El episodio siete de la quinta temporada, definitivamente no es el mejor de Stranger Things, pero sí uno de los más reveladores, por lo menos en lo que tiene que ver con las expectativas del público. La elección de poner la palabra por encima del estallido explica buena parte de la reacción visceral que provocó. The Bridge se detiene justo cuando el manual de la serie diría “corre”, “mata”, “explota” para decidir escuchar.
La escena de la salida del clóset de Will (Noah Schnapp) enfadó a los fanáticos homofóbicos de la serie. Pero también disgustó porque no era lo que muchos querían ver en un clímax. Para el público masivo, el problema está en que la serie se atrevió a detener la maquinaria del apocalipsis para recordarnos que este relato siempre fue, en el fondo, sobre unos niños que, como los de It, crecieron demasiado rápido debido a las amenazas del mundo adulto, entre ellas, el abuso y la muerte.
El error del capítulo 7, si es que hubo uno, no está en el contenido, sino en la forma. La escena verbaliza con una claridad casi didáctica, temerosa y para nada arriesgada, algo que la serie había trabajado durante años desde el gesto, la mirada y la omisión. No constituye una traición, pero sí una concesión al miedo de no ser entendido. Y, sin embargo, el momento funciona porque está sostenido por el recorrido previo del personaje.
Will no aparece de la nada reclamando un lugar. Lo ha venido pidiendo desde la primera temporada, desde ese niño que volvió del Otro Lado pero que nunca terminó de regresar del todo. Que parte del público haya reaccionado con furia dice menos sobre la escritura que sobre la necesidad de un espectador que busca que el terror sea siempre externo y unos productores complacientes con el público, algo que llevó al agotamiento progresivo de la serie.
The Bridge, el capítulo 8 y final, acusa el peso de una temporada congestionada y poco audaz. Hay demasiados frentes abiertos, demasiados personajes reclamando atención, y el episodio se mueve como puede entre ellos. Aun así, encuentra algo valioso. Desplaza el conflicto del “cómo vencer a Vecna” al “qué estamos dispuestos a perder para hacerlo”. En ese sentido, no es un episodio cómodo. Tampoco pretende serlo. Y en una serie que muchas veces apostó por la gratificación inmediata, esa incomodidad se siente casi como un gesto político.
El episodio final, The Rightside Up es, paradójicamente, donde Stranger Things vuelve a ser Stranger Things en el peor sentido. Después de una temporada dominada por la urgencia narrativa, el último capítulo entiende que, para los fanáticos, el verdadero clímax es la batalla. Pero algunos seguidores de la serie sabemos que el verdadero valor de la serie no está en la batalla sino en el después. El enfrentamiento final con Vecna (grandilocuente, excesivo, visualmente imponente y tan penumbroso como el capítulo final de Game of Thrones), cumple su función sin sorprender. Menos mal que los hermanos Duffer entendieron que la serie ya no tenía nada nuevo que decir desde el espectáculo y por eso, sabiamente, aceleraron esa parte y guardaron su verdadero golpe para más adelante con el duelo, la despedida y la reconstrucción.
La decisión de no convertir el final en una masacre es coherente con el ADN de la serie. Stranger Things nunca fue nihilista. Siempre creyó en la amistad como fuerza narrativa, en la comunidad como refugio y en la posibilidad de volver a casa. Que algunos esperaran una carnicería estilo Game of Thrones dice más sobre la era del streaming que sobre la serie misma. Sin embargo, hay que recordar que la serie nos logró partir el corazón cuando personajes como Bob (Sean Astin) y Eddie (Joseph Quinn) se sacrificaron de una manera tan sorpresiva como épica. Que no se hayan dado grandes sacrificios en el cierre de la serie, probablemente pertenece a decisiones corporativas que buscarán seguir exprimiendo hasta la saciedad una franquicia exitosa (inclusive, en algún momento se pensó en una serie sobre Eddie).
Ahora bien, el sacrificio de Eleven (Millie Bobby Brown) no es tal, ya que ella puede que esté viva o puede que esté muerta (esa ambigüedad también pertenece a la idea de perpetuar la franquicia). El falso sacrificio de la hija de Scanners, ET y Firestarter bien puede leerse como una trampa emocional, pero también como una declaración de principios. El verdadero cierre está en otro lado, en Mike (Finn Wolfhard) aprendiendo a vivir sin el centro gravitacional que fue Eleven, en Hopper (David Harbour) aceptando que proteger no siempre significa retener y en Will encontrando un lugar que no sea solo el de sobreviviente.
Y entonces llega el sótano. El regreso al juego de rol es tanto fan service como la necesidad de una estructura circular. La serie termina exactamente donde empezó, recordándonos que todo lo que vino después (monstruos, laboratorios y conspiraciones) fue una expansión de ese momento fundacional. El gesto final, cuando los nuevos niños toman la mesa para jugar Calabozos y dragones, es tanto amenaza de secuela como herencia. En un terreno ideal, donde no existirán spin offs o secuelas, el mundo seguirá, pero la historia, no.
Los episodios 7 y 8 dejan claro que Stranger Things no se despide desde la perfección, tampoco desde la coherencia con unos padres inexplicablemente ausentes que regresan, personajes como la novia radioaficionada de Dustin (Gaten Matarazzo) o Jason el bully, que nunca vuelven a aparecer y con un ejército que deja libres e impunes a unas personas que mataron a decenas de soldados y que saben demasiado.
Stranger Things 5 es una temporada irregular, desorientada y algo abrumadora que encuentra, casi al final, su equilibrio emocional y por eso se salva. Tropieza al explicar demasiado, acelera cuando debería respirar, pero acierta en lo esencial: Entender que el verdadero terror no era el Upside Down, sino quedarse atrapado en la infancia, en los traumas y en los temores. La serie no termina con una puerta cerrándose, sino con una vida que continúa. Y en tiempos donde todo debe quedar abierto “por si acaso”, ese cierre imperfecto, humano y melancólico se siente como un rito de despedida, que duele un poco, pero que también deja paz como una canción de Prince.
Tráiler: