Con apenas tres largometrajes, el director belga Lukas Dhont ha construido una filmografía alrededor de personajes que deben enfrentarse a una sociedad empeñada en imponerles una identidad, una conducta y una manera de relacionarse con los demás. En Girl (2018), su primer largometraje, seguía a una adolescente transgénero que soñaba con convertirse en bailarina y cuyo cuerpo parecía convertirse en el escenario de una batalla entre sus aspiraciones y las exigencias de su entorno. Close (2022) exploraba la profunda amistad entre dos adolescentes cuya intimidad despertaba sospechas y burlas entre sus compañeros, hasta desembocar en una tragedia devastadora. Ahora, con Coward, su tercera película, Dhont traslada sus preocupaciones sobre la masculinidad, la identidad y el deseo a las trincheras de la Primera Guerra Mundial, donde las convenciones sociales adquieren la fuerza de una orden militar y cualquier desviación puede tener consecuencias mortales.
En tiempos de guerra, la cobardía es una especie de pecado mortal. El soldado debe demostrar su valor enfrentándose al enemigo, obedeciendo órdenes y aceptando la posibilidad de morir por una causa que muchas veces ni siquiera comprende. La deserción, por su parte, se castiga con la muerte. Pero ¿qué sucede cuando alguien descubre que tiene razones más importantes para vivir que para combatir? ¿Huir del campo de batalla constituye un acto de cobardía o puede convertirse en la expresión más profunda del amor? Sobre esta contradicción se construye esta cinta que cuestiona la absurda lógica de una sociedad capaz de celebrar el asesinato de desconocidos mientras condena el amor entre dos hombres.
Pierre (Emmanuel Macchia) es un joven campesino de dieciocho años que llega al frente belga con la ingenuidad de quien todavía cree que la guerra constituye una oportunidad para demostrar su hombría. Reservado, obediente y físicamente robusto, procura cumplir las expectativas de sus superiores y compañeros, aunque pronto descubre que la vida militar exige mucho más que soportar el miedo. Debe cargar municiones, recoger cadáveres y participar en humillaciones contra los prisioneros enemigos. Su iniciación en la vida adulta transcurre entre cuerpos mutilados, barro y hombres que intentan disimular su terror mediante bromas crueles y demostraciones de virilidad.
Su existencia cambia cuando conoce a Francis (Valentin Campagne), un sastre que ha encontrado una manera bastante particular de sobrevivir al conflicto. Junto con otros soldados considerados inadaptados, organiza una compañía teatral dedicada a entretener a las tropas. Sus integrantes cantan, bailan, improvisan números cómicos y se visten de mujeres, transformando graneros y espacios improvisados en escenarios donde, durante unos minutos, los espectadores pueden olvidar el horror que los rodea. Francis posee una personalidad exuberante, una imaginación desbordante y una seguridad que contrasta con la timidez de Pierre. Su manera de moverse, hablar y relacionarse con los demás desafía constantemente los códigos masculinos del ejército.
Pierre comienza ayudando a construir los escenarios, pero su fascinación por Francis termina convirtiéndose en una atracción correspondida. Dhont desarrolla esta relación a través de las miradas, los silencios y los pequeños gestos que adquieren una intensidad extraordinaria en un ambiente donde cualquier manifestación de afecto puede despertar sospechas. El primer beso entre ambos parece suspender momentáneamente la guerra. Durante unos segundos desaparecen los cañones, las órdenes y las trincheras, y solamente quedan dos jóvenes que descubren una felicidad cuya existencia ni siquiera se habían permitido imaginar.
La paradoja más interesante de Coward surge de la relación que Francis establece con el conflicto. Para él, la guerra representa una oportunidad de libertad que difícilmente habría encontrado en la vida civil. Antes era un sastre sometido a las convenciones de su entorno; ahora dirige una compañía teatral, confecciona vestuarios, interpreta personajes femeninos y disfruta de una relativa independencia. El mismo ejército que exige obediencia y disciplina le permite explorar aspectos de su identidad que la sociedad reprime. Por eso llega a confesar que desearía que la guerra nunca terminara. Su afirmación resulta inconcebible, especialmente porque conocemos el precio que miles de hombres están pagando para que él pueda disfrutar de esa libertad provisional.
Pierre, en cambio, comienza a comprender que sobrevivir significa algo distinto a regresar victorioso. Cuando se hiere deliberadamente una mano para escapar del frente y permanecer junto a la compañía, su comportamiento podría interpretarse como una traición a sus compañeros. Sin embargo, Dhont nos obliga a preguntarnos por qué una sociedad considera honorable sacrificar la propia vida y vergonzoso intentar conservarla. La posibilidad de desertar y escapar juntos hacia un país neutral convierte el romance en un dilema moral que trasciende la orientación sexual de sus protagonistas. El amor les ha permitido descubrir un futuro posible, pero alcanzarlo exige desafiar todo aquello que les han enseñado sobre el deber, el patriotismo y el sacrificio.
También resulta significativa la función del teatro dentro de la película. Las representaciones ofrecen pequeños destellos de humanidad en un escenario donde la muerte parece esperar en cada esquina y las alternativas se reducen a matar o morir. Los espectáculos permiten que los soldados rían, lloren, recuerden sus hogares y recuperen, aunque sea brevemente, algo de la sensibilidad que la guerra pretende arrebatarles. La compañía actúa ante oficiales, heridos y hombres que están a punto de regresar al combate. En ocasiones interpretan canciones patrióticas que alimentan el entusiasmo bélico, lo que introduce otra contradicción fascinante. El arte puede ofrecer consuelo a las víctimas de la guerra, pero también puede utilizarse para glorificarla y convencer a otros de entregar sus vidas.
Dhont encuentra en este contraste algunas de las imágenes más poderosas de su carrera. La delicadeza de los vestuarios, la música, la sensualidad y los movimientos de los intérpretes convive con la brutalidad de los cuerpos destrozados y los rostros cubiertos de sangre. El director de fotografía Frank van den Eeden consigue que ambos universos parezcan pertenecer a una misma realidad, mientras el trabajo de Emmanuel Macchia y Valentin Campagne establece una relación convincente entre dos personalidades opuestas. Macchia expresa mediante su corporalidad la transformación de un muchacho que comienza obedeciendo mecánicamente las órdenes y termina descubriendo su propia voluntad. Campagne, por su parte, construye un Francis cuya aparente seguridad esconde el temor de perder el único espacio donde ha conseguido sentirse libre.
Sin embargo, Coward también evidencia algunas de las limitaciones del cine de Dhont. Su tendencia a enfatizar en las emociones mediante la música, los primeros planos y las composiciones cuidadosamente elaboradas, amenaza por momentos con restar espontaneidad a una historia que ya posee suficiente fuerza dramática. Algunas secuencias parecen diseñadas para provocar una reacción sentimental determinada, y el contraste entre la barbarie militar y la ternura de los enamorados resulta ocasionalmente demasiado calculado. El director confía tanto en la belleza de sus imágenes que a veces termina embelleciendo un horror cuya crudeza merecería permanecer intacta.
Aun así, Coward encuentra su verdadera fuerza en las preguntas que plantea sobre el significado de la valentía. La tradición militar ha construido buena parte de su imaginario alrededor del heroísmo de quienes están dispuestos a morir por su patria, pero pocas veces se pregunta por el coraje necesario para negarse a participar en una matanza. Francis y Pierre descubren que amar también exige exponerse al rechazo, la persecución y la pérdida. Su relación desafía tanto la violencia del enemigo como las normas de sus propios compañeros, quienes pueden aceptar que dos hombres se maten en el campo de batalla, pero encuentran intolerable que se besen.
En última instancia, Dhont nos recuerda que las guerras suelen convertir la vida humana en una abstracción, reduciendo a las personas a cifras, uniformes y territorios conquistados. Frente a esa maquinaria de destrucción, un escenario improvisado, una canción y el encuentro de dos cuerpos adquieren una dimensión profundamente humana. Quizás la verdadera cobardía consista en aceptar sin cuestionamientos las órdenes que nos conducen a la muerte, mientras que la valentía comienza cuando encontramos algo por lo que merece la pena seguir viviendo. Coward entiende que, incluso en medio de la barbarie, el amor puede abrir una pequeña puerta hacia la libertad.


