Meteorito es una ópera prima que se resiste a quedarse en un solo registro. La primera cinta de ficción de Sebastián Múnera avanza entre lo erótico y lo tanático, entre lo canónico y lo meditativo, entre el realismo más árido y el sueño más turbio, y en ese vaivén termina por desdibujar la frontera entre cine argumental y cine experimental, del mismo modo en que buena parte del cine colombiano reciente ha intentado disolver los límites entre argumental y documental.
Tefa (Luna Gaviria) y Nía (Ángela Cano) son vecinas de un pueblo ribereño del Magdalena Medio que crecen casi como hermanas y comparten la crianza de Kevin (Jesús Gutiérrez), el sobrino de Nía. Cuando Nía le propone a Tefa un plan para ganar dinero contrabandeando celulares haciendo visitas conyugales en la cárcel El Pesebre, con la promesa de después recorrer juntas el parque temático Hacienda Nápoles, la aventura arranca con la textura de una road movie de amigas. Pero la película sabe, desde el primer minuto, que ese territorio no perdona. La cárcel y el parque conviven a pocos metros el uno del otro, construidos sobre las ruinas de la hacienda de un narcotraficante, y esa vecindad geográfica funciona como metáfora de un país que convierte el horror en atracción turística.
La primera mitad del filme se sostiene en un naturalismo pegado al cuerpo con el calor, el sudor, las requisas, el contrabando de un teléfono introducido en el cuerpo como gesto de comunicación con el afuera. La representación de la desnudez, tanto femenina como masculina, no busca el morbo sino exhibir el cuerpo como territorio público, en diálogo directo con la manera en que el parque y la cárcel administran la intimidad de sus visitantes.
Ahí reside buena parte de la fuerza actoral de Luna Gaviria, quien construye a Tefa con una timidez que se resquebraja poco a poco. A su lado, Ángela Cano le da a Nía una temperatura distinta. El deseo, el riesgo y una alegría que aparenta fortaleza pero que se sabe frágil desde el principio. La complicidad entre ambas, se nota en cada gesto y explica por qué la amistad con tintes homoeróticos, más que el romance carcelario, termina siendo el verdadero corazón emocional de la historia. El quiebre llega en la segunda parte, cuando la muerte desplaza el relato hacia el terreno del sueño.
La fotografía de Arlene Müller (Ride Or Die), aprovecha la luz natural del Magdalena Medio para narrar la parte naturalista, y reserva los virajes hacia tonos rojizos, casi de cuarto oscuro, para el tramo alucinado, como si la memoria estuviera revelándose frente a nuestros ojos. Es una decisión formal coherente con la ambición del proyecto. Múnera no solo firma un largometraje, sino que lo concibe como el núcleo de un trabajo expandido, con instalaciones y archivos sobre el instinto y la vigilancia, y esa vocación de artista visual, evidente en su documental previo La torre, se nota en cada plano.
Más allá de las largas escenas explícitas de sexo, filmadas en planos secuencia y que llegan a doler, se le puede reprochar a Meteorito que su abstracción onírica exige del espectador una entrega casi total, dispuesta a sacrificar claridad narrativa por densidad simbólica. Pero es precisamente ahí donde la película se vuelve más honesta con su propia tesis. No hay otra manera de contar la amistad entre Tefa y Nía, ni el territorio que las formó, sin que el registro contemplativo, el ensayo visual y la ficción más pura terminen fundiéndose en un mismo cuerpo de imágenes.
Que la película llegue a su estreno mundial en la Settimana della Critica de Venecia, tras pasar por los work in progress de Cartagena y Málaga, confirma que ese riesgo formal ya empieza a encontrar eco fuera de Colombia. Meteorito no es una película sobre un parque de diversiones construido sobre las ruinas del narcotráfico; es, más bien, un ejercicio de arqueología emocional que convierte esas ruinas en el escenario de un duelo, y que deja al espectador con la sensación de haber presenciado algo tan íntimo como inclasificable.


