El 30 de abril de 1975, Saigón cayó. El vuelo del último helicóptero Chinook elevándose desde la azotea de la Embajada de Estados Unidos, con un grupo de ciudadanos de ese país retirándose para siempre de la asediada capital survietnamita, quedó como el símbolo del fin de la Guerra de Vietnam. Escena terminal proyectada hasta el hartazgo y más allá desde hace cinco décadas. Días y noches de miedo y asco en la ciudad erecta al norte del río Mekong. Hunter S. Thompson fue testigo del derrumbe. Estaba en Saigón como corresponsal, enviado por la Rolling Stone. Desbordado, enojado, intoxicado de todas las formas posibles, aunque siempre lúcido, registró las jornadas para la Historia en un brevísimo despacho de guerra trunco, que fue publicado en mayo de ese año. Cincuenta años después, hay novedades en el frente. Un rompecabezas de andanzas y desandanzas del padre del periodismo gonzo, en las semanas en que el húmedo sueño bélico americano se transformó en pesadilla a secas.
Hija bastarda de la Guerra Fría de espías, radiaciones y misiles. Nieta heredera de las guerras coloniales. Guerra rockera, drogona y mediática con transmisiones en vivo y directo desde las trincheras. Sepulcro cívico-militar, como toda guerra, que entre 1955 y 1975 se tragó la vida de 3 millones de seres humanos. La Guerra de Vietnam fue, sobre todo, la primera gran derrota del ejército del Tío Sam. Seiscientos mil hombres, millones de toneladas de bombas y miles de millones de dólares. Apocalipsis ahora de la mayor potencia militar del siglo XX.
¿La génesis del final? “Quizás se había terminado ya para nosotros en Indochina cuando salió a flote el cuerpo de Alden Pyle debajo del puente de Dakao –descifra el cronista norteamericano Michael Herr en su alucinante obra Dispatches, clásico de clásicos de la literatura sobre hombres en guerra–; quizás todo se precipitó con Dien Bien Phu. Pero lo primero pasó en una novela y aunque lo segundo pasó sobre la tierra les pasó a los franceses y Washington no le concedió más importancia que si lo hubiese inventado también Graham Greene. Vietnam, Vietnam, Vietnam, todos estuvimos allí”. También estuvieron en la verdosa selva teñida de rojo sangre y agente naranja los combatientes del Vietcong al mando del general Vo Nguyen Giap. Resistieron por décadas la cruzada que Washington emprendió, junto al gobierno títere de Vietnam del Sur, para “liberar” del comunismo a Vietnam del Norte en particular, y a todo el planeta en general. Cualquier parecido con el presente corre por la imaginación del lector.

El general Giap vio el futuro en 1969. Cuando agonizaba la década del sesenta, el “Napoleón Rojo” que había derrotado a Francia y craneado la lucha guerrillera antiyanqui predecía el porvenir en una entrevista con la corresponsal italiana Oriana Fallaci: “Los estadounidenses perderán la guerra el día en que su poderío militar esté en su punto máximo y la gran maquinaria que han construido no pueda avanzar más. Es decir, los venceremos en el momento en que tengan más hombres, más armas y la mayor esperanza de ganar. Porque todo ese dinero y esa fuerza serán una piedra alrededor de su cuello. Es inevitable”. Las palabras de Giap están tatuadas como epígrafe en Despacho interceptado de la Mesa de Asuntos Globales, la crónica vietnamita firmada por Hunter Thompson en la Rolling Stone del 22 de mayo de 1975. Funcionan como una advertencia, un preludio de las desventuras del Gonzo en una Saigón que se iba a pique dando sus últimas bocanadas cuando moría abril.
Después de su travesía salvaje a Las Vegas, el tour de force en la campaña presidencial del ’72 y la larga marcha del Watergate con renuncia de Richard Nixon incluida, Thompson buscaba nuevos horizontes para su filosa y lisérgica máquina de escribir. Andaba bajoneado, bloqueado, enganchado con la cocaína y otros venenos. Casi no podía escribir. Para colmo, la relación con Jann Wenner, su editor en la Rolling Stone, no andaba en su mejor momento por un desacuerdo con un libro para cubrir la elección presidencial de 1976. “A Hunter le gustaba trabajar en contra de las crisis, y si no había una crisis legítima, la inventaba”, recuerda Wenner en el prólogo de Fear and Loathing at Rolling Stone, antología que compila los greatest hits del Gonzo en la revista. Inesperadamente, a principios del ’75, patrón y cronista hicieron borrón y cuenta nueva. Fumaron la pipa de la paz. Buscando la próxima historia épica, Vietnam era el elefante en la habitación.
Thompson no era virgen en el barro de esta historia. Se había plantado firme en contra de la guerra desde las primeras protestas estudiantiles de los años sesenta. El pico de su apología antibelicista puede apreciarse en sus crónicas sobre la campaña que terminó con la reelección de Nixon. En agosto de 1972, el periodista pinta un fresco feroz de la Convención Republicana en Miami. La policía reprimió con saña a 3000 pacifistas y excombatientes que querían llegar al Fontainebleau, un hotel lujoso e insolente que diez años después fue escenario clave en algunas tomas de Scarface. Era el refugio de los poderosos congresistas republicanos de caras rosadas y sudorosas. Porcinos señores de la guerra que no escatimaban en mandar al matadero a miles de jóvenes. Los que no eran hijos de millonarios, de militares, de senadores. Desafortunados a los que les cantaba John Fogerty.

El ex marine Ron Kovic tomó por asalto la palabra en las protestas. Parapléjico había vuelto de la guerra a los 22 años. Tuvo más suerte que los 59 mil norteamericanos que regresaron en un ataúd. Kovic escribió Nacido el 4 de Julio, un manifiesto antibelicista con sus memorias de Vietnam. En 1989, la obra llegó al cine dirigida por Oliver Stone y con Tom Cruise en la piel del activista. “Sus palabras azotan a la multitud como un látigo de alambre”, escribió Hunter sobre Kovic. Después el escritor se unió a las marchas. “No, ‘unirse’ es la palabra incorrecta; esa no era la clase de procesión a la que uno se acercaba y se ‘unía’.
No sin pagar un precio muy alto: un brazo perdido acá, una pierna allá, parálisis, una cara llena de tejido cicatricial abultado… todos mirando hacia adelante mientras la larga y silenciosa columna avanzaba entre filas de porches de hoteles llenos de ancianos de labios apretados, a través del corazón de Miami Beach. El silencio de la marcha era contagioso, casi amenazante. Había cientos de espectadores, pero nadie decía una palabra. Caminé junto a la columna durante diez cuadras, y los únicos sonidos que recuerdo haber oído fueron el suave golpe del cuero de las botas sobre el asfalto caliente y el ocasional traqueteo de la tapa de una cantimplora abierta”.
Tres meses después, el republicano Nixon barrió al demócrata George McGovern en las urnas. Si llegaba a la Casa Blanca, el candidato progresista, en quien Thompson veía principios cercanos al Freak Power sesentero, prometía, entre otras medidas, dar fin a la guerra y la reducción del presupuesto militar. Perdió por paliza. A Nixon lo votó casi la mitad de los votantes jóvenes. Futura carne de cañón.

Hunter Thompson cruzó medio mundo y llegó al aeropuerto de Saigón con miles de dólares de sus viáticos pegados con cinta adhesiva en el torso. Antes de partir estaba nervioso, era su primera cobertura en un frente de batalla. Entonces llamó a su amigo Jack Sack, decano de los corresponsales de guerra. El único periodista estadounidense que cubrió todos los conflictos bélicos desde 1944 y volvió con vida. Su principal preocupación era conseguir acreditación del Ejército. Temía que se la negaran por la posición antibelicista de la Rolling Stone. Sack recuerda la charla en la notable biografía Hunter de E. Jean Carroll: “Le dije que no se preocupara. ‘Cuando les digas que sos de la Rolling Stone, van a querer hablar de rock and roll con vos. No van a preguntarte tu posición política. De hecho, en cuanto vean tu corte de pelo fascista, van a pensar que estás a favor de la guerra’”.
Crónica, diario, manual de supervivencia… Transgénero -también degenerado- es el texto que escribe Thompson durante su viaje al corazón de las tinieblas vietnamitas. “El papel de mi libreta de notas está flácido y los azulejos del piso tan resbaladizos por la humedad que ni siquiera la suela de goma de mis zapatillas ofrecen la suficiente tracción para que pueda ir de un extremo al otro de la habitación, en ese estilo clásico de alta velocidad con que el hombre se hunde en El Miedo”, confiesa Hunter en las primeras líneas de Despacho interceptado de la Mesa de Asuntos Globales.
Hay, por supuesto, dosis desparejas de locura y pánico en los párrafos sobre la caída de Saigón. Dos palabras clave del universo gonzo que resumen sus derivas de esas semanas para pintar el teatro apocalíptico en las calles de una ciudad en fuga ante el avance sin freno norvietnamita: “Incluso si el aeropuerto Tan Son Nhat sigue siendo funcional, el inevitable pánico en las calles hará imposible para la mayoría de nosotros llegar allí de todos modos… Y una vez que el aeropuerto esté cerrado por el fuego de cohetes o cortado por turbas hostiles, nuestra única oportunidad de evacuación será la flota aérea de los enormes helicópteros Chinook ‘Jolly Green Giant’ en los que la embajada planea cargarnos en los puntos de reunión secretos”.

Hunter bebe a mares con otros corresponsales, ronda lupanares, vuela en opio en un fumadero instalado en el Continental Palace Hotel. También parte al frente. De las misiones de combate hace memoria Nicholas Proffitt, jefe de la oficina de Newsweek en Saigón. Lo recuerdo ataviado con su icónico uniforme: bermudas, zapatillas, camisa hawaiana, gorrita de béisbol, la boquilla entre los dientes, sin cigarrillo. Dos reclutas lo ayudaban a cargar una heladerita repleta de cervezas en un jeep. Rememora Proffitt en el libro de Carroll: “Entonces pasó un escuadrón de bombarderos por encima de nuestras cabezas. No podían estar a más de 150 metros de altura. Un rugido atronador. Y Hunter soltó un berrido que te helaba la sangre. Ya estábamos todos curtidos, pero ese berrido fue escalofriante. Creíamos que Hunter había recibido un impacto de algún francotirador. Lo miré y le pregunté: ‘¿Estás bien?’. Hunter dijo: ‘¡Claro! ¿Vieron esos pterodáctilos que nos pasaron por encima?’”.
En medio de la cobertura, cortocircuito fulero con su editor Wenner. Le recomienda volver a San Francisco o partir a Hong Kong o Laos para terminar el texto. No hay más fondos, no hay más seguro de vida. Hay bronca, hay anfetas, hay un bloqueo, hay más anfetas y opio, hay miedo a morir. Hay que partir en medio del caos. “Ah, Jesús… Aquí viene otro poco desagradable: envié a Laura Palmer al aeropuerto hace unas horas y acaba de regresar con un cuento de aflicción, locura y pánico entre la turba asustada de los estadounidenses ahí fuera. Los aviones de evacuación están funcionando toda la noche y la gente está siendo paleada dentro de ellos como carbón en un horno”, escribe Thompson en la flaca crónica publicada pocas semanas después en la Rolling Stone. El texto fue engordado por Hunter mucho años después. Puede leerse en la antología Canciones de los condenados.
Los últimos días en la “París del Oriente” devenida en gueto militar, el cronista los pasó obsesionado con perderse la evacuación. Había comprado un equipo electrónico que le permitía escuchar todas las comunicaciones de la embajada. Por supuesto, se perdió la evacuación. Hunter Thompson pudo salir de Vietnam en el último vuelo comercial. Saigón caía y era “una pesadilla desesperada y superpoblada, llena de ladones, perdedores, proxenetas, estafadores, adictos a la guerra y muchísimas víctimas”. Las ruinas del sueño americano.


