Crítica: El Hombre Araña: Un nuevo día

Una aventura más íntima y adulta de nuestro amigo arácnido que comprende que ningún superhéroe puede sobrevivir sin una red de apoyo que lo sostenga

julio 31, 2026

Cortesía de Sony

Era prácticamente imposible que una nueva película de Spider-Man superara la excitación colectiva provocada por No Way Home. Aquella cinta no solo reunió a los tres Hombres Araña (Tom Holland, Tobey Maguire y Andrew Garfield), sino que convirtió décadas de memoria cinematográfica en un parque de diversiones construido con nostalgia, heridas compartidas y portales interdimensionales. La altísima vara quedó suspendida sobre Manhattan, balanceándose entre tres generaciones de espectadores.

Spider-Man: Brand New Day entiende que intentar repetir aquella operación habría sido una forma de suicidio creativo. En lugar de aumentar el número de universos, villanos, variantes y apariciones sorpresa, la película decide reducir la escala. El resultado puede sentirse inicialmente como un descenso en términos de grandilocuencia, pero no necesariamente como una pérdida. Después de una aventura que parecía contener todas las versiones posibles de Spider-Man, la saga necesitaba volver a preguntarse quién era Peter Parker cuando ya no quedaba nadie a su lado.

Destin Daniel Cretton asume la dirección después de haber demostrado en Shang-Chi And The Legend Of The Ten Rings que podía administrar la maquinaria de Marvel sin perder por completo el interés por los personajes. Antes había dirigido a Brie Larson en la emocional Short Term 12 y a Jackie Chan en el destacado drama The Foreigner, mientras que en la serie Wonder Man se permitió abordar el género de superhéroes desde una perspectiva satírica, extraña y bastante alejada de la fórmula habitual del estudio. Esa experiencia se percibe en Brand New Day, una película que no renuncia al espectáculo, pero que se preocupa más por la vulnerabilidad del héroe que por la cantidad de edificios que se pueden destruir durante el tercer acto.

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Peter Parker se encuentra solo. Su tía May (Marisa Tomei) ha muerto. MJ (Zendaya) y Ned (Jacob Batalon) han olvidado quién es. Para protegerlos, él decidió aceptar que su vida desapareciera de la memoria de las dos personas que más amaba. Ahora vive encerrado en un apartamento deteriorado, rodeado de pantallas, herramientas y dispositivos, como si hubiera convertido la tecnología en una barricada contra el mundo exterior.

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Su único propósito es combatir el crimen. Ya no existe la universidad, la vida sentimental, la amistad o el proyecto personal. Peter ha dejado de ser una persona para convertirse en una función. Sale, persigue delincuentes, salva ciudadanos y regresa a una habitación donde nadie lo espera. Cree que el aislamiento es una forma de responsabilidad. Mientras no permita que nadie se acerque, nadie sufrirá por su culpa. Lo que no comprende es que esa renuncia también está destruyendo aquello que lo hacía humano.

Tom Holland aprovecha esta nueva etapa para ofrecer su interpretación más madura del personaje. El actor ya no necesita apoyarse continuamente en la torpeza adolescente, el nerviosismo verbal o la comicidad de quien todavía está descubriendo sus poderes. Su Peter Parker carga ahora con una tristeza más silenciosa. No es el muchacho que teme fracasar como superhéroe, sino un hombre joven que ha decidido fracasar deliberadamente en todos los demás aspectos de su existencia.

La película presenta entonces un misterio encarnado en una entidad capaz de poseer personas y desplazarse de un cuerpo a otro. El enemigo puede hablar a través de cualquiera, desaparecer dentro de una multitud y transformar a aliados circunstanciales en amenazas. La premisa recuerda inevitablemente a Fallen, aquella cinta mediocre de 1998 en la que Denzel Washington perseguía una presencia demoníaca que saltaba de persona en persona. Aquí la idea pierde su dimensión religiosa y se convierte en un enigma ligado a la identidad, el trauma y la imposibilidad de reconocer quién está realmente frente a nosotros.

El concepto funciona porque prolonga el conflicto emocional de Peter. El héroe no solo persigue a una criatura sin rostro fijo, también intenta descubrir quién es él ahora que todas las personas que definían su vida han dejado de reconocerlo. Para resolver el caso, Spider-Man se ve obligado a hacer aquello que más teme: pedir ayuda.

El primero en entrar en escena es Frank Castle, interpretado nuevamente por Jon Bernthal. Después de la brutalidad de su especial televisivo, Punisher aparece aquí moderado por las exigencias de una producción destinada a un público más amplio, aunque conserva la aspereza, la furia y la convicción casi patológica de que cualquier problema puede resolverse con suficiente munición.

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La relación entre ambos recupera el espíritu de aquellos cómics de Marvel que reunían durante algunas páginas a dos héroes incompatibles. Spider-Man intenta salvar a todo el mundo; Castle considera que algunas personas han renunciado al derecho a ser salvadas. Uno utiliza el humor para impedir que el miedo lo paralice; el otro ha convertido el dolor en una metodología de combate.

Jon Bernthal no necesita apropiarse de la película. Su presencia funciona como un espejo oscuro de Peter: Frank también perdió a las personas que amaba, pero respondió al duelo destruyendo todo vínculo posible con los demás. Es, en cierto sentido, el futuro que espera a Spider-Man si continúa confundiendo la soledad con la fortaleza.

La participación de Florence Pugh como Yelena Belova, la nueva Black Widow, aporta uno de los momentos más divertidos de la cinta. Peter la visita en una especie de baño termal convertido en oficina improvisada y ella le pide que se desnude para entrar al agua. Peter obedece, aunque conserva la máscara. La imagen resume de forma perfecta el conflicto del personaje. Puede mostrarse físicamente vulnerable, pero aún no está dispuesto a revelar quién es.

Pugh entiende el tono de la secuencia y convierte la conversación en algo más que un cameo diseñado para despertar aplausos. Yelena, otra heroína atravesada por pérdidas familiares y relaciones rotas, comprende que el problema de Peter no es únicamente el enemigo que persigue. Es su incapacidad de desnudarse, de mostrarse como es para volver a formar parte del mundo.

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La jefa de policía Jean DeWolff, interpretada por Liza Colón-Zayas, ocupa también un lugar importante. La actriz de The Bear aporta calidez, maternidad, autoridad y sentido práctico a un universo poblado por personas que suelen resolver cualquier dificultad atravesando paredes. Su personaje funciona como vínculo entre Spider-Man y la ciudad, pero también como una figura adulta que observa con preocupación la manera en que el héroe está consumiéndose.

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Hay un cambio significativo en la relación entre Spider-Man y Nueva York. Durante buena parte de la historia del personaje, los ciudadanos han desconfiado de él. J. Jonah Jameson convirtió esa sospecha en una industria y utilizó los titulares para presentar al héroe como amenaza pública. En Brand New Day, Jameson no aparece y la ciudad parece haber adoptado finalmente a El Hombre Araña como uno de los suyos.

Los neoyorquinos lo animan, lo protegen e incluso colaboran con él. Este respaldo podría parecer una simple corrección sentimental después de tantas películas y cómics de persecución, pero también introduce una ironía. Spider-Man cuenta con el afecto de millones de desconocidos y, sin embargo, no tiene a una sola persona con quien compartir la cena.

El misterio externo coincide con una transformación interna. Peter comienza a sufrir dolores de cabeza, alteraciones sensoriales y cambios físicos. Su fuerza aumenta, sus reflejos se vuelven más agresivos y las telarañas dejan de depender de dispositivos mecánicos para surgir directamente de su cuerpo. La araña parece estar conquistando al hombre.

Es aquí donde la película se acerca, aunque con prudencia industrial, al territorio de David Cronenberg. Peter Parker siempre ha vivido dentro de una mutación biológica, pero las películas anteriores trataron sus poderes como una bendición acompañada de responsabilidades. Brand New Day se atreve a sugerir que también podrían ser una enfermedad, una alteración genética o una forma de pérdida de identidad.

La referencia más evidente es The Fly. Como el científico interpretado por Jeff Goldblum, Peter descubre que su cuerpo está desarrollando habilidades que inicialmente parecen extraordinarias, pero que también amenazan con reemplazar su humanidad. La diferencia es que Marvel no está dispuesta a llevar la metamorfosis hasta sus consecuencias más perturbadoras (en alguna ocasión en los cómics, a Peter le crecieron 6 brazos). La cinta abre la puerta al horror corporal, observa unos segundos el abismo y luego instala una baranda de seguridad.

Aun así, la idea resulta poderosa. Peter se ha alejado tanto de sus vínculos humanos que su ADN arácnido comienza a dominarlo. El cuerpo expresa aquello que la mente se niega a aceptar. Cuanto más intenta ser únicamente Spider-Man, menos queda de Peter Parker.

Por eso busca a Bruce Banner. Mark Ruffalo aparece ahora como un científico retirado de la primera línea superheroica, un hombre que ha dedicado años a negociar con la criatura que habita dentro de él. Banner comprende mejor que nadie lo que significa temerle a una parte del propio cuerpo.

El encuentro entre ambos termina, por supuesto, en una batalla contra Hulk. La película no desperdicia la oportunidad de enfrentar la agilidad de Spider-Man con la fuerza descomunal del gigante verde. Sin embargo, la secuencia no es únicamente una obligación espectacular. También enfrenta a dos personajes que han construido su identidad alrededor del control. Banner teme perderlo; Peter empieza a sospechar que nunca lo tuvo.

Tombstone (Marvin Jones III) y El Escorpión, interpretado por Michael Mando de Better Call Saul, aparecen como villanos secundarios y adversarios físicos. La presencia de El Escorpión permite algunas escenas de combate contundentes, aunque la película sabe que el verdadero conflicto no está en su aguijón mecánico. Existe otra figura, interpretada por Sadie Sink (Stranger Things), cuya identidad y función conviene no revelar. Basta decir que la supuesta villana no responde a la lógica tradicional del antagonista y que su relación con Peter transforma la investigación en una confrontación moral.

Spider-Man descubre que perseguir a alguien no significa comprenderlo y que detener una amenaza puede exigir algo distinto a golpearla hasta que lleguen los créditos. La película incluye ninjas, persecuciones aéreas, enfrentamientos y numerosos desplazamientos por los rascacielos de Manhattan. No carece de acción ni de efectos especiales. Lo que ocurre es que Cretton no organiza la narración exclusivamente alrededor de esas secuencias. Las utiliza como estaciones dentro de un proceso emocional más largo.

Con 145 minutos de duración, Brand New Day se toma su tiempo. En ocasiones demasiado. La investigación avanza por episodios, algunos personajes aparecen como piezas de una maquinaria que prepara futuras producciones y la entidad capaz de saltar entre cuerpos no alcanza todo el potencial inquietante de su premisa. 

También existe la sensación de que varias ideas como la mutación de Peter, la popularidad de Spider-Man, el conflicto con Damage Control, la turbia agencia dedicada al manejo de superpoderosos y liderada por William Metzger (Tramell Tillman repitiendo su rol de Severance), podrían haber recibido un desarrollo más profundo. Pero esa lentitud también permite que las relaciones respiren.

La película comprende que, después de la muerte de May y el sacrificio final de No Way Home, Peter no podía regresar inmediatamente a las bromas escolares y las excursiones internacionales. Debía atravesar el duelo. Debía convertirse en alguien que ya no podía esconder el dolor detrás de una máscara, por muy elástica que fuera.

MJ y Ned permanecen inicialmente en los márgenes de su vida. Ellos no recuerdan a Peter, aunque conservan rastros emocionales de algo que no pueden nombrar. Peter los observa desde lejos, revisa sus publicaciones y fabrica encuentros casuales. Hay algo triste, e incluso perturbador, en esa vigilancia. Él cree que está protegiéndolos, pero también se está condenando a presenciar una existencia de la que fue borrado.

Zendaya vuelve a ser fundamental. MJ no es aquí únicamente el interés romántico del héroe, sino la prueba de que el afecto no desaparece con la memoria de los acontecimientos. Puede perderse el recuerdo concreto de una persona y, sin embargo, permanecer una sensación, una ausencia o la impresión de que algo importante falta.

La química entre Holland y Zendaya (pareja en la vida real) sostiene los momentos más delicados de la película. Peter desea recuperar lo perdido, pero sabe que revelarle la verdad a MJ podría devolverla al peligro. La responsabilidad deja entonces de significar salvar el mundo y pasa a convertirse en una pregunta mucho más cruel: ¿tiene derecho a entrar nuevamente en la vida de alguien que ya aprendió a vivir sin él?

Ned cumple una función semejante. Peter necesita a su amigo no solo por sus conocimientos o por su capacidad de ayudarlo durante una misión, sino porque Ned representaba la parte de su vida donde todavía podía ser ridículo, inseguro y ordinario. Sin él, Spider-Man se ha vuelto más eficiente, pero Peter Parker se ha reducido hasta casi desaparecer.

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La enseñanza central de Brand New Day podría formularse de manera sencilla: nadie puede vivir sin los demás. Sin embargo, la película consigue que esa idea elemental adquiera peso porque la coloca dentro de una franquicia obsesionada con la autosuficiencia heroica. Los superhéroes suelen salvar ciudades, universos y líneas temporales, pero rara vez admiten que necesitan que alguien los salve a ellos.

Peter Parker descubre que una red no sirve únicamente para desplazarse entre edificios. También es la estructura humana que impide que una persona caiga cuando sus fuerzas se agotan. Frank Castle, Yelena Belova, Bruce Banner, Jean De Wolff, Ned Leeds y MJ forman, de maneras distintas, esa red que Peter había decidido cortar.

El título Un nuevo día podría sugerir un reinicio radical, pero la película no borra el pasado. Al contrario, construye su nueva etapa sobre las consecuencias del capítulo anterior. No existe día nuevo sin la noche que lo precedió. La cinta no tiene el impacto histórico ni la euforia de No Way Home. Tampoco pretende tenerlos. En lugar de competir con el espectáculo de tres Spider-Man balanceándose juntos, elige observar a uno solo mientras intenta recordar por qué vale la pena continuar.

Destin Daniel Cretton nos entrega un episodio de la saga menos deslumbrante, más irregular y, al mismo tiempo, más humano. Su mayor virtud consiste en comprender que la madurez de Peter Parker no depende de que sea más fuerte, más serio o violento. Depende de que acepte que pedir ayuda no contradice la responsabilidad. Después de conquistar el multiverso, Spider-Man descubre que la aventura más difícil no consiste en salvar todas las realidades posibles, sino en volver a formar parte de una.

P.D. Hay una única escena postcréditos bien al final y una advertencia que nos dice que El Hombre Araña regresará. 

ANDRÉ DIDYME-DÔME

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