diciembre 26, 2022

The Bear: una receta para la serie del año

Si se supera el estrés que puede generar, la historia protagonizada por Jeremy Allen White es una de las mejores sorpresas de la última temporada

Por  ALAN SEPINWALL

En The Bear, un laureado chef llega al rescate del negocio familiar

Foto: Frank Ockenfels/FX

La primera vez que intenté mirar The Bear (Star+) llegué a los diez minutos del tercer episodio y necesité tomarme un descanso. La serie, que transcurre en un bar de sándwiches en Chicago, recreaba demasiado bien ese ambiente de trabajo, te hacía sentir dentro mismo de la cocina con el staff, mientras se rompían cosas, estallaban los nervios y el tiempo nunca alcanzaba para que la comida estuviera lista para cuando llegaran los clientes hambrientos. Demasiado intensa, demasiado incómoda, demasiado cruda.

La escena que me llevó a parar un rato era en verdad más tranquila que muchas otras. El protagonista, Carmy (Jeremy Allen White), un chef ganador del prestigioso premio James Beard que llega al rescate del negocio familiar dejado por su hermano Michael (Jon Bernthal), que acaba de suicidarse, apenas aparece. Después de dos episodios chocando con los empleados de la cocina y en particular con el obstinado e insoportable mejor amigo de Michael, el “primo” Richie (Ebon Moss-Bachrach), para aplicar los métodos de los restaurantes con estrellas Michelin en lugar del enquilombado “sistema” de su hermano, Carmy decide implementar un cambio más formal. Asciende a la ambiciosa novata Sydney (Ayo Edebiri) a sous-chef y le indica aplicar el modelo de brigada francesa de los restaurantes más elegantes. Sydney promete que, después de algunos ajustes, esto hará que todo funcione mucho mejor.

Algunos miembros del equipo se interesan en la idea, particularmente el pastelero Marcus (Lionel Boyce), cuya imaginación ha sido disparada por la llegada de Carmy. Pero otros se ven confundidos y Tina (Liza Colón-Zayas) está tan molesta que por un momento hasta se hace la que no habla inglés. En un punto, Carmy se va para atender otros asuntos, dejando a la desbordada Sydney a cargo de innovaciones para las que el restaurante claramente no está preparado. A esta altura, prácticamente podía sentir el aliento a tabaco de Richie, estaba desarrollando una migraña empática con el dolor de Sydney. Cerré los ojos y me imaginé cómo podrían ser las próximas horas de mi vida si seguía mirando y decidí que solo podía soportar cierto grado de estrés ficcional aparte del muy real que de por sí me genera el estado actual del mundo. Así que apagué la pantalla sin intenciones de volver.

Pero, a pesar de cómo me había hecho sentir, era difícil no reconocer que The Bear al menos me había hecho sentir algo. Y muy profundamente. En tiempos de tele apenas bien escrita, llena de series con todos los ingredientes, pero sin el arte para que la receta funcione, acá había una ficción —creada por Christopher Storer y dirigida alternativamente por él mismo y Joanna Calo— que instanáneamente instalaba un sentido del lugar, que tenía conflictos y personajes claros y que no parecía seguir ningún modelo estantarizado (Carmy, por ejemplo, es un genio golpeado, pero eso lo manifiesta siendo retraído, no insufrible; es todo un shock cuando, más adelante en la temporada, pierde el control en un mal día y hostiga a Marcus y Sydney hasta que abandonan la cocina). Algo me quedó dando vueltas en la cabeza hasta que al fin no pude más y tuve que retomarla.

Y tal como Sydney le prometió al staff que la brigada francesa los guiaría hacia grandes mejoras, mi regreso a The Bear pronto superó cualquier reparo, hasta entender que Storer, Calo y compañía habían elaborado una de las series del año.

El papel de Carmy, un espíritu creativo y tímido que nunca parece cómodo en ningún lado, que tiene miedo de hablar con su hermana, Sugar (Abby Elliott), sobre la muerte de Michael, que parece preguntarse constantemente por qué dejó su trabajo en el mejor restaurante del mundo, muestra todo el talento de Jeremy Allen White.

Es una gran actuación, rodeada de otras también muy buenas. Como la de Ebon Moss-Bachrach, que ofrece indicios de cómo Richie llegó a ser tan pesado, constantemente invitando a discutir a todo el mundo, pero también logra mostrar el costo personal de portar semejante carácter junto con el genuino amor que siente por Michael.

No me arrepiento de haberme ido por un rato. Pero fue muy bueno volver y descubrir que The Bear tenía mucho más en el menú aparte del sudor y la tensión.

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