Crítica: Zona de riesgo (Fuze)

Todo gran robo necesita un buen plan; las mejores películas de robos necesitan, además, de estilo y personalidad

David Mackenzie 

/ Aaron Taylor-Johnson, Theo James, Gugu Mbatha-Raw, Sam Worthington

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de Diamond

Michael Mann, Steven Soderbergh y Guy Ritchie cambiaron para siempre el cine británico de gánsteres, robos y estafas. Con Heat, Ocean’s Eleven y Snatch, el género dejó de depender únicamente de la tensión para incorporar humor negro, narraciones fragmentadas, personajes extravagantes y una energía visual que convirtió cada robo en un espectáculo de estilo. Fuze demuestra hasta qué punto ese legado sigue marcando el cine criminal británico, pero también evidencia lo difícil que resulta alcanzar esa misma combinación de ingenio, estilo y personalidad.

Hay que reconocer que la premisa es ingeniosa. Durante unas excavaciones en el centro de Londres aparece una bomba alemana sin explotar desde la Segunda Guerra Mundial. La evacuación de varias calles paraliza la ciudad y obliga a desplegar un enorme operativo militar y policial. Lo que nadie imagina es que el hallazgo forma parte del escenario perfecto para ejecutar un sofisticado robo bancario mientras toda la atención está concentrada en evitar una explosión.

Ben Hopkins construye un guion que entiende una de las reglas esenciales del cine de atracos: el espectador nunca debe conocer el verdadero plan. Cada nueva revelación obliga a reinterpretar la anterior y convierte la película en un rompecabezas donde las piezas parecen dispersas hasta que finalmente encajan. La historia juega constantemente con nuestra percepción y, a diferencia de muchos thrillers contemporáneos, rara vez recurre a trampas narrativas. Las respuestas siempre estuvieron ahí; simplemente no sabíamos dónde mirar.

Mackenzie, el autor de esa obra maestra que combinó el neo-noir con el western crepuscular conocida como Hell Or High Water, administra ese mecanismo con notable precisión. El montaje alterna entre los especialistas que intentan desactivar la bomba, los mandos policiales que coordinan la evacuación y el grupo criminal que aprovecha el caos para ejecutar el golpe. La tensión crece de manera progresiva y los noventa y ocho minutos de duración impiden que la película pierda impulso.

Sin embargo, existe una diferencia enorme entre construir un mecanismo eficiente y convertirlo en una experiencia memorable. Ahí es donde aparece la principal limitación de Fuze. Mackenzie demuestra experticia en el oficio, pero en esta cinta pocas veces consigue imprimir una identidad visual propia. Las persecuciones, los enfrentamientos y las escenas de acción cumplen su función narrativa, aunque rara vez producen esa descarga de adrenalina que la premisa promete. Todo está correctamente ejecutado, pero pocas secuencias poseen la inventiva suficiente para permanecer en la memoria una vez termina la película.

La comparación con Guy Ritchie resulta inevitable, no porque ambos directores hagan el mismo cine o por su cuidadosa selección de la banda sonora, sino porque Fuze parece moverse constantemente dentro de un territorio que él ayudó a definir. Donde Ritchie encontraría ritmo, insolencia, inteligencia y exuberancia, Mackenzie privilegia la claridad y la eficiencia. El resultado es un thriller sólido, agreste y con espíritu punk, aunque mucho menos vibrante de lo que podría haber sido.

El reparto también contribuye a mantener el interés (por lo menos para el público con ojo para la sexualidad masculina). Aaron Taylor-Johnson interpreta al mayor Will Trantor como un galán con la serenidad de alguien acostumbrado a trabajar bajo presión. Theo James, el protagonista de la estupenda serie The Gentlemen de Ritchie, vuelve a demostrar el magnetismo que lo ha convertido en uno de los actores británicos más interesantes de su generación, mientras Sam Worthington encuentra el tono adecuado para un personaje cuya verdadera importancia dentro del plan se revela gradualmente. Por el lado femenino, Gugu Mbatha-Raw, aporta la meticulosidad y la autoridad necesaria como la superintendente encargada del operativo policial.

El guion reserva varios giros que funcionan porque modifican nuestra lectura de los acontecimientos sin sentirse arbitrarios. No todos tienen el mismo impacto. Hacia el desenlace, la película parece obsesionarse con demostrar la sofisticación de su arquitectura narrativa mediante explicaciones retrospectivas que añaden más complejidad que emoción. Lo que hasta entonces era un elegante juego de ingenio pierde parte de su fuerza cuando insiste en explicar demasiado.

Aun así, Fuze confirma que el thriller británico sigue encontrando maneras de reinventar la fórmula. La película posee una idea brillante, un reparto sólido y una estructura capaz de mantener el interés hasta el final. Lo único que le falta es aquello que distingue a las grandes películas de atracos de las simplemente buenas: Una personalidad tan explosiva como la bomba alrededor de la cual gira toda la historia. Es más pizza y cervezas que caviar y vodka.

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