El presidente y el hombre más rico del planeta odian a Jimmy Kimmel. Uno podría pensar que eso le otorgaría cierto estatus en el plano de la resistencia, o por lo menos una oficina privada en los pisos superiores del Templo Masónico de Hollywood, donde se graba en vivo Jimmy Kimmel Live! cuatro noches a la semana. No es el caso. El espacio de trabajo del conductor es bastante público: el escritorio de su asistente está al lado del suyo, y otros dos miembros del equipo lo observan del otro lado de un ventanal de vidrio, como solían hacer los productores en sus comienzos como hombre de radio. El único rincón con privacidad es el de un baño y un placard, donde Kimmel tiene una caja de cartón llena de corbatas gastadas que su ídolo David Letterman le mandó al retirarse de la tele.
“Usé una, pero son larguísimas”, dice Kimmel, que tenía puesta una remera de Late Night, el programa de Letterman, bajo el traje cuando debutó con Jimmy Kimmel Live! en 2003.
Mete los brazos en la caja.
“Te tenés que llevar una”.
Durante una década, Kimmel fue feliz en su papel de discípulo de Letterman, con una vibra medio sarcástica, de “qué estoy haciendo acá”, y haciéndole bromas a Matt Damon y a su propia tía Chippy. Charlaba con su ladero Guillermo Rodríguez, ascendido al mejor estilo Letterman de guardia de seguridad a protagonista con aire. Todo encajaba con el Kimmel criado en Las Vegas, que antes de todo esto era conocido por coconducir The Man Show en Comedy Central junto a Adam Carolla, un programa que celebraba o satirizaba —dependiendo a quién le preguntes— el estilo de vida “frat boy”.
Después, el ascenso, la caída y el nuevo ascenso de Donald Trump le cambiaron la vida. Surgió un nuevo Kimmel. Uno que —impulsado al principio por la bronca contra Trump y el enfoque republicano respecto de temas como la salud pública y la portación de armas— empezó a destrozar a Trump todas las noches, a tal punto que el entonces presidente llamó a Disney en 2018 para pedir que lo controlaran. Disney no lo hizo.
Ahora, Kimmel tiene a Elon Musk en la mira. Unos días después de nuestra charla, Kimmel se burló de Musk tras su pedido de civilidad luego de una serie de actos vandálicos contra autos Tesla y de expresar desconcierto por el enojo de la gente con él.
“Bueno, a ver si te lo puedo explicar —dijo entonces Kimmel—. Cuando sacás una motosierra para festejar que echaste a miles de personas, se enojan. ¡Dios mío! Pobrecito. Hacés uno, tal vez dos saludos nazis y ya todos se ponen como locos”. Musk respondió tildando a Kimmel de “imbécil sin gracia”.
Charlamos con Kimmel durante dos horas y media en su oficina, después de una grabación en marzo. Hicimos el pacto de no hablar de Trump durante toda la conversación. No lo cumplimos del todo, pero Kimmel logró meter a Howard Stern, al David de Miguel Ángel y a la cultura del acosador en una sola frase. Tuvimos que editar una charla sobre Clover, la primera banda de su amigo Huey Lewis, por cuestiones de espacio.

Tu oficina es muy abierta. Cuesta imaginar a Letterman con una dinámica así.
No hay momentos de soledad. Si tengo que hacer una llamada privada, la hago en el baño.
¿Estás bien? En la grabación de ayer parecías con alguna molestia física.
Tuve unos calambres estomacales bastante jodidos. Me agarraron de golpe. Estuviste a punto de verme cagándome encima en el escenario por primera vez. Es raro, lo que sea que me pase siempre se corta cuando salgo al escenario. Si tengo hipo, se me va. Estornudos, se me van. Pero la diarrea no espera a nadie.
Veo que tenés tu clarinete ahí. Sé que sos bastante bueno, pero ¿cómo terminaste eligiendo ese instrumento?
Bueno, en realidad no lo elegí. Me eligió a mí. Y no lo digo como lo diría Jimi Hendrix. Lo digo como lo diría Jimmy Kimmel, o sea: pensé que era un trombón. Yo quería tocar el trombón y a los once años creía que el trombón se llamaba clarinete. Así que me anoté en la clase de clarinete, y cuando llegué, algunos chicos ya tenían sus instrumentos. Le dije al profesor de música: “Estoy en la clase equivocada. Tendría que estar en la de clarinete”. Y él me dice: “Esta es la clase de clarinete”. Yo le digo: “No, clarinete” e hice el gesto del trombón con la mano. Me acuerdo de que se cagó de risa. Me dice: “No, eso es un trombón”. Y yo: “Ah”. Y él: “Vamos a cambiarte el horario”. Y yo: “OK”. Pero cuando llegué a casa, mi mamá ya me había comprado un clarinete, y mis padres no compraban nada nunca. Y yo no sabía que las cosas se podían devolver. Me dio culpa decir: “No, en realidad quería tocar el trombón”. Así que dije: “No cambio el horario y toco el clarinete”. Y acá estamos.
No me gusta empezar por esto, pero vamos con Trump.
¿Donald Trump? Sí… Antes, cuando pensabas en mí, pensabas en Guillermo o en Matt Damon. Ahora es Trump. Creo que la mayoría de los comediantes tenemos un sentido fuerte de la justicia, y él lo viola constantemente. Ya deberíamos estar curtidos, pero yo no lo estoy. Todavía me sorprende; parece un villano de historieta. Es el tipo de personaje que uno pensaría que se iba a apagar después de unos años, pero que todavía siga dando vueltas es impresionante. Hace un año te habría dicho que mi objetivo era mostrarle a la gente que no está muy metida en las noticias lo que realmente está pasando, y tratar de generar un cambio con eso. Claramente, eso no alcanzó antes de las elecciones, así que ahora me veo más como un lugar para gritar.
Desde el punto de vista del humor, tiene algunas ventajas, ¿no?
No hace falta armar tanto el chiste, porque todo el mundo ya sabe quién es, así que podés ir directo al remate. [El problema es que] es alguien que a mucha gente no le gusta. No quiere ni escuchar su nombre. Pero material hay siempre. Algunos días te da tanto que tenés que tirar cosas que, en la época de Bush, habrían sido el evento del año. Trato de no meterme demasiado en los detalles. Me tengo que recordar a mí mismo que esto no es una investigación, es un programa de humor.
¿Cuándo te diste cuenta de que esto era serio y no solo ridículo?
Fue en 2016, cuando vino Hillary Clinton al programa. En una pausa le dije: “Espero que Trump gane la nominación. Va a ser pan comido para vos”. Y ella me dijo: “Cuidado con lo que deseás”. Yo no era de los que pensaban que él podía ganar. Mirá, cuando absolvieron a O.J. [Simpson], quedé absolutamente en shock. Sentí lo mismo. Tenía esa fe en EE.UU. que se me vino abajo, y todavía no lo supero. Pensaba que, llegado el momento, este país hacía lo correcto. Claramente, eso ya es historia.
Viviste esto muy de cerca en 2017. Tu hijo nació con una condición cardíaca seria justo cuando los republicanos querían derogar el Obamacare [plan de salud del gobierno de Obama]. ¿Qué te llevó a hablar públicamente de algo tan personal?
Fueron varias cosas. Estaba en el hospital viendo cómo debatían esto en el Congreso. Estaban decidiendo si los estadounidenses iban a tener acceso o no a la cobertura médica. Y miraba a mi alrededor en el hospital, veía a todos esos chicos y familias que claramente eran pobres. Y me pegó fuerte la idea de que, si fueran tus vecinos, harías lo que sea para ayudarlos. El tema de la salud es aburrido y la mayoría no lo entiende, así que traté de humanizarlo lo mejor que pude.
Tuviste al senador Bill Cassidy en el programa para explicarle la condición de tu hijo y él prometió que cualquier proyecto de ley iba a pasar “el test de Jimmy Kimmel” y que se iban a cubrir las condiciones preexistentes. Después salió la ley republicana y eso no se cumplió. ¿Te sorprendió?
Sí, me sorprendió. Cuando hablé con Bill Cassidy al aire, pensé: “Este tipo es médico. Entiende esto mejor que muchos políticos”, y sentí que iba a aprovechar el momento y convertirse en un héroe para los estadounidenses haciendo lo correcto. Me sorprendió bastante que no lo hiciera. Y gracias a Dios por John McCain. Siempre le voy a estar agradecido.
Me pregunto si esa experiencia te dio una perspectiva distinta del Partido Republicano en la era Trump, en el sentido de que no van a mostrar ni una pizca de coraje, por más que algo parezca ser lo mejor para el país.
Están cagados de miedo. Creo que ahora incluso más que la primera vez, porque Trump es super vengativo y no tiene límites cuando se trata de castigar a alguien. No entiendo cómo hay estadounidenses que pueden apoyar lo que está haciendo, y esas estupideces en las que se engancha, como lo del deporte y las personas trans, que no afecta a casi nadie.
Ya sé que los políticos hacen eso, toman temitas que saben que te van a tocar la fibra y se agarran de ahí, pero esto es un extremo que no vimos nunca. No hay ni una pizca de decencia. Es una manada de animales y da asco.Mirá, el 4 de julio yo sigo colgando la bandera y no voy a dejar de hacerlo porque no pienso dejarles ese símbolo. No es su bandera; no es una marca MAGA.
¿Elon Musk te da tanto material como Trump?
Bueno, es más o menos lo mismo que Trump en muchos aspectos. Quiero decir, apoyó a Obama y luego a Hillary, y ahora le conviene apoyar a Trump. Y para mí, esas son las peores personas. No creo que Trump crea en nada de eso y creo que Elon Musk tampoco. Elon Musk ve esto como una excelente forma de acumular mucho poder y ganar mucho dinero, y eso es exactamente lo que está haciendo. Ahí me di cuenta de que es una persona muy mala y peligrosa: cuando el esposo de Nancy Pelosi, Paul, un hombre mayor, fue atacado de manera brutal, su primera reacción fue repostear una historia descaradamente falsa que sugería que lo había hecho un taxi boy. Ahí fue cuando me di cuenta: “Oh, esta es una mala persona. No tiene límites”. Un anciano fue golpeado con un martillo y esa fue su primera reacción. Es repugnante.
¿Creés que Trump tiene verdaderos creyentes? ¿Stephen Miller?
Sí, ese tipo es un hijo de puta aterrador.
¿Y Tucker Carlson?
Oh, es un completo falso. Es un oportunista. Cuando mirás a Tucker Carlson, pensás: “OK, este es un tipo inteligente”. Y luego lo ves en Rusia, en un supermercado sosteniendo una fruta y diciendo: “Esta manzana cuesta solo 12 centavos. En Estados Unidos, pagarías 50 centavos por esta manzana”. Y pensás: “Sí, pero el salario mínimo en Rusia es de un dólar la hora”. Lo que está haciendo ahí es reconocer que sus fans no son muy astutos, y no le importa.
Publicamos una historia en 2023 de que Trump llamaba a ABC pidiendo que te despidieran. Parecías molesto pero también divertido.
Me parece gracioso. Me gusta cuando admite que lo molesto. Acá, en el programa, ponemos mucho esfuerzo en ridiculizarlo; que reconozca nuestro trabajo es una de las pocas cosas que aprecio de él. Si nos ignorara, no sería tan divertido.
Una cosa en la que me gusta pensar es si esto arruina haber sido presidente para Barack Obama. Ser presidente solía ser un tema importante. Realmente se ha devaluado. Tal vez es lo mismo que sintieron Johnny Carson y David Letterman cuando todos los demás tuvimos programas de entrevistas…
Creciste en Las Vegas en los 80. ¿Era raro o normal?
Era un lugar muy normal y también muy anormal. Y no entendí eso hasta que me mudé. Jugué al béisbol en la liga infantil y fui monaguillo, íbamos a la iglesia todos los domingos. Pero también, los fines de semana, íbamos por la cena de bistec de $1.99 a las dos de la mañana. Caminaba por el centro de Las Vegas con una cámara de video haciendo entrevistas a los turistas, luego llegábamos a casa, lo veíamos, y después sobregrabábamos la misma cinta y lo hacíamos de nuevo el siguiente fin de semana porque teníamos solo una cinta VHS.
¿Recordás tu primer show en Las Vegas cuando eras chico?
Fui a uno con mi amigo Cleto, que ahora es el líder de mi banda en el programa. Fuimos a ver un show llamado Splash. Había agua en el escenario y las mujeres estaban en topless. Pero el telonero era Frank Gorshin, que interpretaba al Acertijo en Batman. Era un comediante de stand-up. Podías ver que era tremendo para él abrir para Splash. Recuerdo que nos dieron dos Heinekens y estábamos bastante borrachos para cuando Frank terminó su set. Lo ovacionamos de pie al final y nos miró con desprecio.
También vi a Siegfried y Roy en el Frontier Hotel, y los elefantes en el escenario orinaban tan fuerte que salpicaban a los empresarios japoneses de la primera fila. No parecían muy contentos.
Contame sobre tus primeros recuerdos relacionados con la comedia.
Tenía un grabador y, antes de que comenzara Letterman, lo veía a Johhny Carson. Y específicamente cuando lo presentaba a Bill Cosby, grababa el monólogo y lo transcribía porque quería ver cómo era. Pero nunca pensé en ser comediante, nunca se me ocurrió. Tenía una patente en el auto que decía “LATENITE” y me ponían “Late Night” en las tortas de cumpleaños porque amaba Letterman, no porque pensara que algún día podría hacer eso.
Parece que tu familia fue esencial en tu carrera. Muchos parientes participan en tu show.
Mi tía Chippy siempre fue para mí una gran fuente de diversión. Tengo estos viejos cuadernos donde mi primo Sal y yo escribíamos un montón de citas falsas que ella diría, como: “Frank, maldita sea, te voy a dar una piña en la cara, te voy a sacar todos los dientes y me voy a hacer un collar con ellos”. Recuerdo que mi mamá lo asustaba a mi papá en la ducha, y se reía mucho. Mi mamá solía hacerse la muerta. Se tiraba al suelo, se hacía la muerta hasta que nosotros lloráramos. Luego descubrí que mi tía Chippy hacía lo mismo. ¡Y luego mi abuelo me dijo que su madre le hacía lo mismo a él! Ahí pensé: “Mirá vos, esta es una enfermedad seria. Merece un examen psicológico”.
Tu tía Chippy aparece en un sketch hilarante en el que no entiende por qué su taxi no tiene chofer (es un Waymo). Pero mi favorito es cuando tu prima Micki se asusta primero con un muñeco de cera tuyo y después con tu forma humana, que cree que también es un muñeco.
Micki es lo más. Porque se cree cualquier cosa. Es muy confiada. Una vez le dije que había un lugar que se llamaba Pueblo Helado y que tenía un montón de locales distintos. Y que podías ir a un local donde solo te daban una bocha de helado de vainilla. Y después cruzabas la calle y había otro local si querías agregarle chocolate. Y otro más solo para ponerle una cereza. Y ella me dice: “Ay, qué bueno eso”. Pero si lo pensás en serio, es un quilombo total. Es muy dulce y, a su manera, muy inteligente, pero también muy, muy crédula.
Tu primo Sal está con vos hace años, y ahora se está expandiendo a lo loco por todos lados.
Te digo algo: el otro día cené con Barack Obama y estuvimos quince minutos hablando de Sal. Escuchá el podcast de Bill Simmons y el primo Sal. No lo podía creer. Me voló la cabeza. Porque mi primo Sal es, antes que nada, una de las personas más raras y graciosas que vas a conocer en tu vida. Y Obama estaba hablando de “Parents’ Corner” (la sección en la que Sal cuenta las desventuras de criar a tres hijos varones). El único con el que lo podría comparar para que la gente entienda es Bill Murray. Tiene ese impulso de hacer cosas, aunque sean totalmente antisociales, y siempre resultan graciosas.
¿Estás siguiendo con la tradición de hacerles bromas a tus hijos?
Obvio. Este fin de semana vamos a pegar carteles por el barrio que digan: “Se nos escapó el chimpancé” y que adviertan a la gente que no se le acerquen, pero que si lo ven, nos llamen. Los vamos a poner en los postes de teléfono del barrio. Y saqué un número de teléfono falso, así que si llaman, les va a contestar alguien.
La radio fue tu puerta de entrada al humor, ¿no?
Sí, para mí fue por ahí. El programa de radio que hacía en la secundaria, en una radio universitaria. Teníamos una banda de rap falsa, hacíamos canciones graciosas y grababa muchas llamadas telefónicas truchas. Cleto estaba estudiando piano, así que sacaba algunas melodías y les poníamos letras cómicas. Ahí pensé: “Sí, esto es lo que quiero hacer. Quiero ser como Howard Stern”. La radio sigue siendo el mejor medio. Porque no te ven y eso te da una libertad enorme. Es como cuando los actores están más cómodos con un disfraz, haciendo un personaje. En la radio podés decir lo primero que se te cruza por la cabeza, con mucha soltura.
Tus primeros años en la radio estuvieron llenos de despidos y quilombos. ¿Podés contarme alguna de las historias más delirantes?
En ese momento, cada vez que me echaban, sentía que era una injusticia tremenda. Ahora entiendo perfectamente por qué esos tipos grandes me rajaban. Yo era un pendejo insoportable que entraba y empezaba a joder directamente con ellos. Estaba convencido, equivocadamente, de que como oyente, como empleado, era divertido escuchar a un locutor reírse de su jefe.
Mi primera radio fue en Seattle. Teníamos un tipo que se llamaba Larry Sharp, que era el director de programación y también hacía el turno de la tarde. Y era lo mejor, porque como también salía al aire, los oyentes lo conocían. Cuando nos llamaba a la oficina para cagarnos a pedos, nosotros lo grabábamos a escondidas y después poníamos los audios al aire a la mañana siguiente y nos burlábamos. Le decíamos Shar-Pei, porque tenía la cara toda arrugada como el perro.
Después estaba el director de programación en Tucson, Arizona. Una vez tenía un pancho en la mano y se me ocurrió meterlo en su escritorio antes de irme. Al día siguiente su oficina estaba abierta, fui a ver si seguía ahí. No estaba en el cajón, pero sí en el tacho de basura. Así que lo saqué del tacho y lo volví a meter en el cajón. Y ahí el tipo empezó a cerrar su oficina con llave. Pero nosotros descubrimos que podíamos levantar los paneles del techo y entrar por arriba. Y cuando lo estábamos haciendo, nos caímos. Rompimos toda la oficina. Se vino abajo una estantería entera. La destruimos solo por querer volver a meter el pancho en el cajón. Y pensamos: “Listo, nos van a echar por esto”. Así que cerramos la puerta como si nada. Y cuando llegó el tipo a trabajar dijo: “¿¡Qué carajo pasó acá!?”. Y nosotros actuamos como que no sabíamos nada. Eventualmente nos echaron. Me acuerdo de que una vez el tipo dijo: “Me encanta el rock corporativo”. Y lo dijo en serio. Y yo pensé: “Qué boludo”.

Howard Stern es uno de tus ídolos y ahora es tu amigo. ¿Cómo se conocieron?
Cuando empecé en The Man Show, Comedy Central nos puso una persona de prensa. Y yo le dije que sólo quería una cosa: ya había ido al programa de Letterman, pero quería ir al de Howard Stern. Y él me dijo: “Bueno, OK”. Tardó años. Terminamos saliendo en el programa, por teléfono. Estábamos con Adam Carolla. Y Howard pareció caerle bien al aire. Después Adam empezó a reemplazar a Artie Lange. Se hicieron amigos. Y yo estaba medio celoso, porque Adam ni siquiera era tan fanático del programa.
Hasta el día de hoy lo escucho todas las mañanas. Me parece que el programa está mejor que nunca. Lo admiro muchísimo. Es uno de mis grandes amigos. Y es uno de los pocos a los que realmente puedo recurrir si necesito un consejo, porque ya pasó por todo esto y más.
Cuando criticás fuerte a Trump, sus defensores suelen sacar algún sketch viejo de The Man Show, como cuando les preguntabas a mujeres “¿Qué tengo en el bolsillo?” o las mirabas desde atrás. Te acusan de hipócrita. ¿Es válido?
Sí, es válido. Me parece gracioso, porque los que usan esos videos para mostrar que soy una basura seguramente eran los fans más grandes del programa en ese momento. El show era medio en joda. Si lo ves bien, en realidad nos estamos burlando de nosotros mismos casi todo el tiempo. No era en serio que los hombres eran superiores a las mujeres, pero para algunos sí lo era. Recién en la última temporada entendí que el corazón del programa era la amistad entre Adam y yo, la química que teníamos. Era una especie de Homero Simpson. Pero si sacás cosas de contexto y las tomás literalmente, ya fue. Así es la cosa.
Parece que cada vez se replantea más qué es aceptable en la comedia.
No me pongo límites a la hora de reírme. Pero personalmente, al ir creciendo, no hago chistes que no haría si una persona de ese grupo estuviera en la sala. Así es como lo veo. Creo que mucha de la indignación es totalmente fabricada. Mucha gente que dice estar enojada en realidad no lo está. Y creo que estos liberales que se la pasan atacando cómicos con tanta violencia son en gran parte responsables de que Trump sea presidente.
¿Cómo es eso?
Creo que en general, como seres humanos, cuando ves algo que te hace reír y ves que otros también se ríen, y alguien se mete con cara seria diciendo: “Eso no es gracioso, y te voy a explicar por qué”, no te da una buena sensación. Te dan ganas de decirle: “Aflojá un poco”. No hay blanco y negro en la comedia. No hay una línea fija. Esa línea es distinta para cada persona. Dave Chappelle puede decir cosas que otros no. No creo que nadie deba ser cancelado. En serio.
Esto no tiene que ver con la cultura de la cancelación, pero tu amigo Adam difundió mucha desinformación sobre los incendios en L.A. en enero. ¿No tuviste ganas de llamarlo y decirle algo?
Sé que es una buena persona. También sé que su casa estaba justo en el medio de esos incendios. Así que habla desde un lugar que muchos otros no conocen. También sé que tiene ideas preconcebidas —ciertas o no— sobre quiénes manejan esta ciudad y este estado. No soy de cortar una relación sólo porque no pensamos igual. Eso no quiere decir que no vaya a tratar de explicarle mi punto de vista. No voy a cortar con él por eso. Conozco gente que sí lo hace y lo respeto, entiendo que para algunos es difícil. Pero si dejamos de hablar entre nosotros, no hay esperanza. Cuando tenés un vínculo profundo con alguien, no podés simplemente cortarlo.
Desde tu mamá hasta tu esposa Molly, que es la jefa de guionistas de tu programa, las mujeres tienen un rol importante en tu humor, lo que podría parecer raro para un tipo que se hizo famoso con The Man Show.
Uno se rodea de lo que le resulta familiar. Mi mamá era la más graciosa de su enorme secundaria en Brooklyn. Mi tía Chippy, como sabés, es muy, muy graciosa. Mi hermana es comediante. Hay muchas mujeres graciosas en mi familia. Es con lo que me siento cómodo. Nunca podría estar con una mujer que no sea divertida. Y creo que una mujer sin humor tampoco se sentiría atraída por mí. Mi esposa es muy inteligente, muy ética y también muy graciosa. Una combinación rara. Poder tirarle esas ideas medio flojas que se me ocurren para ver si funcionan, y que ella me tire las suyas, es un lujo. Y seguro que abuso de eso. Hay veces que hago ruido para despertarla porque se me ocurrió algo gracioso y no puedo esperar. Como un nene. Pero también hay límites. Hace poco le cambié la patente del auto a una que dice “WE B JAMMIN”, y no le encantó.
Hace años que se habla de la decadencia de los late night. CBS acaba de cancelar After Midnight. ¿Cómo ves el panorama?
ABC me paga, así que en un mundo ideal todos mirarían mi programa por ABC. Pero no funciona así. Es muy fácil verlo en YouTube. Hoy podés ver lo que sea en cualquier momento y me doy cuenta de que la mayoría de la gente ve mi programa al día siguiente. Pero si contás YouTube y todos los programas, nos ve más gente que nunca. Y eso es todo lo que quiere cualquier comediante.
En los últimos años hablaste de retirarte. ¿Lo seguís pensando?
Me di cuenta de que no tiene sentido hablar de eso. A la gente con la que trabajo le hace mal.
Hice una nota con Tom Petty en su última gira. Tocaba dos horas increíbles y necesitaba 46 para recuperarse. Me dijo que parte del motivo por el que seguía era que mucha gente dependía de él. ¿Vos sentís eso también?
Sí, totalmente. Es una gran parte de la responsabilidad. Mucha gente se quedaría sin trabajo si me retiro. Eso pesa. Pero también sé que no voy a hacer esto para siempre. En algún momento va a tener que terminar. También sé que ninguno de los que trabajan acá me guardaría rencor si me retiro. Saben que cuando me vaya es porque siento que ya lo hice todo lo que podía. Pero siempre te sentís como el director de orquesta, y cuando parás, todos tienen que salir a buscar otro trabajo.
Sos muy emocional al aire, ya sea hablando de tu hijo o en tu monólogo después de que Trump fuera reelegido. ¿Siempre fuiste así?
Lloré en el último Man Show, lo cual es medio gracioso. Me cuesta mucho contener las emociones. Mi papá es igual. Y, sinceramente, me da vergüenza. Muchas de las mujeres que trabajan acá me dicen: “Está bueno, muestra un buen lado tuyo”. Pero si pudiera apagarlo, lo haría. Trato de conectar estos eventos con personas reales, y eso hice después de la elección. Sé cuánta miseria le espera a mucha gente, y cuán innecesaria es. Ya teníamos muchos problemas. El hecho de que hayamos generado una nueva tanda de problemas me deprime. Me abruma. Me pega fuerte.


