“Quiere volar, quiere volar”, gritó la afición mexicana, y la Selección abrió las alas para llegar más alto de lo que muchos imaginaban. No creíamos mucho en ellos, pero nos sorprendieron. Sí, otra vez nos quedamos en octavos, pero esta vez hubo algo distinto. Al fin pudimos vivir cinco partidos. México tuvo una participación histórica, dejó recuerdos que se van a quedar guardados por mucho tiempo, pasó una eternidad sin recibir gol y ganó todos sus partidos hasta que llegó el último golpe. Fue un golpe fuerte, de esos que duelen y tardan en sanar, pero no caímos por knockout. México no se fue sin una pelea digna.
El mundial nos recordó que somos más los buenos que los malos. Son más los que se unen para señalar a quien lanza cerveza a otros aficionados en el estadio que quienes lamentablemente lo hacen. Son más los que abrazan, los que cantan, los que celebran con desconocidos, los que hacen de un partido una fiesta. Hace mucho que no nos ilusionábamos todos juntos de una manera tan bonita. Hacía mucho que no nos atrevíamos a preguntar: ¿y sí sí?
El mundial acercó a personas que nunca habían sentido la pasión por el futbol y que, por primera vez, entendieron lo que significa vivirlo así. Gente que quizá no creció esperando un partido o gritando un gol, pero que en estos días pudo entender un poco mejor a quienes cargan esa emoción desde niños. Por unos días, el futbol dejó de ser solo de los futboleros y se volvió de todos.
Algunos momentos nos hicieron derramar lágrimas al mismo tiempo. Ver a Guillermo Ochoa jugar una vez más con la Selección en el Azteca, el estadio en el que debutó, fue un momento emotivo para muchos. Después de tantos años y tantos momentos en los que agradecimos tenerlo en el arco durante los mundiales, como cuando nos salvó contra el poder de Brasil o cuando le atajó un penal a Lewandowski.
Esta Selección volvió a reunir a grupos de amigos que ya no se juntaban como antes. Los partidos fueron la excusa para volver a verse. Sacó a millones de personas a bailar a la calle, nos hizo gritar goles, abrazar extraños (y lanzarlos al aire) y sentir que, por un momento, todos estábamos de acuerdo en algo. Nos unió en un rugido que no sonó solamente en el Estadio Ciudad de México (sigámoslo llamando Azteca), sino en todo el país. También nos unió en el duelo por las personas que perdieron la vida durante los festejos. Hay que decirlo. Esta justa mundialista también mostró un lado oscuro de esa pasión mexicana que, a veces, no viene acompañada de razón ni cuidado.
En lo futbolístico, México encontró algo que no tenía desde hace tiempo: un futuro. Con Rafa Márquez al mando, emociona imaginar lo que puede venir para una Selección que se siente más unida que nunca. Se les ve riendo, jugando juntos, dando vueltas agarrados de las manos como niños chiquitos, disfrutando el proceso. Y eso también se nota en la cancha. Ilusiona pensar en la evolución de este equipo y en lo que puede pasar con varios de sus jugadores. Morita, por ejemplo, tiene todo para convertirse en uno de los grandes ídolos del futbol mexicano.
También nos recordó que un mexicano nace donde quiere. Quiñones llegó a esta Selección cargando dudas, críticas y preguntas sobre su lugar después de naturalizarse mexicano, pero terminó respondiendo en la cancha. Sus goles lo pusieron en la historia como uno de los grandes anotadores mexicanos en Mundiales, pero su determinación demostró que es más mexicano que el mole. Hizo que muchos de los que cuestionaron su llamado tuvieran que arrepentirse, retractarse y aceptar que también se puede defender una camiseta con amor aunque no se haya nacido con ella.
Además recordamos y demostramos que podemos ser grandes anfitriones. Que podemos recibir a personas de todas las nacionalidades y volverlas un poco mexicanas con un abrazo, una risa, una canción o lanzándolos al aire (una práctica algo arriesgada).
La emoción nos unió cantando ‘Hasta que te conocí‘ de Juan Gabriel y ‘Aquí no es así‘ de Caifanes. No dudo que, dentro de unos años, cuando vuelvan a sonar esas canciones, se nos va a enchinar la piel pensando en estos días.
México quería volar y así lo hizo. Y aunque volvió al piso antes de lo que queríamos, no lo hizo de golpe, lo hizo cayendo con estilo y dignidad. Nos vamos con la cabeza en alto. Nos vamos con memorias, con orgullo y con una mirada brillante hacia lo que viene como país, como Selección y como una sociedad que, por unos días, volvió a sentirse unida.


