Crítica: Mortal Kombat II

En esta versión mejorada, tendremos verdaderas fatalidades y mucha más diversión.

Simon McQuoid 

/ Karl Urban, Ludi Lin, Jessica McNamee, Hiroyuki Sanada, Adeline Rudolph, Martyn Ford, Mehcad Brooks, Josh Lawson

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía

Desde 1992, Mortal Kombat, el videojuego creado por Ed Boon y John Tobias, no solo redefinió el género de peleas, sino que también convirtió la ultraviolencia en lenguaje pop con sus fatalidades, rivalidades, gritos de “Finish Him!” y una estética que mezclaba artes marciales, cómics y cine de serie B. Todo un coliseo digital que marcó a toda una generación.

Ese espíritu llegó al cine en los noventa con Mortal Kombat y Mortal Kombat: Annihilation. No eran buenas películas, sin embargo, tenían algo que hoy escasea: energía. Especialmente la primera, con su tono exagerado, su banda sonora industrial y actuaciones que parecían entender que todo esto era un juego. Había algo camp y ridículo, pero también honesto.

Luego llegó el reboot de 2021. Mucho presupuesto, demasiadas promesas y muy poco carácter. La película intentaba tomarse en serio algo que nunca lo necesitó. Además, cometía un error básico: olvidar a sus personajes más importantes y reemplazarlos por un protagonista sin peso. El resultado fue una película desinflada, soporífera y casi insoportable, desconectada de la esencia del juego.

Es por eso que Mortal Kombat II sorprende. No porque reinvente nada, sino porque finalmente entiende el material. Aquí no hay intento de elevar la historia a algo que no es. Hay luchadores, sangre, vísceras, traiciones básicas y un torneo donde la única regla es sobrevivir. Y con eso basta.

El punto de inflexión tiene nombre propio: Karl Urban. Su Johnny Cage llega como una descarga eléctrica. Cínico, exagerado y divertido. Urban ya había hecho algo similar con el superhéroe británico Judge Dredd. Tomó un personaje que parecía condenado detenido a la desastrosa encarnación llevada a cabo por Sylvester Stallone y devolverle vida desde el respeto a la fuente original y la actitud. Aquí hace lo mismo. Además, trae consigo esa energía anárquica afinada en The Boys. Cada escena en la que aparece se siente más viva y eléctrica. Véanlo colocarse sus gafas oscuras y sabrán que Urban entiende de qué se trata todo esto.

A partir de ahí, la película se reorganiza o, mejor aún, se desorganiza. Ya no intenta justificar el absurdo sino lo abraza. Las peleas ya no necesitan explicación, los villanos existen para ser derrotados, y los diálogos funcionan porque no pretenden ser más de lo que son. En consecuencia, todo fluye mejor. El espectáculo manda.

El resto del elenco cumple dentro de ese tono. Adeline Rudolph aporta presencia como Kitana, mientras que figuras como Shao Kahn (Martyn Ford), Liu Kang (Ludi Lin) o Sonya Blade (Jessica McNamee) y Scorpion (Hiroyuki Sanada), se integran sin robar foco. Incluso personajes que antes no funcionaban como Jax (Mehcad Brooks) o Kano (Josh Lawson) encuentran aquí un lugar más claro dentro del caos.

La cinta no es sofisticada y tampoco lo intenta. Y ahí está su acierto. Su director por fin entiende que Mortal Kombat no necesita profundidad sino actitud, golpes, mucha sangre y un ritmo que no dé tregua. Finalmente, lo que entrega es exactamente eso: una pieza de entretenimiento ruidosa, excesiva, hiperviolenta y muy consciente de sí misma. Basura hecha con intención. Y esta vez, como una de esas películas descerebradas de Chuck Norris o Jean Claude Van Damme, funciona.

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