David Lebón y Pedro Aznar miran a la multitud, todo parece dispuesto para el comienzo del homenaje a Seru Giran en la segunda jornada del Quilmes Rock. La señal de ajuste es la introducción coral de “La grasa de las capitales”, un registro de 1979 que funciona como un eficaz túnel del tiempo a los años más oscuro de la historia argentina. “¿Qué importan ya tus ideales? ¿Qué importa tu canción? La grasa de las capitales cubre tu corazón”, dice la letra inspirada en el desprecio a la gente careta y el “no se banca más”, que movía a la canción, tenía en su momento varias capas de lectura. La elección del breve fragmento que abría el segundo álbum de Seru es toda una declaración de principios, porque la canción, como el disco, significó una radiografía de época y también un tester para medir el estado de ánimo de esos tipos que vivían en peligro al igual que todos los que escuchaban sus canciones, tablas de salvación en un naufragio que duró siete años.
El redoble infernal de Matías Pabagh en sintonía con las notas de bajo que dispara Aznar vuelve la atención sobre el escenario. Suena “Autos, jets, aviones, barcos”, una batucada progresiva incluida en el disco debut de la superbanda que pergeñó Charly García en las playas de Búzios. El arranque es contundente y no importa si Lebón llega tarde al micrófono, es rock argentino en estado puro, el mismo que educó a varias generaciones de los músicos que integran la grilla del megafestival. “Para Carlitos y para Moro”, dice Lebón en clara alusión a las ausencias de la noche. Casi como un director de orquesta, Aznar sostiene el reencuentro, toma la voz para “Canción de Alicia en el país” y hasta interviene la letra con un cambio sustantivo: “Los inocentes son los culpables, dice su señoría, la policía”. Mientras tanto, en las pantallas aparece la mítica foto de Rubén Andón en donde los Seru tienen sus bocas selladas por cintas adhesivas, la secuencia animada continúa con una gota de sangre que cubre el registro fotográfico.

La mayoría del público que colmó la parte delantera del escenario no había nacido cuando Seru Giran regresó en 1992, más atrás y en franca minoría comparten emociones los que vivieron la edad de oro de los Fab Four argentinos (1978-1982). Desde el sector que mira el frente del escenario se escucha “Milei, basura, vos sos la dictadura” y Lebón los frena con una frase paternal: “ya está, ya pasó”. Acto seguido, la magnitud de “Frecuencia modulada” retoma el hilo conceptual de La grasa… -una muestra al estilo Steely Dan- donde se destaca la banda que acompaña al tándem Lebón-Aznar, especialmente en la difícil tarea de suplantar a García, a cargo de los tecladistas Federico Arreseygor y Leandro Bulacio.
El homenaje baja los decibeles con “Nos veremos otra vez”, una balada romántica que Lebón interpreta con profunda emoción, el tema forma parte del disco del regreso, Serú ’92, sin duda la nota menor de una discografía imbatible, canción que alcanzó una inusitada popularidad al ser incluida en uno de los capítulos de la novela Casi ángeles. La marca Beatle de “Si me das tu amor” es otro buen momento de banda exacta y excelencia Aznar. “Noche de perros” viaja nuevamente a las memorias del país de las tinieblas, Lebón brilla recreando uno de sus solos legendarios. Luego, otra alusión al opus final de Seru con una bellísima interpretación de Sandra Mihanovich en “A cada hombre, a cada mujer”. La lista de invitados sumó a Dante Spinetta en guitarra con un solo efectivo para “Mundo agradable”, aquella canción que utilizó Alejandro Romay junto a todos los artistas de Canal 9 en una bizarra celebración de fin de año.

En el vaivén de recuerdos, sorpresas y fibras que se mueven sin pedir permiso, la presencia de Juanito Moro, para tomar en lugar de su padre en la batería, marcó otra cima emocional: “Cuánto tiempo más llevará” y la sonrisa plena del baterista -que un rato después acompañó el final del tremendo show que ofrecieron los Los Fabulosos Cadillacs-, comenzaron a cerrar una presentación a la que tal vez le faltaron algunas canciones cercanas al Mondo García más profundo.
La selección también responde a las decisiones estéticas que tomaron Lebón y Aznar a la hora de llevar adelante esta tarea titánica. El cierre con Trueno agradeciendo a los padres fundadores y rapeando versos propios en una versión modelo 2025 de “No llores por mí, Argentina” generó un puente generacional impensado, gesto necesario para reactivar lemas antiguos como aquel “convivencia sagrada”, calco que ilustraba los discos en la década del ‘70. La despedida con “Seminare”, casi una hermana menor de “Muchacha (ojos de papel)”, completó el viaje a los libros de la buena memoria de nuestro rock.


