Crítica: Normal

Bob Odenkirk vuelve a recibir golpes con una dignidad maltrecha en esta comedia de acción donde un pueblo entero protege su idea criminal del sueño americano.

Ben Wheatley 

/ Bob Odenkirk, Henry Winkler, Lena Headey, Jess McLeod, Brendan Fletcher, Reena Jolly, Billy MacLellan, Ryan Allen y Peter Shinkoda

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de Magnolia

Bob Odenkirk ha descubierto en la madurez una segunda carrera que probablemente nadie imaginó durante los años de Mr. Show. Después de interpretar a un abogado moralmente escurridizo en Breaking Bad y Better Call Saul, Odenkirk se ha convertido en una estrella de acción. La transformación funciona precisamente porque su cuerpo nunca parece pertenecer por completo a ese género. Odenkirk pelea bien, pero no transmite la invulnerabilidad de Jason Statham ni la precisión casi mitológica de Keanu Reeves. Cada golpe le duele y cada caída parece dejarle una factura médica. Incluso cuando gana, conserva la expresión de un hombre que sospecha que la victoria no cubrirá el deducible.

Normal aprovecha esa cualidad mucho mejor que en la decepcionante secuela de Nobody. Ulysses, su personaje, llega como sheriff provisional a Normal, un pequeño pueblo de Minnesota que parece diseñado por un comité encargado de proteger la cordialidad estadounidense. La gente saluda, los comerciantes sonríen, el alcalde ofrece la bienvenida y los problemas policiales se reducen a disputas vecinales. Todo luce tan apacible que comienza a resultar sospechoso. En el cine y en la televisión, un pueblo exageradamente amable suele esconder algo debajo de la plaza principal, y casi nunca se trata de algo bonito.

Ulysses necesita precisamente ese letargo. Arrastra el fracaso de su último trabajo, una separación matrimonial y una dependencia del alcohol que la película presenta sin convertirla en melodrama. Su filosofía puede resumirse en una frase: la vida resulta más fácil cuando uno se preocupa un poco menos. No es un asesino retirado ni una máquina de combate disfrazada de hombre común, como Hutch Mansell en Nobody. Es un policía cansado que ha reducido sus expectativas para no volver a decepcionarse.

La tranquilidad termina cuando Keith (Brendan Fletcher) y Lori (Reena Jolly), una pareja con más desesperación que talento criminal, intenta asaltar el banco local. El robo parece condenado al fracaso hasta que Ulysses descubre algo insólito: los habitantes no quieren proteger a los clientes ni capturar a los delincuentes. Quieren defender el banco de cualquier mirada externa. El sheriff comprende entonces que la normalidad del pueblo es una representación colectiva y que cada sonrisa forma parte de un pacto construido alrededor del dinero, el miedo y una conveniente versión del patriotismo.

La comparación con Fargo aparece desde la nieve, los habitantes excéntricos y esa cortesía del medio oeste que puede preceder a una carnicería. Incluso el apellido Gunderson, perteneciente al sheriff anterior, funciona como un saludo deliberado a Marge Gunderson, el personaje de Frances McDormand en la película de los hermanos Coen. Sin embargo, conviene no exagerar el parentesco. Normal carece de la precisión moral, la riqueza verbal y la tristeza subterránea de aquella obra (tanto la película como la estupenda serie). El director Ben Wheatley utiliza Minnesota como escenario para una comedia de acción, no como el territorio de una tragedia estadounidense.

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Existe otra relación cinematográfica posiblemente más reveladora. La llegada de Ulysses recuerda a Bad Day at Black Rock, el clásico de 1955 en el que Spencer Tracy interpretaba a un forastero que descubría el crimen racista oculto por toda una comunidad. En ambas películas, la supervivencia económica del pueblo depende del silencio y la violencia se activa cuando alguien comienza a formular las preguntas equivocadas. Normal sustituye la gravedad de aquella historia por una orgía de balas, cuchillos, platos rotos, tacos de dinamita y cuerpos destrozados, pero conserva una idea semejante: las comunidades también pueden organizarse para convertir la culpa en tradición.

Wheatley se mueve con una soltura que había perdido en el encorsetado remake de Rebecca y en la absurda e innecesaria Meg 2: The Trench. Después de intentar amoldarse a producciones que parecían rechazar sus instintos, recupera aquí el gusto por el caos de Kill List, High-Rise y, especialmente, Free Fire. El director británico entiende la violencia como una maquinaria que comienza con una decisión torpe y termina devorando a todos los participantes. Sus enfrentamientos no poseen la coreografía elegante de John Wick. Son desordenados, crueles y con frecuencia ridículos. La gente dispara sin saber dónde colocarse, tropieza, se hiere accidentalmente y descubre demasiado tarde que aceptar un pacto criminal no equivale a estar preparado para matar.

El guion de Derek Kolstad (autor de las dos Nobody y las tres primeras entregas de John Wick) y desarrollado a partir de una historia concebida junto con Odenkirk, comienza introduciendo a unos integrantes de la Yakuza en Osaka. La escena parece pertenecer inicialmente a otra película, pero planta la semilla de una conspiración que conecta la vida provincial estadounidense con un negocio criminal internacional. El argumento es deliberadamente delgado y algunas revelaciones apenas reciben el tiempo necesario para asentarse. Wheatley tiene prisa por llegar al estallido y sacrifica parte del misterio que podría haber convertido a Normal en un lugar todavía más inquietante.

Esa impaciencia también limita a varios personajes. Lena Headey interpreta a Moira, la dueña del bar que observa cuanto sucede en el pueblo, y su presencia sugiere una historia más compleja de la que finalmente recibe. Jess McLeod consigue darle carácter a Alex, descendiente del anterior sheriff y antigua integrante del ejército, pero la alianza que establece con Ulysses se desarrolla con demasiada rapidez. 

Henry Winkler, en cambio, necesita pocos minutos para construir al alcalde Kibner. Su amabilidad untuosa, su sonrisa paternal y su absoluta confianza en el orden local lo convierten en la encarnación perfecta de una corrupción que ha aprendido buenos modales. Por su parte, Billy MacLellan convierte al ayudante Mike Nelson en una mezcla de entusiasmo provinciano y torpeza entrañable, cuya admiración por Ulysses incluye hasta la coincidencia de sus bigotes. Su simpatía inicial adquiere otro significado cuando la lealtad hacia el pueblo comienza a pesar más que su deber como policía. 

Odenkirk sostiene la película mediante su agotamiento. Ulysses no reacciona ante el peligro como alguien que añora la batalla, sino como un trabajador al que acaban de prolongarle el turno. Su expresión resignada consigue que las secuencias más absurdas conserven un contacto con la realidad. Cuando comienza la violencia, no se transforma mágicamente en otro hombre: continúa siendo el mismo sheriff golpeado, triste y ligeramente desorientado, obligado a recuperar unos instintos profesionales que creía enterrados.

Ese detalle permite separar a Normal de una hipotética Nobody 3. Hutch Mansell reprimía el deseo de regresar a la violencia; Ulysses necesita encontrar una razón para volver a preocuparse. Uno siente placer al liberar a la bestia. El otro parece avergonzado de haber permitido que la apatía ocupara el lugar de su conciencia. Odenkirk utiliza la acción para mostrar dos crisis masculinas distintas, aunque ambas terminen con una cantidad considerable de personas atravesando paredes.

La película alcanza sus mejores momentos cuando convierte los objetos cotidianos en armas. Una cocina se transforma en campo de batalla y los platos, los cubiertos y hasta las agujas de tejer adquieren funciones homicidas que sus fabricantes difícilmente habrían incluido en las instrucciones. Wheatley filma estas secuencias con una claridad refrescante. Se entiende quién golpea a quién, desde dónde llega el peligro y por qué una acción disparatada produce determinada consecuencia. Parece una observación menor hasta recordar cuántas películas contemporáneas confunden velocidad con ilegibilidad.

El humor nace de la distancia entre las acciones y quienes las ejecutan. Los habitantes de Normal han aceptado beneficiarse de un sistema criminal, pero muchos nunca imaginaron que tendrían que ensuciarse las manos para defenderlo. Cuando finalmente llega el momento, la incompetencia no reduce el peligro. Por el contrario, lo vuelve impredecible. Una persona sin entrenamiento y con un arma puede ser mucho más aterradora que un profesional, especialmente si cree estar defendiendo su casa, su negocio y la prosperidad de sus vecinos.

Ahí aparece la carga política de Normal. El pueblo ha construido su bienestar sobre un secreto y ha decidido que protegerlo constituye una obligación comunitaria. Sus habitantes pueden condenar públicamente la violencia mientras se benefician de aquello que la produce. Wheatley no interrumpe la acción para explicar esta contradicción. La deja expresarse mediante comerciantes, policías y autoridades que convierten la avaricia en deber cívico. No son monstruos llegados desde afuera. Son ciudadanos ejemplares mientras nadie amenace sus cuentas bancarias.

La participación de la Yakuza corre el riesgo de sentirse como una excentricidad añadida para aumentar el número de cadáveres. El prólogo japonés promete una conexión narrativa más elaborada de la que la película entrega y algunos personajes aparecen cuando el relato ya se aproxima a su desenlace. Aun así, su llegada completa la broma central: el pequeño pueblo que ha pasado años protegiendo una organización temible termina convertido en un escenario donde nadie puede controlar la violencia que ayudó a financiar.

Normal dura noventa minutos y conoce perfectamente el límite de su propuesta. No intenta ocultar la delgadez del argumento bajo explicaciones interminables ni prolonga el desenlace para preparar cinco secuelas. Su objetivo es ofrecer una comedia sangrienta, veloz y cruel sobre un hombre que entra en un pueblo aparentemente apacible y descubre que la normalidad es apenas una coartada.

Wheatley no alcanza la ferocidad de sus mejores trabajos ni explota por completo el potencial de su reparto, pero recupera el placer de observar cómo una situación sencilla se descompone hasta convertirse en una masacre. Odenkirk vuelve a probar que un héroe de acción puede tener la espalda adolorida, el corazón roto y la mirada de quien preferiría estar resolviendo un problema administrativo.

Debajo de las bromas, los disparos y las extremidades extraviadas, Normal deja una conclusión bastante menos festiva: La violencia estadounidense no siempre aparece como una invasión que destruye la vida cotidiana. En ocasiones ya forma parte de ella, escondida detrás del mostrador, protegida por el gobierno y saludando amablemente.

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