Parece loco pensar que hayamos alcanzado un punto de la historia en que el talento y el amor genuino por el arte hayan pasado de ser constantes a variables dentro del oficio de hacer música. Por eso encontrar artistas que desde jóvenes antepongan la autenticidad sobre la búsqueda de los grandes números —en reproducciones y en dinero— se ha convertido en una rareza y, como tal, hay que destacarla siempre que sea posible. Joaquina tiene 21 años, seis de los cuales ha dedicado a publicar canciones en forma, pero hablar con ella se siente como tener al frente a una cantautora avezada a la que la experiencia le ha reafirmado ya varias veces que el dedicarse a ser artista no solamente trata de saber del music business; también hay que ponerle corazón. “Claro que la música es un negocio, pero también es una expresión del alma”, dice. Para ella, estamos en un momento en el que la industria ha puesto más peso en el lado de la balanza que contiene al negocio, olvidando el lado que contiene lo humano.

Su sensibilidad por las artes no es reciente. Joaquina proviene de un hogar que siempre le proveyó de recursos que le permitieron adentrarse en el mundo de la literatura, del cine, del teatro y, por supuesto, de la música, gracias a sus padres periodistas. Cuando explica que su pasatiempo predilecto desde que era una infante es la lectura, es inevitable imaginarla como Matilda: “Recuerdo la ida y la vuelta del colegio, siempre leyendo un libro, mi plan favorito era ir a la biblioteca. […] Recuerdo que, a veces, en el parque me ponía a leer bajo los árboles; me obsesionaba mucho. Tenía estos libros infantiles y en mi colegio había una biblioteca donde podías alquilar un libro, entonces, como a los ocho años, alquilaba toda una colección y me pasaba todo el rato en el parque, en el carro, leyendo”. Este interés, que bajo su percepción era poco usual para alguien de su edad, derivó en su gusto por escribir ensayos, poemas y canciones.
Ella es lo que se conoce en inglés como bookworm, por lo que se emociona al hablar sobre los autores y los libros que la han formado. Su cuerpo hace un ademán de entusiasmo y su rostro gesticula una sonrisa antes de hablar sobre esa pasión que ha tenido desde chica. Es entonces cuando comienza a hacer un breve repaso de los primeros autores que recuerda haber leído: Maya Angelou y Langston Hughes, entre otros poetas estadounidenses. A pesar de no entender muy bien de lo que hablaban en sus escritos, sí entendía “el peso de las palabras y su profundidad”, pero, además, estas lecturas le sirvieron para aprender de historia y sociología sin saber aún qué significaba cada una. A medida que fue creciendo, añadió a Isabel Allende, a Mario Benedetti y a Mario Vargas Llosa a sus intereses, debido a su narrativa y su forma de escribir. La lista se fue ampliando con Emily Dickinson, E. E. Cummings, Eduardo Galeano, Jorge Luis Borges e incluso Pablo Neruda, pero hace la aclaración de que después de conocer su historia de abuso sexual dejó de nombrarlo como parte de sus favoritos. Mientras responde, va haciendo un paneo por su biblioteca y, pese a que los que acaba de mencionar son los que más tiene presentes, afirma que cada día descubre más.
“Claro que la música es un negocio, pero también es una expresión del alma”.
La música llegó paralelamente a la lectura. A los tres años despertó una curiosidad intensa por aprender a tocar violín, así que su madre la inscribió en clases. Esta ansia por aprender cada vez más se extendió a la guitarra y al piano, hasta que se quedó con la voz. “Mi casa siempre ha sido muy artística”, cuenta. “Creo que desde chica absorbí eso, inevitablemente”. Joaquina era de las niñas que bailaba y cantaba frente a su familia, en parte, inspirada por las artistas que veía en televisión como Avril Lavigne y Gwen Stefani. Ver a unas chicas “rockeando”, siendo irreverentes y en posiciones de liderazgo, le quedó marcado en la memoria e intentó replicarlo en esos primeros acercamientos inocentes a una performance. La representación importa.
“Siempre sentí una conexión innata con la expresión a través de la música, y cuando descubrí que me encantaba leer y me encantaba escribir, conecté ambas cosas”, apunta, añadiendo que a partir de allí se atrevió a escribir canciones en su habitación. En varias ocasiones ha narrado la anécdota sobre la primera canción que escribió: tenía ocho años y la anotó en su diario, pero sintió tanta vergüenza de que sus padres la leyeran que arrancó la página y la desechó, aunque advierte que se arrepiente de haberlo hecho. “Esa fue la primera vez que conecté y dije, ‘Wow, esto me gusta’. Desde muy chiquita algo en mí siempre lo supo”, afirma.

Joaquina alcanzó a vivir el auge de las redes sociales a mediados de los 2010, así que empezó a subir covers en su cuenta de Instagram. Hubo un par de momentos en los que dejó de hacerlo por las burlas que recibía en el colegio por parte de compañeros que les pedían a los maestros que pusieran sus videos o hacían mofa de ella en la cafetería. Al mirar esos episodios en retrospectiva, considera que no era algo tan serio, pero comprende que en la mente de una niña de 13 años cualquier burla puede hacer mella. De todos modos, ya había tomado la decisión de hacer carrera como artista. “No sé si piensas que estoy loca, pero quisiera intentar sacar mis propias canciones”, recuerda haberle dicho a su madre un día mientras lavaba los platos. “Es demasiado difícil, pero tú siempre has tenido esta pasión, y nosotros siempre te vamos a apoyar”, le contestó.
Es usual que en entornos latinos, cuando alguien opta por dedicarse a las artes y/o humanidades, se cuestione su decisión al no considerarlas carreras que den mucho dinero o que garanticen un futuro. Joaquina creció en Miami, una ciudad con gran influencia latinoamericana, razón por la que siempre sintió el estigma del músico: “La hija de no sé quién va a intentar seguir la música, no va a ir a la universidad, no se va a buscar un trabajo de verdad”. El único apoyo que sintió provino de su profesor de música y de sus padres, quienes notaron su chispa desde pequeña y la impulsaron a seguir intentándolo.
“Tienen que pasar muchos años de mucho trabajo y de levantar la mano muchas veces para que por fin te veas entre la multitud”.
Sus dudas terminaron de disiparse cuando se dio cuenta de que estaba en un grupo de amigos que no le hacía bien. Estaban en ondas diferentes y no compartían los mismos intereses, y esto la estaba llevando a perderse a sí misma. Quería vestirse, maquillarse y teñirse el pelo como otras chicas y, si bien la adolescencia es un periodo de búsqueda del estilo personal, su entorno más cercano notó que no estaba siendo ella. “Me sentí muy cohibida. Me daba pena ser yo misma porque todo tenía que caber dentro de un statu quo”, medita. Su primer corazón roto —que inspiró su primera canción oficial— y la pandemia fueron el parteaguas que le permitió desligarse de esas amistades y retomar la exploración de sus verdaderos intereses.
Comenzó a vestirse y maquillarse de la forma en que quería, pero además empezó a escribir como siempre lo había querido hacer sin sentir presiones externas. Por fin sentía que podía ser ella misma sin ojos que juzgaran cada uno de sus movimientos y decisiones. Se aisló del mundo que conocía, pero en el camino fue descubriendo uno nuevo en donde había personas que sí la entendían. “La pandemia me ayudó muchísimo a encontrarme y ver mi vida a través de mis ojos, y no a través de los de alguien más”, señala.

Así como otros jóvenes de su edad, a Joaquina le tocó vivir parte de su adolescencia —una etapa tan crucial para el desarrollo de las personas— en aislamiento. Dice que, al mirar hacia atrás, es como si esa etapa de su vida, entre los 15 y los 17 años, la hubiera absorbido una especie de agujero negro. Sin embargo, también ve ese periodo como una “bendición escondida” pues, producto del aburrimiento, reconectó con la naturaleza y descubrió un gusto por el patinaje. Entre sus paseos solitarios en patines a playas escondidas y muelles desiertos, y sus lecturas de estudios bíblicos y teológicos, tuvo un proceso espiritual que la impulsó a cuestionar la religión y a llegar a sus propias conclusiones. Esto, asegura, la hizo crecer como ser humano.
El primer año de la pandemia fue crucial para su proyecto musical. Por un lado, conectó con el productor venezolano Eduardo Stambury, con quien tuvo sus primeros aprendizajes de producción y pudo publicar su sencillo debut, ‘Primer amor’. Por el otro, una productora la contactó por Instagram ya que le habían llamado la atención sus videos y andaba en busca de artistas para una sesión de composición en Miami. Esa fue la primera vez en que visitó un estudio de grabación y en la que compuso con otras personas. Tras estos acercamientos iniciales a la creación musical de manera más profesional, Joaquina hizo parte de la primera promoción de la Academia Art House de Julio Reyes Copello. Su primer EP, Los mejores años, nació como un “proyecto escolar” dentro del programa del productor colombiano.
“Para mí es importante mantener los pies en la tierra y no tener miedo a seguir intentando hasta llegar a donde quiero”.
“Hay muchas cosas que cambiaría”, comenta sobre el disco entre unas risas modestas. “Pero a la vez hay muchas cosas que le agradezco […]. Yo escribí desde el corazón lo que quería”. El trabajo contiene cinco canciones que van más allá de los amores y decepciones de la juventud; plasman la complejidad de sentirse una outsider en un entorno donde todos parecen ser piezas hechas a la medida. “El concepto nace porque yo estaba en un momento de mi adolescencia en el que todo el mundo me decía que esto era lo mejor que iba a tener en mi vida y yo me sentía tan perdida, tan sola. Nunca tuve ese grupo de amigos, nunca encajé en algún círculo, siempre me sentí muy solitaria, entonces yo decía, ‘Esto no puede ser lo mejor’. Personalmente no me hallaba, no me sentía tan bien conmigo misma”, explica.
Su habilidad para plasmar en canciones esta angustia adolescente la hizo merecedora del Latin Grammy a Mejor Nuevo Artista en 2023, premio que recibió de las manos de Carlos Vives. Entre lágrimas y llevando la bandera de Venezuela, agradeció no haberle hecho caso a quienes le dijeron alguna vez que no valía la pena hacer carrera como cantante. De ahí en adelante, comenzaría a sumar más y más logros entre los que se encuentran canciones con Juanes y Aitana, haber compartido escenario con Morat y Alejandro Sanz, ser parte de la banda sonora de una serie internacional y su primer álbum de larga duración, Al romper la burbuja.

Con letras que escribió a los 19 años, Joaquina publicó en 2025 un trabajo de 14 cortes y 50 minutos de duración que trata sobre ese paso casi traumático de la adolescencia a la adultez. “Todo este disco habla de cómo puedo permitirme evolucionar y crecer, mientras también cuido a esa niña que siempre siguió su intuición”, le explicó a ROLLING STONE en Español hace unos meses. Primeros amores, primeras decepciones, claridades que solo llegan con los años, cuestionamientos internos y dudas existenciales son algunas de las temáticas que aborda en el LP al tiempo que se adentra en sonidos folk, pop rock y synth pop, sin dejar de lado los guiños a su identidad latinoamericana con un poco de joropo y tango. Al romper la burbuja es, en últimas, un testimonio generacional que reconoce que crecer siempre será aterrador, pero que reafirma que el arte puede apaciguar el temor a los cambios o, mejor, puede ser una guía para aceptarlos cuando se trata de algo tan inevitable como el paso del tiempo. Es un disco de “primeras veces” con el que desbloqueó otros logros, como más nominaciones a los Latin Grammy, incluyendo la primera a Álbum del Año.
“Tienen que pasar muchos años de mucho trabajo y de levantar la mano muchas veces para que, por fin, te veas entre la multitud. Y a veces uno piensa que por haber hecho mucho, la gente te conoce, y no es verdad”, reflexiona al repasar los hitos que han marcado su trayectoria. “Estoy en un momento en el que estoy muy consciente de que ya he hecho cosas, pero eso no me asegura la carrera que estoy construyendo”. Siente que está en un “momento raro” en el que ha logrado mucho en poco tiempo, pero en el que todavía hay un montón de personas que aún no la han descubierto. Para ella, es esencial tener esto presente porque puede que su canción número mil sea la primera para alguien que recién la escucha. “Para mí eso es importante, mantener los pies en la tierra y no tener miedo a seguir intentando hasta llegar a donde quiero”, asevera.
“Cantar en Venezuela siempre ha sido mi sueño más grande, principalmente por un sentido de identidad porque a veces he sentido que no soy suficientemente venezolana y tampoco soy lo suficientemente estadounidense”.
Entre tantas metas por cumplir, una de las más significativas continúa siendo ofrecer conciertos en su Venezuela natal. “Siempre ha sido mi sueño más grande, principalmente por un sentido de identidad, porque a veces he sentido que no soy suficientemente venezolana y tampoco soy lo suficientemente estadounidense”, medita. Se mudó a Miami cuando tenía seis años y ha permanecido allí desde entonces, por lo que, naturalmente, la multiculturalidad ha permeado su identidad. Parte de su complejo de outsider antes de comenzar a lanzar música tenía que ver con el “nervio” de ser rechazada por ser insuficiente. “Creo que ha sido al contrario. Los venezolanos me arroparon muy bien y siempre me han hecho muy suya, en general. Me dicen que me esperan allá y he sentido muchísimo amor de su parte, mucho más de lo que me esperaba, eso lo agradezco profundamente”, destaca.
Joaquina se torna un poco más seria al profundizar en las razones por las que aún no ha llevado su show a su país. Sostiene que es una posición personal marcada por sus convicciones políticas, y que por eso mismo considera que sería insensible hacerlo en estos momentos. No obstante, cada vez que regresa para visitar a su familia, aprovecha para hacer encuentros con fans para sentirles más cerca. “Si Dios quiere, y con este nuevo horizonte que estamos viendo, sea posible en los próximos meses o años”, comenta. “Creo que ese día lloraré mucho porque es regresar al lugar que te vio nacer. Es una pieza de mi alma que siempre me ha hecho falta y que tal vez antes no entendía, pero sentir esa gravedad de tus raíces y sentir que perteneces a algo es un sentimiento muy infravalorado”.

A corto plazo, sus objetivos tienen que ver con despedirse de la era de Al romper la burbuja, y su versión deluxe publicada hace poco funciona como broche de cierre. Sus cinco canciones extra amplían la visión de hacer parte de una generación que creció hiperconectada y que vivió años cruciales para su desarrollo en el encierro, casi sin escapatoria de las pantallas. Para ella, equilibrar su presencia en el entorno digital sin permitir que este la absorba por completo es un reto enorme y algo que aprende a hacer todos los días. “Gracias a las redes, nuestros cerebros han sido condicionados a necesitar dopamina y validación constante”, apunta mientras vuelve a adquirir su tono reflexivo. “Creo que, biológicamente, no estamos programados como seres humanos para vivir pensando todo el tiempo en cómo se ve nuestra vida a través de los ojos de alguien más, ni para despertarnos y tomar el celular para ver qué está haciendo alguien en Australia a las tres de la tarde. Yo debería vivir mi ambiente inmediato”.
Este fenómeno de utilizar el Internet para escapar de la realidad, dice, ha ocasionado un efecto rebote en el que ahora se busca la realidad para escapar del Internet. Sin embargo, es consciente que no puede permitirse desconectarse del todo y que, a su vez, las redes son una herramienta que puede tener un impacto positivo si se usa de buena manera. En su caso, le han permitido mostrar su trabajo y conectar con quienes aprecian su música.
Su opinión respecto a la inteligencia artificial es similar, aunque más crítica. “Yo creo que la inteligencia artificial también es humana, porque nosotros la creamos. Al final del día, todo lo que creemos va a ser humano por default. Pero ahí hay una línea muy delgada”, dice. En relación con la industria musical, reconoce los beneficios que puede tener su uso a nivel de eficiencia pero, de cualquier modo, opina que “el arte no debe ser visto desde un lugar de eficiencia sino como una expresión creativa”. Está en desacuerdo con que se utilicen sistemas de IA para generar canciones debido a que son plataformas que pueden propiciar el plagio, pero también porque lo que más ama de cualquier arte es el hecho de que haya una persona, con sentimientos y experiencias reales, detrás.
“El arte no debe ser visto desde un lugar de eficiencia sino como una expresión creativa”.
Joaquina hace parte de The Future 25, el listado con el que ROLLING STONE en Español destaca a algunos de los y las artistas que están definiendo el futuro de la música. “Es una gran responsabilidad y es un gran honor”, comenta sobre su selección. “Se siente como un voto de confianza”. Sus deseos para el camino que se está construyendo dentro de la industria tienen que ver con retomar el sentido humano de la creación musical, pues considera que muchas de las personas que se dedican a esto no lo hacen por gusto, sino por buscar algún beneficio. “Muchas veces las discográficas y las compañías no cuidan a sus artistas, y eso ha causado demasiados desastres. Sí, existen los charts, los números, pero hay cosas que no puedes poner ahí”, señala. “Balancear el negocio y lo humano para mí es muy importante y creo que ahora solamente están enfocados en el negocio y en el clip de 15 segundos que va a pegar en TikTok. Nadie piensa en la longevidad de la música, en la conexión, en el alma del artista y lo que quiere contar”. Ella sí lo hace y quizás es por eso que hoy miles de personas encuentran abrigo en sus letras. El proyecto musical de una joven “histriónica” y “testaruda” —como ella se describe— que hizo de la música su guarida, ahora acoge a personas que ven en sus canciones una forma de verbalizar el sentir de una generación.
Joaquina todavía está descifrando quién es, y las inquietudes que ahora busca resolver se relacionan con la búsqueda de la identidad. Dice sentirse orgullosa de la música en la que está trabajando y la describe como un “reflejo natural” de la etapa actual de su vida. “Creo que he crecido mucho como compositora, a nivel de herramientas, de fraseo, de lírica. Me siento mucho más cómoda conmigo y más rápida con el proceso, aunque todavía me tomo mi tiempo. Antes de hacer el disco pasado yo no estaba segura de si era capaz y ahora que sé que sí, estoy intentando empujar mis límites”. A pesar de que sus letras las escribe para que también puedan leerse como un poema o prosa, para el sucesor de al romper la burbuja quisiera ser más directa y le gustaría que cada canción estuviera acompañada de un poema. Esta sería una forma más de unir sus dos amores, mas su música en sí misma ya es un poemario musical.


