad Popular. A continuación fue golpeado y evacuado a rastras para someterlo a la última etapa de su agonía”, cuenta Joan.
En sus momentos finales, los oficiales comenzaron a jugar a la ruleta rusa con él. Unos minutos después, el cañón del arma estalló. Tras el disparo, Víctor comenzó a convulsionar, a lo que los militares no vieron mejor solución que llenarlo de balas para por fin acabar con su vida. Sobre su cuerpo cayeron más de 40 proyectiles.
El 16 de septiembre, su cuerpo fue encontrado junto a otros 5 fallecidos cerca del barrio obrero de San Miguel, en las inmediaciones del cementerio metropolitano. A pesar de su estado, las vecinas lo reconocieron. De ahí lo llevaron al servicio médico legal, donde se le dio la noticia a su esposa.
Joan Jara recibió el cuerpo de su esposo y consiguió enterrarlo de manera casi clandestina en el Cementerio General de Santiago pocos días después. Durante los años de la dictadura, el crimen permaneció prácticamente impune. En 1991, la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación estableció que Víctor había sido ejecutado por agentes del Estado, pero tuvieron que pasar décadas para que el caso avanzara judicialmente.
En 2009, sus restos fueron exhumados para realizar nuevas pericias que confirmaron que había muerto por múltiples impactos de bala y que había sufrido golpes y torturas antes de ser asesinado. Ese mismo año recibió un funeral público en Santiago, 36 años después de su muerte.
La justicia chilena finalmente identificó y condenó a los responsables. En 2018, nueve exmilitares fueron sentenciados por el secuestro y asesinato de Jara y Littré Quiroga. Cinco años después, en 2023, la Corte Suprema ratificó las condenas contra siete de ellos, quienes recibieron penas de hasta 25 años de prisión.
Hoy se cumplen 53 años de la muerte de Víctor Jara, y si algo nos deja su caso es que para resistir frente a la opresión y el fascismo no se necesita más que una voz y una guitarra.
Históricamente, los sectores de extrema derecha han visto en la cultura y el arte un enemigo acérrimo al que vencer. Sus primeras medidas al llegar al poder suelen compartir un patrón: recortar los espacios para expresarse libremente. No lo hacen por capricho, sino porque conocen su verdadero poder. Saben que una canción, un ensayo o una escultura pueden despertar a los pueblos y hacerlos cuestionar la realidad en la que viven. Por eso intentan silenciar a quienes crean.
De todos los motivos que hay para recordar a Jara, uno que deberíamos tener especialmente presente hoy es que, mientras exista alguien dispuesto a cantar o escribir, también existirá la posibilidad de resistir.


