El 19 de diciembre de 1974, el fotógrafo estadounidense Peter Hujar (Ben Whishaw) visitó el apartamento neoyorquino de su amiga, la escritora Linda Rosenkrantz (Rebecca Hall), para contarle todo lo que había hecho durante el día anterior. La propuesta formaba parte de un experimento literario en el que Rosenkrantz pretendía registrar la cotidianidad de diferentes artistas, sin importar lo insignificantes que pudieran parecer sus actividades.
Durante la conversación, Hujar habló de sus problemas económicos, sus encargos profesionales, sus amistades, sus preocupaciones personales y las pequeñas distracciones que habían ocupado sus horas. La grabación original terminó perdiéndose, pero sobrevivió una transcripción que décadas después sería publicada como libro y que ahora sirve de fundamento para una película construida alrededor de dos personas que conversan durante poco más de una hora. Parece una propuesta destinada a poner a prueba la paciencia del espectador, pero termina convirtiéndose en una experiencia cinematográfica fascinante.
Ira Sachs pertenece a una tradición de cineastas interesados en observar a sus personajes durante momentos específicos de sus vidas, sin someterlos necesariamente a las exigencias de una estructura dramática convencional. Su cine tiene puntos de encuentro con el de Richard Linklater, especialmente con Slacker (1990), Waking Life (2001) y la trilogía iniciada por Before Sunrise (1995), donde las conversaciones permiten descubrir progresivamente la personalidad, los deseos y las contradicciones de quienes participan en ellas.
En películas como Keep the Lights On (2012), Love Is Strange (2014) y Passages (2023), Sachs ha explorado las relaciones afectivas, la sexualidad y las dificultades de comunicación entre personas que muchas veces ni siquiera comprenden completamente sus propias emociones. Aquí lleva esa sensibilidad hacia un territorio todavía más radical, porque prácticamente renuncia al conflicto dramático para entregarle todo el protagonismo al don de la palabra.
Peter Hujar’s Day es una película-charla, una película-entrevista o, más exactamente, la recreación cinematográfica de una entrevista que jamás estuvo concebida para convertirse en una película. Linda pregunta, Peter responde, ambos se interrumpen, cambian de tema, recuerdan anécdotas y permiten que la conversación encuentre su propio camino. Sachs reproduce la transcripción original sin intentar convertirla artificialmente en un relato de grandes revelaciones. El resultado posee la espontaneidad de una charla entre amigos, aunque detrás de esa aparente sencillez exista un trabajo extraordinariamente preciso de dirección, interpretación y puesta en escena.
Peter Hujar fue uno de los fotógrafos más importantes de la escena artística neoyorquina de los años setenta y ochenta, particularmente por sus retratos de artistas, escritores y figuras vinculadas con la cultura homosexual de la ciudad. Su obra estuvo relacionada con un ambiente creativo en el que también se encontraban Andy Warhol y Robert Mapplethorpe, aunque su reconocimiento más amplio llegaría después de su muerte por complicaciones relacionadas con el sida en 1987. La película nos permite conocerlo cuando todavía intenta abrirse camino profesionalmente, preocupado por conseguir encargos, pagar sus cuentas y encontrar el tiempo necesario para desarrollar una obra personal.
Ben Whishaw, a quien muchos espectadores conocen por prestar su voz al entrañable oso Paddington, ofrece aquí una interpretación extraordinaria. El actor encarna a Hujar como un hombre inteligente, irónico, disperso y ocasionalmente mentiroso e inseguro, capaz de hablar durante varios minutos sobre una cuestión aparentemente insignificante antes de descubrir que estaba intentando expresar algo mucho más profundo. El actor reproduce las vacilaciones, los cambios de dirección y las asociaciones espontáneas del pensamiento con una naturalidad admirable. Nunca parece estar recitando un texto previamente escrito, aunque prácticamente cada palabra procede de la transcripción original.
Entre los episodios que recuerda aparece un encargo de The New York Times para fotografiar al poeta Allen Ginsberg. La experiencia termina siendo bastante más complicada de lo esperado porque Ginsberg, figura fundamental de la generación beat, parece interesado en cualquier cosa menos en facilitarle el trabajo al fotógrafo. Durante la sesión adopta una postura de meditación y comienza a cantar, mientras Hujar intenta encontrar la manera de conseguir una imagen satisfactoria. El relato se vuelve especialmente divertido cuando el poeta le aconseja recurrir a favores sexuales si necesita convencer a William S. Burroughs de posar para él. La anécdota ofrece una mirada irreverente sobre personajes que hoy ocupan un lugar casi sagrado dentro de la historia cultural estadounidense.
También aparecen en la conversación nombres como Susan Sontag, Fran Lebowitz, Vince Aletti y Richard Avedon, figuras que formaban parte del extraordinario ecosistema artístico de Nueva York. Sin embargo, Sachs evita transformar la película en un desfile nostálgico de celebridades. Los nombres surgen como parte natural de la vida cotidiana de Hujar, quien habla de ellos con la familiaridad de alguien que todavía no sabe cuáles serán sus lugares definitivos dentro de la historia. Esa perspectiva resulta especialmente valiosa porque nos permite contemplar una época antes de que sus protagonistas se convirtieran en figuras de culto.
Rebecca Hall realiza un trabajo igualmente notable como Linda Rosenkrantz, aunque su personaje dispone de muchas menos palabras. Su interpretación demuestra que escuchar también constituye una forma de actuar. Linda observa, pregunta, sonríe y detecta contradicciones que Hujar parece pasar por alto. En ocasiones sus intervenciones son apenas pequeñas provocaciones destinadas a llevarlo hacia territorios personales que probablemente habría evitado por iniciativa propia. La relación entre ambos revela una intimidad construida alrededor de la curiosidad y la confianza, donde las preguntas funcionan como una invitación a conocerse mejor.
Sachs comprende que una conversación puede contener toda la complejidad de una existencia cuando se presta atención a sus detalles. Hujar habla de sus interminables cigarrillos, de las siestas que necesita para combatir el cansancio, de sus problemas de alimentación y de la dificultad de encontrar tiempo para trabajar. También comenta sus inseguridades profesionales y su tendencia a compararse con fotógrafos que disfrutan de mayor reconocimiento. Poco a poco descubrimos a un artista dividido entre la necesidad de sobrevivir económicamente y el deseo de dedicar su vida a aquello que verdaderamente le importa.
Una de las reflexiones más hermosas aparece cuando Hujar comprende que la creación artística requiere tiempo. Tiempo para observar, pensar, equivocarse y descubrir aquello que merece ser fotografiado. En una sociedad que suele medir el valor de las personas mediante su productividad, semejante afirmación adquiere una relevancia extraordinaria. El arte necesita espacios aparentemente improductivos, momentos de contemplación que difícilmente pueden justificarse mediante criterios económicos. Sachs convierte esa reflexión en una declaración sobre su propia película, que se toma el tiempo necesario para escuchar a dos personas sin exigirles que sus palabras conduzcan inmediatamente hacia algún acontecimiento extraordinario.
La fotografía de Alex Ashe, realizada en formato de 16 milímetros, contribuye decisivamente a recrear la atmósfera de los años setenta. La textura granulada de las imágenes, la iluminación natural y las composiciones cuidadosamente organizadas evocan el cine independiente de aquella época, pero también establecen un diálogo con la sensibilidad fotográfica del propio Hujar. La cámara se desplaza entre distintas habitaciones del apartamento, observa a los personajes mientras fuman, conversan, descansan o se asoman a la azotea, y encuentra continuamente nuevas posibilidades expresivas dentro de un espacio aparentemente limitado.
El resultado recuerda por momentos a My Dinner with André (1981), de Louis Malle, otra película que convirtió una larga conversación en materia cinematográfica. Sin embargo, mientras aquella obra utilizaba el intercambio de ideas para explorar cuestiones filosóficas y existenciales, Peter Hujar’s Day encuentra su profundidad en las circunstancias más ordinarias de una vida. Los comentarios sobre el precio de los cigarrillos y el paté de hígado, las llamadas telefónicas o las tareas domésticas adquieren una importancia inesperada porque nos permiten reconstruir una época desde la experiencia de quienes la habitaron.
Sachs consigue además que el apartamento se transforme progresivamente con el paso de las horas. La luz cambia, los personajes se desplazan y la conversación atraviesa distintos estados de ánimo. La película comienza con una curiosidad casi documental y termina adquiriendo una cualidad melancólica, como si fuéramos conscientes de que estamos observando algo que ya desapareció. Sabemos que Hujar morirá relativamente joven y que buena parte de aquel universo artístico será devastado por la epidemia del sida. Esa información histórica acompaña silenciosamente las imágenes, aunque el director jamás necesite utilizarla para provocar sentimentalismo.
Hay algo profundamente conmovedor en contemplar a un hombre que habla de su vida sin imaginar que sus palabras serán escuchadas medio siglo después. Hujar desconoce el destino de su obra, el reconocimiento que llegará después de su muerte y las transformaciones que experimentará la ciudad donde vive. Lo único que posee es el presente, con sus preocupaciones económicas, sus amistades y sus pequeñas alegrías. La película consigue preservar ese instante sin convertirlo en una reliquia.
También resulta interesante la relación que establece entre la fotografía y el cine. Hujar intentaba capturar mediante sus retratos algo esencial de las personas que tenía frente a su cámara. Sachs realiza un ejercicio semejante utilizando el movimiento, la duración y las palabras. El director parece preguntarse cuánto podemos conocer de alguien simplemente escuchándolo hablar sobre un día cualquiera. La respuesta surge gradualmente, a través de las contradicciones entre lo que Hujar dice, lo que calla y aquello que descubrimos observando su comportamiento.
La decisión de prescindir de una trama convencional constituye, por supuesto, un riesgo considerable. Una película construida casi exclusivamente sobre una conversación puede terminar convertida en teatro fotografiado o en un experimento destinado únicamente a los admiradores del artista retratado. Sachs evita ambas posibilidades gracias a su comprensión del ritmo cinematográfico y a la extraordinaria complicidad entre sus protagonistas. Los desplazamientos, silencios, cortes y cambios de encuadre contribuyen a renovar nuestra relación con lo que estamos escuchando. La puesta en escena encuentra movimiento incluso cuando aparentemente no sucede nada.
Quizás lo más hermoso de Peter Hujar’s Day sea su capacidad para descubrir momentos casi sagrados dentro de una experiencia completamente cotidiana. Una pregunta formulada con curiosidad, una confesión inesperada o una pausa antes de responder pueden adquirir una intensidad emocional que muchas películas intentan alcanzar mediante conflictos mucho más aparatosos. Sachs encuentra poesía allí donde otros cineastas apenas encontrarían material para una anécdota.
La película también nos recuerda que buena parte de nuestra existencia transcurre en situaciones que nunca consideramos dignas de ser recordadas. Hablamos con amigos, hacemos llamadas, trabajamos, comemos, descansamos y volvemos a empezar al día siguiente. Solamente cuando el tiempo ha pasado comprendemos que aquellos momentos aparentemente triviales contenían buena parte de lo que fuimos. La conversación entre Hujar y Rosenkrantz adquiere entonces una dimensión universal porque conserva algo que normalmente desaparece sin dejar huella: la textura irrepetible de un día cualquiera.
Con apenas 76 minutos de duración, Peter Hujar’s Day demuestra que el cine puede alcanzar una extraordinaria profundidad sin recurrir a grandes acontecimientos ni complejas estructuras dramáticas. Ira Sachs ha realizado una película diferente, arriesgada y admirablemente sencilla, sostenida por dos interpretaciones magníficas y una puesta en escena que convierte el acto de escuchar en una experiencia estética. En tiempos dominados por la velocidad, la distracción y la necesidad permanente de producir imágenes, su película reivindica el valor de detenerse frente a otra persona y prestar atención.
Quizás esa sea también una de las grandes funciones del arte. Permitirnos reconocer lo extraordinario que se esconde en aquello que damos por sentado. Peter Hujar dedicó su vida a fotografiar personas, animales y espacios que otros habrían pasado por alto. Ira Sachs le rinde homenaje utilizando el mismo principio: observar con suficiente paciencia hasta descubrir que incluso el más insignificante de nuestros días puede contener una vida entera.


