Melanie Williams: cómo se convirtió en artista en el camino del silencio a la canción

Solista y sesionista al mismo tiempo, Melanie Williams se pone siempre al servicio de la música y apuesta a la dualidad interna y externa

Por  JUANA GIAIMO

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Melanie Williams

A Melanie Williams le regalaron su primera guitarra para su cumpleaños número ocho, después de insistir por mucho tiempo. Fue un camino de ida: unos años después, ya sabía que quería vivir de la música y hoy habla desde su estudio, situado al lado de su casa en Bernal. “Arranqué con la guitarra, después a los diez con el piano y a los doce con la batería”, dice. “A los doce tuve también mi primera banda y, durante el secundario, pasé por un millón de grupos, estilos, bardos, todo tipo de cosas”. El estudio, o su “cabaña”, como lo llama ella, lo construyó su papá y está hecho mayormente de madera. “Mi papá no es arquitecto, pero se le ocurrió hacerlo. Siento que a mí me pasa un poco eso con la música”, dice. “Soy bastante autodidacta. Con los años estudié y me perfeccioné en un montón de aspectos, pero al principio lo fui aprendiendo todo muy intuitivamente”. Ese espíritu autodidacta todavía está en ella: su segundo disco, Somos 2, lanzado el año pasado como Melanie Williams & El Cabloide, lo grabó mayormente en su cabaña a la vez que aprendía a autoproducirse y, una vez que tuvo las maquetas hechas, fue al estudio para refinar el sonido.

Melanie describe su música como “rock groovero” y es una descripción bastante acertada. A lo largo de Somos 2, las canciones se fusionan y tienen ese estilo distendido de la psicodelia. Si bien su voz marca la melodía y dirección, no sobresale, se integra al resto. “Como multiinstrumentiste, tampoco estoy tan manija de que un instrumento esté al palo, sino que entra, toca tal notita y se va. Veo la obra globalizada, que todo funcione”, dice. “Mikelbjork”, la canción que abre el álbum, es un gran ejemplo de su estilo. Empieza con una guitarra suave y después se empiezan a sumar instrumentos con un ritmo más marcado, casi funk. En un momento, eso que estaba construyendo se suspende, la canción se hace más lenta y aparece una grabación un poco perdida con la voz de Björk, pero enseguida se retoma el ritmo otra vez y los instrumentos se entrelazan para que su voz se sume casi al final y complete esa totalidad. 

Al igual que Comprensión 1, su disco debut de 2019, Somos 2 se publicó a través de Goza Records, el sello creado entre la artista Barbi Recanati y la radio Futurock, que busca más equidad en la música. Llegó de forma bastante casual a través de Instagram, como suele suceder todo hoy en día, y les mandó un mensaje para preguntarles si podía ir a grabar un tema a Estudio Átomo, fundado también por Barbi junto a Juan Manuel Segovia. Barbi le recomendó primero publicar Comprensión 1, dado que ya estaba listo, y después grabar el próximo disco, un proceso que duró dos años. Las estrategias de publicación y las herramientas para difundir su música en el mundo digital son algunas de las cosas que Melanie más agradece al sello. “Hoy en día los artistas, aparte de componer y tocar, también subimos el material y les hacemos movida en redes”, dice. “Recibir alguna ayuda, la que sea, siempre sirve cuando estás en ese momento porque pensá que tal vez estás dos años para grabar un disco y, si no tiene una buena presentación, distribución y movida, queda perdido en la matrix”.

En las redes, Melanie se muestra espontánea, usando un lenguaje similar a como ella habla. “Si lo pensás desde afuera, yo soy una persona que está en mi cueva tocando música todo el día pero, a su vez, quiero que haya gente que escuche mi música y quiero que llegue a personas más allá de mí o mi entorno’’, dice. Melanie se identifica como intersex y fue también en las redes en donde comunicó que se practicó una mastectomía bilateral: “El 2020 me dio el mejor regalo”, escribió el 7 de enero del año pasado en Instagram. “TIEMPO para reencontrarme con mi verdadero ser, soy la integración de mi dualidad”. Una dualidad que forma parte de la identidad de su música y especialmente de Somos 2.

A medida que habla, se puede ver cómo convive en ella una presencia más relajada, y abierta a nuevas oportunidades, con alguien que sabe en dónde está parada y que tiene una visión clara de lo que quiere y la ambición para lograrlo. “Cuando tenía bandas, yo lo daba todo pero, de repente, alguno se calentaba y no quería tocar más y se desarmaba lo que habíamos hecho”, cuenta. “Eso me frustraba mucho, porque para mí era indudable mi camino en la música, sabía que iba a hacerlo”. En ese momento, decidió ser solista. Se acuerda de que un día estaba en el colectivo, sacó su cuaderno y anotó: “Quiero hacer mi proyecto en el que voy a hacer lo que yo quiera, cuando quiera, con quien quiera y en donde quiera”. 

Solista, pero no solitaria. A partir de ese momento, vivir de la música, eso que puede parecer una mera ilusión adolescente, terminó convirtiéndose en un proyecto concreto y lo logró convirtiéndose en sesionista. “Pensá que yo hice una trampa. Dije: ‘Voy a hacer mi proyecto solista, pero voy a ser sesionista’. Entonces estaba tocando en ochenta bandas pero tenía también mi proyecto”. Su primer trabajo fue con Lula Miranda, cantante pop argentina pero con varias canciones en inglés y bastante actividad internacional. Melanie se encargó de armar su banda en vivo y tocó como su baterista en shows en Canadá, México y Estados Unidos, lo que se podría decir una primera experiencia para nada chica. “Empecé a curtir todo un mundo más profesional de la música, de responder a lo que te pidan”, dice. “Fue mi proceso de profesionalizarme”.

Junto a la cantante pop Lula Miranda, con quien tocó como su baterista en shows en Canadá, México y Estados Unidos. Foto: Gentileza Santos Comunicación.

Además de ser una fuente de ingreso en una época en donde vivir de la música es más que complicado, ser sesionista es también una fuente de conocimiento, no solo de nuevas técnicas y estilos, sino que, más que nada, la ayudó a tener una perspectiva diferente sobre su rol como artista y a adoptar una actitud humilde: “Me permite ir a las bandas y ponerme al servicio. Eso también es algo que siempre flasheo, que un servicio tenés que hacer a la comunidad, de alguna manera, y para mí era esto: ponerme a disposición de otre artiste y que me pida lo que necesite, lo que sea. Yo voy en blanco. Así me empecé a nutrir muchísimo”. 

Melanie es una esponja de géneros musicales. De chica escuchaba Gorillaz y Red Hot Chili Peppers con su hermano, en su adolescencia tocaba temas de System of a Down, estudió también música clásica e incluso fue parte de una orquesta. Hoy toca en la banda en vivo de Natalie Pérez y también con la artista electrónica Lupe –que participa en el bonus track “Pepa 1” de Somos 2–. Para ella, toda esta variedad equivale a adquirir vocabulario. “Me meto en mundos diferentes y después, cuando vuelvo al mío, lo puedo enriquecer un montón’’, dice. “Pero eso lo logré solo abriéndome y dejándome de lado. No me sirve estar en un proyecto de sesionista y pensar que tendría que estar tocando mi música”. 

Ese servicio que da a otros artistas ahora vuelve a ella a través de El Cabloide, una banda libre y dinámica en la que los integrantes van cambiando. El nombre tiene una razón: “Yo siento que somos como un cable, que la música pasa a través de nosotres, pero que suena diferente a través de cada persona. Entonces no somos un cable común, somos un cabloide”. Le cuesta creer en el concepto de banda tradicional, aquella que dura para toda la vida y es inseparable como un matrimonio. “Estoy más para la relación abierta, digamos, que cada quien fluya. Si nos elegimos en este momento, hagámoslo, pero si un día viene uno y me dice que se quiere ir a vivir a Italia, no le voy a decir ‘quedate a tocar con El Cabloide’. Sé libre”, dice riéndose. “Y eso lo aprendí a los golpes. Obvio que al principio era una catástrofe que alguien me dijera ‘no voy a tocar’ y ahora pienso que es mejor aceptarlo que endurecerse y ponerse en contra”.

Su forma de trabajar está teñida de esta postura poco egocéntrica. Si bien en las grabaciones suele tocar ella la mayor parte de los instrumentos, también puede apreciar a los músicos que tiene a su alrededor. “Obvio que había temas a los que yo ya les había grabado el bajo, pero tengo un bajista tremendo [Pablo Fernández] al lado mío y le dije: ‘Vení y mejorá esta idea que tengo al mil’”.

El título de su disco apunta a este equilibrio que atraviesa su forma de ser música. “Estaba flasheando mucho con la dualidad de las cosas, la dualidad proyectada en todo y en uno mismo”, dice. Este equilibrio aparece en las letras también, como cuando canta en “Denadie”: “Ríos de silencio me deslizarán hacia las melodías que quiero encontrar”. Se acuerda de que compuso esa canción en un momento de tristeza, en medio de una tormenta de pensamientos que no la dejaban tranquila. Cuando esos pensamientos se calmaron y su cabeza quedó en blanco, sintió que ella se iba hacia otro espacio. En ese momento, tirada en la cama, agarró la guitarra y empezó a cantar “Denadie”. Como dice ella: “Literalmente el silencio me llevó a crear esa canción”.

Melanie junto a la banda de Barbi Recanati (primera desde la izquierda), la artista que impulsó sus dos primeros discos a través del sello Goza Records.

Si bien no se considera una persona religiosa, hay una espiritualidad que es parte de su día a día, una unión de ella con el otro y un fluir musical en donde el dar y recibir son esenciales. El año pasado sacó una canción con la artista indie Marina Fages, que fue a grabar a su estudio. “Surgió de un intercambio muy genuino, de acompañarnos y ayudarnos como colegas’’, dice Melanie. “Ella necesitaba sacar un tema y yo estaba en mi casa re tranca y lo hicimos”. A cambio, Marina, que es también artista visual, le pintó un mural en su patio, un bosque encantado como los que suele hacer, que encaja con el estudio-cabaña de Melanie. 

“Si bien solo vos percibís el mundo a tu manera y desde tu perspectiva, a la vez pienso que somos una gran red”, dice. Puede parecer contradictorio que alguien multiinstrumentalista tenga esta visión, pero por ahí este hambre de aprender fue justamente lo que le dio el impulso a relacionarse con otros y lo que la llevó, como dice ella, “a no subirse a ninguna”, a respetar y tener curiosidad por diferentes estilos musicales y a aceptar los diferentes roles que se le presentan. “Así como las raíces de las plantas están conectadas por debajo de la tierra, para mí hay un plano energético nuestro que nos une y que todavía no lo descubrimos”, dice. “Realmente pienso: si todo en el planeta está absolutamente conectado, ¿qué nos hace creer que nosotres no?” Y escuchando su música, de repente se puede entrever ese tejido de raíces conectadas, cada una cumpliendo su función para que el todo florezca en armonía en la superficie.