A pocos meses del inicio de la Copa Mundial de la FIFA, la participación de la selección de Irán no estaba del todo definida. “No hay condiciones que nos permitan participar”, dijo el ministro de Deportes de Irán, Ahmad Donyamali.
Pese a esas declaraciones y a las múltiples especulaciones en torno a la presencia de Irán en la Copa Mundial, la selección terminó asistiendo a la cita mundialista. Sin embargo, vale la pena destacar las injusticias deportivas, administrativas y los actos de exclusión que sufrió durante el certamen, los cuales terminaron desembocando en su eliminación y en una sentida carta dirigida a la FIFA.
Dejando de lado lo sucedido durante la guerra, la Federación de Fútbol de Irán decidió priorizar el espíritu deportivo y asistir al torneo. Lo que encontró, sin embargo, fueron las puertas cerradas de un país con el poder económico para organizar un evento de semejante magnitud, pero con una postura antideportiva y antihumanitaria.
Los tres encuentros de Irán frente a Nueva Zelanda, Bélgica y Egipto fueron programados en Estados Unidos: los dos primeros en Los Ángeles y el tercero en Seattle. Como es habitual, las selecciones participantes establecen una base de operaciones cerca de la ciudad donde disputarán la mayor cantidad de partidos. Pero fue precisamente allí donde comenzaron los obstáculos para el conjunto iraní.
A buena parte del cuerpo técnico y administrativo de la selección se le negó la visa para ingresar al país anfitrión de sus partidos. Esto no solo generó malestar dentro de la delegación, sino que también representó una evidente desventaja deportiva.
¿Cómo iba a jugar en Estados Unidos una selección que ni siquiera podía ingresar libremente a ese país? La delegación iraní se vio obligada a instalar su base de concentración en Tijuana, México, donde todos sus integrantes fueron recibidos sin inconvenientes. Mientras tanto, la FIFA hizo muy poco al respecto y permitió que las decisiones de un gobierno terminaran imponiéndose sobre la equidad de su propio torneo.
Irán únicamente tenía permitido ingresar a Estados Unidos un día antes de cada partido y debía abandonar el país inmediatamente después del pitazo final. No había posibilidad de recuperación ni de preparación adecuada entre encuentros. Con partidos cada cinco días y vuelos de aproximadamente dos horas que, sumados a los controles migratorios y los desplazamientos terrestres, fácilmente duplicaban ese tiempo, la selección debía viajar prácticamente de inmediato después de cada compromiso. Se trataba de una clara desventaja competitiva frente a sus rivales y, además, de un mensaje xenófobo igualmente evidente: Irán no era bienvenido en Estados Unidos y la Copa Mundial de la FIFA, en la práctica, no estaba reuniendo a todo el mundo en igualdad de condiciones.
Tras empatar sus tres partidos frente a Nueva Zelanda, Bélgica y Egipto, Irán quedó eliminado del torneo. Quedó entonces una pregunta imposible de responder: si hubiera competido en igualdad de condiciones, con el descanso y la logística que tuvieron sus rivales, ¿habría llegado más lejos? Nunca lo sabremos.
“Nos demostraron que organizar una Copa Mundial de la FIFA es mucho más que estadios y boletos. La verdadera organización se basa en el respeto, la humanidad y la dignidad. Nunca olvidaremos la amabilidad de la gente de Tijuana. A partir de hoy, México siempre será más que un país anfitrión para nosotros; será nuestro segundo hogar y nuestro segundo equipo”, expresó la delegación iraní al despedirse de México como muestra de gratitud.
Pero también aprovechó la ocasión para dejar constancia de las injusticias que marcaron su participación: “Nos vamos de este Mundial con orgullo, pero también con una pregunta fundamental: ¿compitieron realmente todos los equipos en condiciones de igualdad y con los mismos estándares profesionales? Lo que vivimos fue una serie de decisiones, disposiciones logísticas y circunstancias que socavan el sentido de la equidad. Para nosotros, el juego limpio no es un eslogan impreso en vallas publicitarias; es la identidad misma del fútbol. Sin embargo, este torneo nos recordó que aún existe una distancia significativa entre las palabras inspiradoras y las acciones significativas”, concluyeron.
Y ahí no terminaron las críticas, ampliamente fundamentadas. El capitán y máxima figura de la selección iraní, Taremi, quien ha jugado en importantes equipos europeos como el Inter de Milán, también expresó su desacuerdo con el actuar tanto de la FIFA como de Estados Unidos: “Esta es una Copa del Mundo desastrosa. Como jugadores profesionales no podemos disputar una competición en estas condiciones; no está bien ni es justo”. Y añadió: “Han hecho todo lo posible para eliminarnos. Entonces, desde nuestra perspectiva, sí, creo que lo quieren así; nos quieren afuera”.
En definitiva, Irán disputó el torneo en una evidente desventaja deportiva, condicionada por decisiones de carácter político y por una gestión insuficiente —prácticamente inexistente— de una organización cuyo principal objetivo, al menos en el discurso, es reunir al mundo a través del fútbol.


