Corremos esquivando las balas de goma por la colectora de la siempre saturada Highway 101. “Lo más importante es saber atravesar el fuego”, decía Charles Bukowski, pluma filosa de esta ciudad desangelada: Los Ángeles del infierno.
Bombas lacrimógenas, granadas de aturdimiento, bastones largos. Armas “no letales”, las llaman los represores. Festín desnudo de la violencia estatal servido el primer domingo de junio en pleno Downtown. Los mastines de la policía y de la Guardia Nacional muestran sus filosos dientes en la urbe más grande de California. Los ejércitos de la noche trumpista están hambrientos, quieren sangre y van a morder. Sus escopetas escupen balas de odio antimigrante.
Hay cacería en la calle Alameda, a pasitos de la autopista. Como en la guerra, los Robocops azulados tiran a mansalva contra las columnas que protestan en paz cerca del edificio Federal Roybal, centro de detención del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, sus siglas en inglés). Se ven arrestos a los bastonazos y fusilamientos dignos de un cuadro de Goya.
Los helicópteros de la policía amenazan desde las alturas. Corridas, pedradas, bronca. Suena fuerte al grito chicano: “Chinga la Migra”. Dedos medios que se agitan por los aires y las gargantas poderosas rugen: “Fuck you ICE”.

Flamean banderas de México, El Salvador, Guatemala y la azul, blanca y roja de barras y estrellas. Las columnas de inmigrantes piden por la liberación de sus paisanos. Obreros, agricultores, laburantes rasos, padres y madres sin papeles que fueron detenidos en las redadas masivas de las últimas semanas.
Más gases y más balas. Arden fogatas en las calles, también un par de autos de Waymos, esos engendros marca Jaguar de visión 360º piloteados por IA que les roban el laburo a los tacheros angelinos de carne y hueso. ¿Furia contra las máquinas? La respuesta arde en las justicieras llamas luditas.
Nubes negras suben al cielo, crepitan las brasas de la pueblada californiana contra el régimen republicano. Corremos en dirección a Chinatown hasta que las piernas no dan más. Atrás, en sombras, quedan los pelotones, los estallidos de las armas que no dejan de tirar, las golpizas. Todavía más atrás, la fortaleza de la ICE grafiteada. En la fachada, alguien tatuó a las apuradas con aerosol verdades duras: “Cuando la tiranía se convierte en ley, la rebelión se convierte en deber”.
Santee Alley es un desierto. No hay un alma en el mercado popular chicano. El Once angelino encastrado en los suburbios de los suburbios del Downtown luce un vacío ejemplar en la tarde sabatina. “No hay clientes por las redadas, ‘mano. Esto está repleto todos los días, pero ayer estuvo la Migra haciendo detenciones a unas cuadras. Tenemos miedo, la gente no sale de su casa por si la atrapan”, me cuenta Ramón, joven inmigrante mexicano que se gana el pan vendiendo variopintas gorritas de segundas marcas, pero primera calidad, en los callejones del Distrito de la Moda, uno de los pulmones latinos de la ciudad. Vende de los Lakers, los Rams y, por supuesto, de los afamados Dodgers. Cinco verdosos billetes por cabeza. ¡Lleve nomás!
El muchacho es oriundo de Durango, una metrópoli norteña del país azteca. Dice que cruzó el río Bravo antes de la pandemia del Covid-19. Ramón perseguía el húmedo American dream. Indocumentado, los últimos meses se convirtieron en una pesadilla a secas. “Trabajo y trabajo para juntar mis dólares, ‘mano, es lo único que hago. Si me agarra la Migra, me vuelvo con mis billetes. Estoy solo, nadie me cuida en L.A.”. Sin ángel de la guarda, sin dulce compañía, así anda el joven Ramón, de noche y de día.
También miles de sus paisanos migrantes, casi el 15% de la población del país gobernado por Donald Trump. Sufren con miedo y asco las detenciones ilegales, las razias y las deportaciones promovidas por el 47° presidente norteamericano. Ramón no tiene dudas, más que Estados Unidos, esto es “Estados Jodidos”.
Durante la campaña de 2024 que lo llevó a su segunda presidencia, Donald Trump había señalado a los inmigrantes como una de las principales causas de los males que aquejaban al gran país del norte. La furiosa narrativa proselitista del republicano incluía personas migrantes que “se comían las mascotas de los estadounidenses”, que eran responsables del tráfico de drogas, de la delincuencia galopante y tantos otros demonios. Malditos latinos, la cara opuesta de la población WASP: blanca, anglosajona, protestante. Gente “bien” made in USA. Cuesta encontrar en los archivos de la memoria histórica otro ejemplo de estigmatización parecido. Quizá Los protocolos de los sabios de Sión, propaganda conspirativa antisemita destinada a acusar a los judíos de todos los males del universo.
Así fue como el blondo presidente peinado por la mano invisible del mercado desató desde enero pasado a la ICE en pogromos contra los inmigrantes. Cacerías de latinos en los campos, las iglesias, las fábricas donde trabajan, en los colegios y en los parques donde juegan sus hijos. La blitzkrieg incluyó operativos sin órdenes de arresto y hasta 3.000 detenciones diarias. El saldo de los primeros 100 días de gobierno trumpista fue de más de 50 mil inmigrantes detenidos por la Migra, la cifra más alta registrada desde septiembre de 2019.
La respuesta popular estalló en forma de protestas masivas a principios de junio en Los Ángeles. California fue punta de lanza contra el autoritarismo. Luego se sumaron otras ciudades de los cuatro puntos cardinales. En el “Estado Dorado” viven 10,6 millones de inmigrantes, el 27% de su población total, el 34% de su fuerza laboral. Casi 3 millones sobreviven indocumentados.
Lejos de bajar las tensiones, Trump echó más nafta al fuego. Envió 2.000 efectivos de la Guardia Nacional y 700 marines para “restablecer el orden” en las calles de L.A., sin consultar al gobernador Gavin Newsom. Intervención federal de hecho, denunció el mandatario demócrata: “Trump está llevando a cabo una redada militar por todo Los Ángeles, mucho más allá de su intención declarada de perseguir únicamente a los delincuentes violentos y graves, traumatizando a nuestras comunidades”. Desde Washington, el republicano le contestó a Newsom vía X: en vez de quejarse, “debería darnos las gracias por ‘salvarle el culo’”.
Karen Bass, la alcaldesa de Los Ángeles, también se plantó firme contra el inquilino de la Casa Blanca: “Orgullosos estamos de los inmigrantes, que contribuyen a nuestra ciudad de tantas maneras, estoy profundamente indignada por lo que ha sucedido. Estas tácticas siembran terror en nuestras comunidades y perturban los principios básicos de seguridad en nuestra ciudad. No lo vamos a tolerar”.

Las batallas en Los Ángeles no frenaron más. Tampoco las redadas, que incluyen carros blindados de los marines con escenas que parecen sacadas de una zona de guerra. En los portales de noticias hablan de decenas de detenidos por las protestas, de ciudad militarizada, de violaciones de los derechos humanos. El Estado de sitio reina en L.A.
Sangre chicana corre por las venas abiertas latinoamericanas de Ashley. Es dealer de remeras en el Downtown: “Los migrantes somos el motor de los Estados Unidos, los que hicimos crecer este país”. Sus viejos llegaron con una mano atrás y otra adelante; progresaron con el sudor de su frente, saca chapa la señora, dueña de varios locales en el mercado: “Que no mienta más Trump, que anda diciendo que somos ladrones, asesinos… Está pisoteando nuestros derechos, la historia de nuestras familias”.
En la boca del local de Ashley cuelga una camiseta que saluda con ironía al presidente platinado: “Que se joda el payaso naranja”. Cerquita, otra remera muestra la cara del magnate y de su exsocio Elon Musk. La parejita de los millonarios terminó hace pocos días atrás. Decepcionado, el dueño de Tesla dejó su cargo en el gobierno con quejas por las políticas fiscales y la motosierra soft que aplicaba el mandatario. “President Musk and First Lady Donna Trump”, se lee en la tela. Recuerdos de un romance tóxico de la derecha norteamericana.
Como una esclava. Así se siente Fabiola en el país de la libertad. Tiene dos trabajos y llega con la billetera flaca a fin de mes. Por las mañanas, se gana la moneda en una imprenta de Chinatown; por las tardes, vende comida en el Santee. Carne de res, chiles rojos, ajito y una pizca de sal. Birria, manjar popular de su natal Tijuana. Precios cuidados más impuestos.
Sin parroquianos, doña Fabiola pasa las horas viendo videos en TikTok. Las redadas se transmiten en vivo y en directo por las redes sociales. También las febriles protestas. Esta tarde hay cortes de calles y enfrentamientos con los agentes de la ICE en Paramount, una barriada latina super populosa del South Central profundo, en el condado angelino, frontera con la rapera y combativa Compton (histórico territorio de NWA).
Según las cifras oficiales, en Paramount viven 55 mil personas, ocho de cada diez residentes son latinos. La barriada es coto de caza habitual de los agentes de la Migra y principal foco de resistencia contra las políticas antimigrantes. Doña Fabiola sufre frente a la pantalla del celular: tiene amigos en Paramount. “Hay que salir a las calles, unirnos y decir basta”. Me cuenta que tiene tres hijos. El más joven vino en su panza cuando llegó a estos pagos: “Quería una vida mejor para ellos. Migrar no puede ser un delito”. Fabiola sostiene que los republicanos en campaña les endulzaron los oídos a los latinos con falsas promesas: que iban a bajar la inflación, mejorar la economía. No hubo novedades en esos frentes. Siente que ahora los migrantes son el chivo expiatorio. Al despedirse, se agarra la cabeza: “Mi hijo más chico, el nacido en California, votó a Trump”.
Acto en la plaza de El Pueblo de Los Ángeles, distrito histórico de la ciudad, antiguo centro angelino en los tiempos de dominio español y mexicano durante el siglo XIX. Los migrantes se amuchan para escuchar a los miembros de Refuse Fascism, una orga de derechos humanos que condena la militarización y las redadas masivas.
Amina Gonzales toma el micrófono por asalto. Denuncia el uso de vehículos blindados y de armamento militar contra trabajadores inmigrantes. También las trabas que pone la Migra a los abogados que intentan constatar las condiciones de detención de los presos. “No hay nada justo ni legítimo en el despliegue de tanquetas y el uso de armas largas contra lavaplatos y trabajadores de la confección”, condena.
Unos pibes agitan pancartas: “¡No a la Guardia Nacional en Los Ángeles!”, “¡Alto a la demonización, deportación y criminalización!”, “¡El régimen fascista de Trump debe irse ya!”. No se rinden, van a marchar nuevamente.
Ailín Yáñez es docente en lucha. La joven chicana de 32 pirulos trabaja en la escuela Nueva Esperanza del Valle de San Fernando, en el norte angelino. Hace unos meses, fue testigo de cómo la Migra se llevó a varios padres de sus estudiantes: pacíficos agricultores que viven al día. “Engañan a la gente, les dicen que se acerquen a las oficinas para regularizar sus papeles, los detienen y luego los deportan. Separan familias, no respetan los procesos legales, son violentos, es una dictadura”, da cátedra la docente. Le preguntó qué le diría a Trump si lo tuviera adelante: “Que es un racista. Que los latinos no nos vamos a quedar callados”.
El que eleva la voz y llama a la lucha es Tom Morello en su programa de radio One Man Revolution. Lo escucho mientras dejo atrás el centro rumbo a Koreatown. El violero de Rage Against the Machine tiene raíces combativas que llegan hasta el continente africano. Es hijo del fallecido Ngethe Njoroge, miembro activo del Mau Mau, la guerrilla que peleó a morir por la independencia de Kenia. Su mamá, Mary Morello, es una activista social con 101 años de vida y más batallas callejeras que Norma Plá. En los años ochenta, doña Mary impulsó Parents of Rock and Rap, una organización que luchaba contra la censura en los tiempos oscurantistas de Ronald Reagan. Tiene un bloquecito en el programa de su hijo.
Tom Morello, nacido en el neoyorquino Harlem y criado en Illinois, llegó a la Costa Oeste en las postrimerías de los años ochenta con una licenciatura con honores en Estudios Sociales por la Universidad de Harvard y un posgrado en guitarra forjado en cátedras del under y escuchas eternas de Led Zeppelin, Bob Dylan y Public Enemy. Luego llegaron la furia, los discos, los grandes estadios, el éxito y siempre la militancia social, a veces en compañía del chicano Zack de la Rocha. Morello se sumó a las protestas antiredadas en las calles de Boyle Heights y del Downtown. Subió fotos en su cuenta de Instagram, donde se lo ve con una remera poderosa, que dice sin pelos en la lengua: “Destruir el fascismo americano”.
Koreatown es otro territorio castigado por las redadas. Barrio multiétnico, pegado a Hollywood y sus infames veredas estrelladas. Hogar de asiáticos, de afroamericanos y, sobre todo, de latinos. Paro en la casa de una familia coreana, radicada hace más de 45 años en Los Ángeles. Con el señor Kim conversamos y fumamos bajo unas palmeras altas como pivotes de la NBA. Las copas acarician el cielo.

Kim, sabio migrante, piensa que las redadas son una locura, que Trump está chiflado al traer militares a la ciudad, que la violencia engendra más violencia. Recuerda el levantamiento de 1992, cuando un grupo de policías blancos molió a palos al taxista negro Rodney King y se desató el infierno en Los Ángeles. ¿El saldo? Levantamiento popular y violencia policial que dejaron 58 muertos. Apaga el pucho Kim, suspira: “Parece que Trump quiere repetir la tragedia”.
De otras tragedias angelinas aprendí en un museo que visité en estos días. El LACMA es el espacio dedicado a las artes plásticas y sus satélites más grande y celebrado del condado. En una de sus salas pude ver el cuadro “Burn Baby Burn”: violencia racial y protestas callejeras hechas fresco por el artista chileno Roberto Matta. La obra gigante retrata los disturbios de Watts de 1965, las manifestaciones al ritmo del soul, la destrucción y la posibilidad de alcanzar la paz. California Dreamin’.
La última cena en Los Ángeles es en el carrito de María. El boliche se llama El Monje Loco. Ofrece platazos de la generosa gastronomía mexicana en el cruce de las avenidas Western y Pico, pleno barrio coreano. A la migrante oriunda de Oaxaca la encuentro pelando tamarindos para las aguas frescas. Como banda de sonido suenan rancheras al taco. María me cuenta que tiene tres hijos nacidos en Estados Unidos, que ella tiene los trámites de la residencia demorados, que no quiere que la separen de sus críos, que reza todos los días, que la Virgen de Guadalupe la protege. Dios te salve, María.
La mañana antes de partir rumbo al aeropuerto, cruzo en el Downtown a Jaime Gutiérrez, abogado de derechos humanos. Chicano, grueso bigote, corajudo por donde se lo mire. Buen conocedor de la historia sudamericana, me cuenta de su admiración por el Che Guevara: “Sus ancestros estuvieron por California, en los años de la fiebre del oro. Al Che lo siento cercano a nuestras luchas”.
Jaime se prepara para protestar una vez más por el centro: “Nos tratan como extranjeros en nuestra patria, porque esta tierra era mexicana. Ahora hay un ejército de ocupación, somos los palestinos de los Estados Unidos”. Gutiérrez pide por la liberación de David Huerta, sindicalista latino que fue herido y detenido mientras documentaba la represión: “Quieren aplastar las protestas, que nos callemos, pero el pueblo está en la calle, revelándose”. Antes de caminar hacia la militarizada fortaleza de la ICE, levanta un cartel que muestra a Trump con capucha del Ku Klux Klan. “La batalla recién comienza, ‘mano. ¡La raza unida jamás será vencida!”, se despide Jaime, y sigue marchando con sus paisanos. Con el puño en alto.


