diciembre 23, 2022

Una chica radiante

Una chica alegre y optimista aspira a convertirse en actriz de teatro, en un contexto cada vez más oscuro y siniestro

Sandrine Kiberlain 

/ Rebecca Marder, André Marcon, Anthony Bajon

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de Cineplex

Cualquier amante del cine francés reconoce la figura y el talento de Sandrine Kiberlain, la actriz de cintas como Violette, Polisse, Las mujeres del sexto piso, Florida, Alias Betty y la reciente Estamos hechos para amarnos, por mencionar algunos de sus trabajos más destacados.

A partir de los testimonios de su abuela, sus experiencias personales, la muy conocida novela El diario de Ana Frank y las menos conocidas El diario de Hélène Berr y Gioconda de Nikos Kokantzis, Kiberlain realiza un impresionante debut como directora, con el largometraje Una chica radiante, un trabajo que celebra la alegría, la ingenuidad y el optimismo de la adolescencia y que, a su vez, nos recuerda los peligros del racismo, el odio y la discriminación.

Poco a poco, el espectador irá descubriendo que Irène (una impresionante Rebecca Marder) es una chica aspirante a actriz de teatro y que su familia, conformada por André (el siempre estupendo André Marcon), un padre contador; Marceline (una cálida Françoise Widhoff), una abuela encantadora; e Igor (un maravilloso Anthony Bajon), el hermano menor amante de la flauta; viven en la Francia de 1942, dos años después de la ocupación Nazi.

Con mucha energía, gracia y mucha libertad, Kiberlain nos cuenta la historia de la hermosa Irène, una chica de dieciocho años de edad perteneciente a una familia judía muy unida y colmada de amor, en un contexto que cada vez se vuelve más oscuro, debido a la amenaza que se cierne gradualmente. Vamos a ver a la incansable Irène enamorándose perdidamente de Jacques (Cyril Metzger), el joven y apuesto asistente de un doctor y departiendo con unas compañeras que, como ella, están perdidamente enamoradas del teatro.

La atemporalidad en la película de Kiberlain (quien también trabaja como guionista) es claramente intencional y tiene que ver con mostrarnos a una chica que comparte las mismas características de una adolescente de la actualidad. Pero también su intención consiste en denunciar los peligros que se ciernen en una Europa que cada vez más xenófoba y violenta a partir de ese monstruo que se oculta en las sombras y que Irène se niega a ver. Pero más allá de ser una cinta sobre el holocausto, este es un estudio meticuloso y optimista sobre la juventud y las relaciones familiares. Esta cinta (cuyo título original traduce del francés Una chica a la que le va bien) es prácticamente la antítesis de la serie Euforia y se acerca más a esa gentil y hermosa película sobre el descubrimiento del amor conocida como Brooklyn. 

El final, tan austero y poético como toda la película de Kiberlain, nos va a romper el corazón en dos y nos recuerda que quien no conoce la historia está condenado a repetirla.