Jorge Drexler arrancó la serie de presentaciones de ‘Tinta y tiempo’ en Buenos Aires

El artista uruguayo dio el primero de seis shows en el teatro Gran Rex. Con una escenografía minimalista, mostró canciones nuevas, revisitó clásicos y citó a Gustavo Cerati

Por  FACUNDO ARROYO

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Jorge Drexler y una puesta ajustada en el inicio de su gira internacional en Argentina.

Gentileza Jimena Arce.

Antes de llegar a Buenos Aires, el compositor uruguayo que reside hace más de dos décadas en Madrid ya había agotado cinco funciones en el Teatro Gran Rex. Y se acaba de agregar una sexta que tiene el mismo destino. Durante la noche del viernes, momento para dar inicio a este ciclo de shows –y a su gira internacional-, dijo sobre la ciudad que lo vio despegar: “Hacía tres años que no nos veíamos. Tengamos paciencia porque son canciones que casi no tocamos”. Y luego se destacó por su exactitud científica: “8-5-7 de la calle Corrientes, esto fue un punto de fuga cada vez que pensaba que iba a volver. Gracias por comprar entradas para seis días. Entiendo lo que es eso después de la pandemia. Por eso los quiero y les agradezco”. Sirvió como un prólogo para la presentación de su decimo cuarto disco llamado Tinta y tiempo. Otra panzada de diez canciones que trabajan la costura y la fineza de la forma con ese tono tan personal con el que Drexler construye hace años. Una noche más de amor al arte, como pregona él, y existencialismo montevideano.

Con una escenografía minimalista, centrada en un color por escena y apegada a la de Ofertorio de Caetano Veloso, la banda para la gira cuenta con cupo y justeza. Borja Barrueta en batería, Meritxell Neddermann en teclados, el productor fijo de la última parte de su discografía, Campi Campón, en bajo y programaciones, el argentino Javier Calequi en guitarras y dirección y Alana Sinkey más Miryam Latrece en coros, son el sostén artístico para la voz y la performance del cantor de hits impregnados en la ciudad y de canciones exactas. De hecho, el repertorio es un intento de eso: varias canciones de los dos últimos discos, clásicos y algunos olvidados que se ajustan al color y al perfume de lo actual. 

Es más, al momento de presentar “Era de amar”, un tema editado en Radar (1994), Drexler reflexionó sobre cumplir treinta años de carrera. “30 años de sacar discos”, dijo, y después de una versión retocada hacia lo eléctrico, hubo un obsequio al cielo. Mechó el verso de “Puente” de Gustavo Cerati, que dice “Cruza el amor por el puente”, y el experimento calzó a la perfección. Nadie hizo alusión a la cita. Desde el escenario siguió el trabajo y desde el público la ilusión, el silencio y el amor. Otro de los momentos inesperados fue cuando un hombre le gritó que había hecho mil kilómetros solo para verlo. Drexler no le entendió de arranque, pero algo intuyó. Cuando terminó por decirlo la segunda vez, Jorge ya sabía lo que tenía que hacer. Le preguntó qué quería escuchar. Entonces la lista se suspendió por unos minutos, los músicos desaparecieron y, para seguir con las distancias y los números, el hombre le gritó: “Me gustaría que hagas ‘730 días’ (de Vaivén, 1996)”. Y así el cantor se debió a su admirador. Un par entre mil.

En Tinta y tiempo Jorge Drexler se sigue haciendo las mismas preguntas existenciales en la composición. Y continúa profundizando en la tecnología. Un cientista tratando de explorar el desarrollo humano en conexión con, por ejemplo, un algoritmo que te dice qué podrás escuchar. Un gourmet de canciones deseadas. Con el estreno de algunas de esas canciones, da la impresión que, además del amor (“Cinturón blanco”), la paternidad (con la hermosa “El día que estrenaste el mundo”), la luna y el sol (“Duermevela”, dedicada a su madre), la poesía y los desvaríos de la noche (“Tocarte”, ¿qué estaría haciendo C Tangana anoche a esa misma hora?), a Drexler le obsesiona este nuevo mundo digital. Lo estudia y lo deja registrado en sus tesis. Que, en su caso no son presentaciones en el Conicet sino en algo que aún llamamos disco. “Perdonen que insista con las telecomunicaciones”, cantó al rato en “Telefonía”, un tema incluido en Salvavidas de hielo (2017). 

Por eso, a la hora de tocar “¡Oh algoritmo!”, la canción del nuevo disco en la que participa la rapera Noga Erez, moviliza el teatro. Aquí es donde se aglutina toda la destreza de Drexler como performer. Parece David Byrne con esa tela blanca enorme y un punto verde gigante que lo atormenta contra la pared. Una presencia corporativa que le digita el foco de la canción: el libre albedrío. El estreno de esta canción, como “Luna de rasquí”, es muy diferente a la versión de estudio. Cruda y rítmica, busca la interacción con el público. Esa que Drexler detectó un día en ese mismo teatro y siempre acudió a ella en estos treinta años de sacar discos. 

¿Otro disco de canciones a la Jorge Drexler? Por supuesto, pero ojo. La costura que el compositor traza es tan fina que no podés estar distraído. Puede ser bossa, joropo, rap o pop. En esa instancia es obvio que te va a sonar parecido; el tema es tirarte en cuerpo y alma a explorar lo que el artista está diciendo a través de su canción en el escenario. Una que construye con mucha tinta y desde hace tiempo en el faro de la cancionística hispanoparlante. Una garantía de goce por más que a veces pueda ocurrir ese rato calculado en 12 segundos de oscuridad. Así lo cantó en “La guerrilla de la concordia”, uno de los cinco bises que el músico uruguayo tocó en dos horas de show: “Amar es ir a ciegas. / El corazón despega, mientras todo arde. / Odiar es mucho más sencillo. / El odio es el lazarillo / de los cobardes”. Así todos llegaron al punto ciego de la pena.