Crítica: Zootopia 2

En Zootopia 2, una ciudad de mamíferos vuelve a abrir sus grietas y revela algo más oscuro bajo su superficie brillante.

Jared Bush, Byron Howard 

/ Con las voces de Ginnifer Goodwin, Jason Bateman, Ke Huy Quan, Fortune Feimster, Idris Elba, Shakira, Andy Samberg, Patrick Warburton, Danny Trejo

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de Cinecolor

Zootopia fue un golpe inesperado en 2016 porque usó el lenguaje brillante y frenético del cine animado infantil para hablar de miedo, prejuicio y convivencia. La nueva película entiende que si se quiere respetar al público no se puede repetir la fórmula, por lo menos no del todo. En lugar de moverse por la comedia ligera, Zootopia 2 decide saltar directo de la tradición del noir clásico al Buddy Cop, manteniendo las capas sociales, ese territorio donde Chinatown, L.A. Confidential o incluso Killers of the Flower Moon entienden que una ciudad puede ser hermosa en la superficie y absolutamente injusta en sus cimientos. Lo notable es que esta secuela apunta a ese rango y, con toda su naturaleza animada con sus raíces en la tradición Disney, logra aterrizar allí sin traicionar su esencia.

Como todo buen policíaco, la historia arranca con una persecución y un descubrimiento casi accidental. Durante una operación en la que la coneja Judy Hopps y el zorro reformado Nick Wilde ejecutan con la torpeza suficiente para poner en duda su futuro como dupla en la ZPD, Judy encuentra un pedazo de piel de serpiente. La sola idea de un reptil en Zootopia es anómala; el mundo que conocemos en la franquicia está diseñado para mamíferos, y la película utiliza esa ausencia para abrir una pregunta más grande: ¿qué pasó con ellos? 

Ese fragmento guía a los protagonistas hacia la gala del Zootennial, una celebración ostentosa del centenario de la ciudad organizada por los Lynxley, una familia de linces que nos recuerda a Succession y que se presenta como guardiana del legado histórico. El robo de un diario antiguo desata una cadena de eventos que convierten a Judy y Nick en fugitivos, y de pronto todo adquiere el pulso de un thriller conspirativo clásico. Zootopia tiene un crimen fundacional y el diario robado podría ser la clave para exponerlo.

Judy (Ginnifer Goodwin) sigue siendo la fuerza moral de la historia. Su entusiasmo y voluntad de entender al otro e imponer la justicia funcionan como brújula ética. Pero aquí la película la lleva a un terreno más complejo que tiene que ver con la posibilidad de que la ciudad que ama niegue parte de su propio pasado. Su fe en las instituciones tiembla de verdad por primera vez. Nick (Jason Bateman), en cambio, se mueve con mayor soltura y conserva esa ironía que le permite leer el mundo con cierto escepticismo, un escepticismo que esta vez se convierte en sabiduría práctica. Él intuye lo que ella apenas empieza a ver: todas las ciudades tienen sombras,  Zootopia no es la excepción y tal vez es mejor no sacudir las cosas.

La aparición de Gary De’Snake, con la voz de Ke Huy Quan, es el punto de quiebre emocional. Gary no es un villano disfrazado ni una figura moralmente ambigua solo por estética. Es un descendiente de una comunidad borrada, un sobreviviente de un relato manipulado para que Zootopia pareciera una utopía espontánea en lugar de un proyecto construido sobre el desplazamiento de reptiles cuyos territorios fueron sepultados para levantar el plan urbano moderno. Él quiere limpiar la reputación de su pueblo y desea que su familia recupere su hogar primigenio, ella quiere entender por qué su ciudad decidió olvidar. La dinámica nunca cae en la condescendencia.

El giro inesperado lo aporta Pawbert Lynxley, el hijo más inseguro y aparentemente inofensivo de la familia fundadora. Andy Samberg lo interpreta con una mezcla de torpeza y encanto. Es el heredero que no sabe cargar con el peso de un apellido falseado, pero está dispuesto a protegerlo si siente amenazada su identidad. Su arco no solo revela el alcance de la conspiración, sino que recuerda que las grandes mentiras suelen sostenerse por gente común que teme perder su lugar en el mundo.

Nibbles Maplestick (Fortune Feimster) aporta el caos suficiente para que la película tenga comicidad. Es una castora excéntrica que busca destapar conspiraciones en las redes y que nos recuerda cómo Zootopia siempre supo equilibrar humor con tensión. El Marsh Market, el enclave reptiliano escondido en un barco hundido que evoca a Nueva Orleans, es quizá el espacio más revelador del filme. Visualmente rico, narrativamente preciso y simbólicamente contundente, ese lugar funciona como el lugar donde un grupo marginado sobrevive en los márgenes, no porque sea peligroso, sino porque fue empujado fuera de la historia oficial.

La película sostiene un humor inteligente que nunca choca con la intriga, incluso cuando se permite guiños hilarantes que van desde Ratatouille hasta The Shining, pasando por Stray Kids. Esta autoconsciencia le da frescura. Zootopia 2 sabe que está construida sobre giros impredecibles, sabe que juega con tropos detectivescos y se divierte con ello sin romper la ilusión. 

Si algo distingue a Zootopia es la forma en que trata los temas sin didactismo. No sermonea sobre la tolerancia, ni predica sobre la diversidad, ni convierte la xenofobia en un eslogan empaquetado. Observa la ciudad desde sus fracturas. Qué grupos prosperan, cuáles son tolerados y cuáles son invisibles. El conflicto entre mamíferos y reptiles no funciona como una metáfora simplista. Surge de la estructura misma del mundo que la película plantea. Y esa madurez narrativa permite algo raro en el cine animado mainstream: confiar en que el público puede entender el subtexto sin que alguien lo explique.

El desenlace no pretende que la justicia histórica se repare por arte de magia. Reconoce que reconocer el daño es apenas el primer paso, y que ninguna ciudad cambia de la noche a la mañana. Zootopia 2 no teme hurgar en sus contradicciones y lo hace con humor, energía y una confianza total en la química entre Judy y Nick, que siguen siendo el corazón indestructible de esta saga.

Al igual que The Bad Guys 2, esa secuela animada de DreamWorks con animales antropomórficos que apunta al heist tipo Ocean’s Eleven y Now You See Me, Zootopia 2 también llega como algo más que una secuela satisfactoria. Se convierte en un recordatorio de que la animación puede acercarse a temas serios sin perder calidez, que un relato infantil puede cargar una conspiración adulta y que los mundos coloridos también pueden contar historias sobre memoria, identidad y reparación. Un logro raro en el cine comercial que apuesta por la inteligencia sin sacrificar el entretenimiento.

P.D. No se pierda la escena postcréditos, que anuncia a más ciudadanos marginados.

Tráiler: 

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