No son frecuentes los casos de cantantes que pertenecieron a una banda legendaria y consiguen edificar una carrera solista que puede competir de igual a igual con sus glorias pasadas, y a la vez tener una personalidad musical bien diferenciada del estilo que lo llevó a la fama en primer término. Sting, Peter Gabriel, Paul Weller, son algunos de los que vienen a la mente, pero el caso de Robert Plant es especialmente meritorio, teniendo en cuenta que su grupo original es…¡Led Zeppelin!

En su carrera como solista, inicialmente intentó seguir la línea de los míticos Zep, pero fue -paradójicamente- a partir de su reunión con su compañero de Zeppelin, el legendario Jimmy Page, para el álbum acústico No Quarter, en 1994, que Plant comenzó a desarrollar el sonido que, tres décadas después, parece haber alcanzado su punto de ebullición. Es una amalgama que consigue aunar sus principales influencias, léase blues, folk, rock, música céltica, de la India, del norte de Africa, country, gospel, psicodelia, en una conjunción tan fluída como original. Pueden buscarse algunas referencias, como Incredible String Band, Sandy Denny, Fairport Convention, pero eso era entonces, y esto es ahora.
En el camino quedaron otros proyectos como Band Of Joy, Strange Sensation y, especialmente, los Sensacional Space Shifters, con los que visitó la Argentina en las dos últimas oportunidades, en 2012 en el Luna Park, y en 2015 para una inolvidable performance en Lollapalooza que incluyó además del set de su banda, una participación como invitado de Jack White. Pero su agrupación actual, Saving Grace, con la que toca desde 2019, suena como una síntesis superadora de todas sus experiencias anteriores. Más de una década después de su última presentación en Buenos Aires, al frente de Saving Grace y compartiendo la primera voz con la impactante Suzi Dian, Robert llega al escenario de un Gran Rex con entradas agotadas, en la primera de dos funciones que luego llevarán a Córdoba y Rosario, como parte de su gira “Rugido de Otoño”.
El telonero fue Lisandro Aristimuño, solo con su guitarra acústica, cálidamente recibido por el público. La música que suena en la sala es una exquisita selección de folk y psicodelia de los 60, creando el clima ideal para que el cantante y su banda se planten en escena, dispuestos a desplegar más de una hora y media de magia. Vestido de negro, con pantalones de cuero, Plant conserva su magnetismo intacto. Su pelo ha encanecido pero es tupido y abundante como en su juventud. Lo mismo podría decirse de su voz, cuyo registro se desarrolla en una tesitura algo más grave que en sus épocas de Zep, pero no ha perdido nada de su afinación y potencia, como lo demuestra con la larga nota sostenida con la que culmina el primer tema, “The Very Day I’m Gone”, que pertenece a la cantante folk Nora Brown.
La banda, con un sonido mayormente acústico, es protagonista a la par de Plant. El multiinstrumentista Matt Worley, que toca guitarra y todo tipo de instrumentos de cuerda, es el eje central, mientras que el guitarrista Tony Kelsey, que alterna entre acústicas y eléctricas, es el encargado de los solos y todo tipo de ornamentaciones. La base rítmica, con Barney Morse-Brown en cello (que a veces funciona como un contrabajo, cuando lo toca con los dedos) y Oli Jefferson en batería y percusión, desarrolla un intrincado tapiz, que generalmente le escapa al backbeat del rock y evoca ritmos de Oriente Medio y el norte de África.
Ya en el segundo tema, el tradicional “The Cuckoo”, despliegan todas sus posibilidades, con Tony en mandolina y Matt haciendo sonar un banjo como si fuera una cítara. Un hermoso viaje que provoca la primera de varias ovaciones. Es tal la confianza y entusiasmo de Plant con su banda actual que el repertorio elegido arranca con dos canciones inéditas, e incluye varias de su más reciente álbum, el número doce de su carrera en solitario (a lo que hay que sumar las colaboraciones con Page y Alison Krauss).
Sólo recurrirá a su propio pasado como solista en tres oportunidades, eligiendo en cambio temas de jóvenes compositores del folk, algo de la psicodelia de la West Coast en los 60 y, para deleite del público, una buena cantidad de canciones de Zeppelin.

Después de “Higher Rock”, de Martha Scanlan, llega el primero de los temas de su antigua banda, nada menos que “Ramble On”, uno de los highlights de Led Zeppelin II, transformado en un folk melódico que permite apreciar el ensamble perfecto de las voces de Robert y Suzi, que además aquí suma su acordeón. Justamente, es Dian quien asume la primera voz en “Orphan Girl”, bellísima canción de Gillian Welch que, al igual que los dos primeros, es otro de los temas del repertorio de Saving Grace que no están incluídos en el álbum.
Aunque la música es seria y los intérpretes tocan concentrados, Plant se encarga de quitarle solemnidad al asunto haciendo chistes entre tema y tema, agradeciendo al público que se hayan hecho presentes “cuando hay fútbol en la televisión”, y enorgulleciéndose al presentar su banda, diciendo que todos están por primera vez en Argentina, y que “el único que no soy nuevo soy yo”.
La cosa se pone más eléctrica para “Let the Four Winds Blow” (de su álbum Mighty Rearranger), seguida de una estupenda versión de “Friends”, originalmente incluída en Led Zeppelin III, el disco más acústico de la banda, una vertiente que suele olvidarse privilegiando sólo su lado heavy. Sigue uno de los momentos más especiales de la noche, la versión de “It’s a Beautiful Day Today”, una gema rescatada del repertorio de Moby Grape, banda psicodélica del San Francisco de los 60, que Robert idolatra. Y hablando de rescates, “Calling to You” pertenece a su álbum Fate of Nations, que lanzó en 1993.
El cantante cuenta que ha tenido mucha suerte, lo que le ha permitido conocer a la banda de East L.A., Los Lobos, y arranca con “Angel Dance”, un tema de éstos que el cantante incluyó en su álbum Band of Joy. Luego vuelve a los 70 para interpretar una canción de Neil Young, “For the Turnstiles”, ¡otro tema del repertorio de Saving Grace que no está incluído en el álbum! El momento más rockero de la noche llega con, precisamente, “Rock and roll”, el clásico de Led Zeppelin IV, en una versión que recuerda bastante la original. Con la gente de pie, es el final “oficial” del concierto.
Pero llegan los bises, y más perlas del repertorio de Zeppelin. Nada menos que “Going to California”, seguida por “Bron Yr Aur Stomp” (¡una sorpresa!). Para el final, elige “Everybody’s Song”, un tema de la banda indie Low, otra de sus debilidades (ya es el tercer tema de ellos que cubre en su carrera solista) que anuncia diciendo “It’s fucking great!”. Y no se equivoca. Increíblemente, suena como un clásico perdido de Led Zeppelin, con la dinámica, los cortes y la potencia que caracterizara al grupo en las épocas del tercer y cuarto álbum. Tal vez sea que el carácter inquieto e investigador del cantante, su mística y su eterno espiritu rebelde, lo llevan a crear nuevos clásicos, en lugar de sumergirse en la comodidad de la leyenda.

