Crítica: 20 años de la Metropolitan Opera en cines

Una celebración que convierte dos décadas de transmisiones del Metropolitan Opera en una puerta de entrada a un arte que se niega a convertirse en pieza de museo

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de Cine Colombia

La ópera no ha muerto. Lleva siglos escuchando el anuncio de su funeral y respondiendo con sopranos capaces de atravesar una orquesta, barítonos que convierten los celos en una fuerza física y cadáveres que todavía encuentran aire para cantar durante diez minutos. En un mundo gobernado por redes sociales, algoritmos y espectadores convencidos de que noventa segundos constituyen una eternidad, la ópera continúa exigiendo tiempo, atención y entrega. Su aparente anacronismo es precisamente parte de su atractivo: mientras casi todo se empequeñece para caber en una pantalla, ella insiste en ser desmesurada.

Twenty Years of the Met in Cinemas: An Anniversary Celebration parte de esa vigencia para conmemorar dos décadas de transmisiones del Metropolitan Opera en salas de cine. Renée Fleming, una de las voces fundamentales de la lírica contemporánea, conduce una recopilación de momentos escogidos entre más de 185 funciones registradas desde el lanzamiento del programa The Met: Live in HD. No se trata, como se ha anunciado erróneamente en algunos medios, de 185 arias reunidas en una sola función (habría que llevar provisiones y redactar el testamento), sino de una selección procedente de ese enorme archivo.

La iniciativa comenzó en diciembre de 2006 con la versión abreviada y cantada en inglés de La flauta mágica, de Wolfgang Amadeus Mozart, en la producción concebida por Julie Taymor. Aquella transmisión fue algo más que un experimento tecnológico. Supuso una modificación profunda en la forma de relacionarse con un arte históricamente asociado con grandes capitales culturales, entradas costosas, códigos de comportamiento intimidantes y edificios capaces de hacer sentir al recién llegado como si hubiera entrado por equivocación a una ceremonia secreta.

El cine derribó parte de esa arquitectura simbólica. Permitió que un espectador situado a miles de kilómetros de Nueva York pudiera escuchar la orquesta del Met, observar el rostro de un cantante durante un aria y descubrir lo que ocurría detrás del escenario durante los cambios de escenografía. Desde entonces, el programa ha vendido más de 33 millones de entradas y ha llegado a más de 70 países, convirtiéndose en una de las operaciones de difusión cultural más ambiciosas emprendidas por una institución artística. Metropolitan Opera

La recopilación funciona como una versión operística de That’s Entertainment!, la serie de documentales con la que MGM organizó su memoria a partir de los grandes números musicales de Hollywood. Allí aparecían Fred Astaire bailando sobre las paredes, Gene Kelly cantando bajo la lluvia y Judy Garland convirtiendo una canción en confesión. Aquí las arias ocupan el lugar de aquellas secuencias: fragmentos separados de sus historias originales, pero todavía capaces de conservar la temperatura emocional de la interpretación.

Esa estructura tiene una ventaja evidente. Quien nunca haya visto una ópera puede entrar sin someterse de inmediato a cuatro horas de Wagner, conocer distintas voces, comparar estilos interpretativos y descubrir que el género contiene comedia, erotismo, crueldad, delirio, política y espectáculo. La ópera deja de presentarse como una obligación cultural y recupera su condición de entretenimiento popular, aunque sus personajes tengan la saludable costumbre de enamorarse, traicionarse y morir con acompañamiento orquestal.

La presencia de Fleming ofrece unidad a un material inevitablemente fragmentario. Su función no consiste únicamente en anunciar cada segmento, sino en establecer una continuidad entre épocas, intérpretes y formas de entender el escenario. A través de figuras como Natalie Dessay, Joyce DiDonato, Elīna Garanča, Dmitri Hvorostovsky, Jonas Kaufmann, Peter Mattei, Sondra Radvanovsky, Nadine Sierra y Lise Davidsen, el especial propone una historia reciente de la ópera construida desde la voz y el cuerpo de sus protagonistas.

También permite observar cómo la alta definición transformó la interpretación operística. En el teatro, el cantante debe proyectar la voz y el gesto hasta los últimos pisos del auditorio; frente a una cámara, una mirada, una respiración o un movimiento mínimo adquieren otra dimensión. El primer plano acerca al intérprete, revela el esfuerzo físico y destruye la idea de que cantar ópera consiste únicamente en permanecer frente al público con los brazos extendidos. Estas figuras son atletas de la voz y actores obligados a sostener una emoción mientras dominan una técnica casi sobrehumana.

Pero la cámara también impone una mirada. En el teatro, cada espectador decide dónde observar; en el cine, la realización escoge por él. Un primer plano puede revelar una emoción que se perdería desde una localidad distante, aunque también puede mutilar la composición general de una puesta en escena. The Met: Live in HD nunca ha sido un simple sustituto de la función presencial. Es otra experiencia: menos ceremonial, más cercana y, en ciertos momentos, cinematográfica.

El formato de antología tiene, además, sus limitaciones. Separada de la obra completa, un aria corre el riesgo de convertirse en una demostración de virtuosismo sin conflicto dramático. La grandeza de una escena no depende solamente de alcanzar una nota imposible, sino de todo cuanto ha ocurrido antes de que el personaje abra la boca. Algunos fragmentos sobreviven intactos; otros quedan reducidos a una promesa de emociones que la recopilación no tiene tiempo de desarrollar.

La selección también posee el tono reverencial de una institución celebrándose a sí misma. Hay poco espacio para examinar las tensiones económicas, artísticas y culturales que han atravesado al Met durante estas dos décadas o para interrogar hasta qué punto la transmisión cinematográfica modificó su repertorio. El especial prefiere la memoria afectiva al balance crítico. Es un álbum de grandes momentos, no una investigación sobre la institución que los produjo.

Sin embargo, esa condición celebratoria no invalida su propósito. El archivo permite conservar interpretaciones que antes sobrevivían principalmente en el recuerdo de quienes habían tenido la fortuna de presenciarlas. La naturaleza efímera del teatro encuentra así una segunda vida. Los cantantes envejecen, las voces cambian, las escenografías se desmontan y algunas figuras desaparecen, pero la cámara guarda una noche irrepetible y la devuelve a espectadores que quizá ni siquiera habían nacido cuando ocurrió.

Twenty Years of the Met in Cinemas entiende que la mejor defensa de la ópera no consiste en presentarla como una medicina cultural que todos deberían consumir para convertirse en mejores personas. La defiende mostrando su placer, su sensualidad, su exceso y su capacidad para convertir sentimientos reconocibles en acontecimientos monumentales. Los celos no son solamente celos cuando los canta un barítono frente a una orquesta; el dolor no permanece doméstico cuando una soprano lo eleva hasta el último balcón.

Para quienes conocen estas producciones, la película funciona como un reencuentro con voces, montajes y momentos que ya forman parte de la memoria del Met. Para quienes permanecen lejos de la ópera o nunca se han atrevido a entrar en ella, puede ser una de las mejores iniciaciones posibles: un recorrido generoso que no exige conocimientos previos y permite descubrir qué compositor, intérprete u obra despierta la curiosidad.

Veinte años son poco para un arte nacido siglos antes del cine, pero bastaron para demostrar que una pantalla no tiene por qué ser enemiga del escenario. En tiempos de consumo acelerado, esta celebración invita a escuchar, mirar y permanecer. La ópera continúa viva porque todavía sabe hacer algo que ninguna inteligencia artificial puede garantizar: estremecer a un desconocido con una voz humana.

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