La franquicia de Los chicos malos aterriza en su punto óptimo de mezcla entre película de atracos y comedia de colegas. La segunda parte arranca con una persecución desbocada por El Cairo que parece salida de James Bond y que resulta ser el recuerdo de un golpe efectuado hace cinco años. En el presente la banda se ha reformado, pero una trampa los empuja de nuevo a la vida criminal. Todo gira alrededor de un metal imposible llamado MacGuffinite, que funciona como chiste meta cinéfilo y motor del enredo. La película convierte esa recaída en un juego sobre reputación y segundas oportunidades, más interesado en la dinámica del grupo que en sermonear.
Lo que sostiene el relato es la química vocal. Sam Rockwell transforma a Mr. Wolf en un líder encantador que suena a estrella de viejo Hollywood (Cary Grant, Sean Connery) y del nuevo (Brad Pitt, Tom Cruise) sin imitarla en exceso. Marc Maron hace de Mr. Snake, un gruñón con fondo tierno cuyo dilema entre lealtad y tentación organiza buena parte del arco emocional. Craig Robinson como el encubierto Mr. Shark y Anthony Ramos como el flautulento Mr. Piranha aportan el filo cómico con unos estallidos escatológicos mejor colocados que de costumbre. Awkwafina como la hacker Ms. Tarantula mantiene el pulso sarcástico.
La película suma un trío espejo con un trío de chicas malas lideradas por la ruda Kitty Kat (Danielle Brooks) acompañada por la fuerte pero ingenua Pigtail (Maria Bakalova) y la traicionera Doom (Natasha Lyonne), quien además complica a Snake con un romance tóxico. También regresan Zazie Beetz como la sexy e intrépida gobernadora Foxington y un malvado Marmalade hipertrofiado al que Richard Ayoade convierte en psicópata de voz fina que evoca a Hannibal y a Max Cady en versión roedor.
Pierre Perifel (director de la anterior cinta) empuja la puesta en escena hacia la hipérbole controlada. Su estilo bebe de Ocean’s Eleven y Mission: Impossible, hay un robo espacial que guiña a Moonraker, un millonario tecnológico reconocible tanto en la vida real como en la película de culto Billion Dollar Brain, un tramo de lucha libre mexicana y una visita a la prisión calcada de The Silence Of The Lambs. La animación sin texturas otorga fluidez, la edición lanza remates cómicos y el score de Daniel Pemberton sostiene el brío de manera lúdica y elegante. Frente a otras secuelas que viven del guiño pop, aquí la risa nace del carácter de los personajes y del timing, más que de enumerar referentes.
Pero no todo es oro. El deseo de superar a la primera empuja algunos pasajes al frenetismo y al ruido característico de las películas animadas de DreamWorks. Aun así, la película equilibra bien el triple eje de acción, humor, y afecto. Haciendo uso del MacGuffin, se podría decir que aquí el suspenso y la acción son un pretexto y que lo importante es la ética torcida de la banda de amigos, su necesidad de ser vistos como algo más que villanos y la familia disfuncional que han construido, la cual es mucho más carismática que la de cualquier entrega de Rápido y furioso.