Harry’s House: con paso suave y maduro avanza una de las estrellas más adorables del pop

Harry Styles nos inunda con los placeres del pop en este tercer disco preciso y sentido

Por  JON DOLAN

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Lillie Eiger*

Harry Styles

Harry’s House

Cuando Harry Styles dejó atrás la boy band británica One Direction, estaba ansioso por demostrar su ambición musical y su conocimiento histórico. Su primer single de 2017 fue “Sign of the Times”, una balada magníficamente atrevida al estilo Bowie/Queen. Otro en su lugar daría la impresión de exagerar por inseguridad, pero Styles parecía relajarse con la facilidad de un verdadero winner en su papel de megaestrella de género fluido y fluido en todo tipo de géneros: un caballero del new look y el rock and roll que puede pasar sin dificultades de una guitarra obscena al soul y de vuelta al soft rock para susurrarnos a la oreja y convencernos: “Sé que tenés miedo porque soy muy abierto”. En una palabra, un Mick Jagger para nuestra era.

En su tercer álbum, Harry’s House, Styles logra el ingenioso truco de que su música sea elegante y refinada, pero también cálida e íntima: esta es la mezcla de la suavidad de mármol pulido de Steely Dan con la generosidad de un disco de Al Green o Yo La Tengo. Harry’s House brilla con la luz de sintetizadores y trompetas, a menudo empapados de synth-pop y riffs R&B astutos y pegadizos. Uno casi espera revisar los créditos para encontrar a Greg Phillinganes y Rod Temperton junto a los colaboradores de larga data de Styles en la composición de canciones, Kid Harpoon y Tyler Johnson.

El esplendor empieza con aroma a cita nocturna en “Music for a Sushi

Restaurant”, un sensual derroche de glamour tipo Prince que le canta a la belleza de dos ojos verdes, un plato de arroz frito, un vaso de helado y un chicle azul que se enrolla en la lengua. “Late Night Talking” es un ensayo consumado sobre la suavidad ochentera, con Styles prometiendo tiernamente “seguirte a cualquier lugar /sea Hollywood o Bishopsgate”.

Muchos artistas jóvenes que ponen a prueba los sonidos elegantes y sensuales de los años 1980 tienden a caer en una especie de pantomima del desapego New Wave glaseado con cocaína. Y de hecho Styles habla de “tomar cocaína en mi cocina” en el nítido synth-pop de “Daylight”. Pero esta es una canción dulce y no una fantasía de drogón perseguido. Es puro Styles en una atmósfera de reflexión profunda, pensando en paseos en bicicleta en Nueva York a la luz del sol y comparándose con un pájaro azul que está listo para volar a donde sea que estés. En canciones como “Keep Driving” y “Grapejuice”, el groove más sabroso deja espacio para que Styles explore una sensación de deseo teñida de apertura y vulnerabilidad.

Styles tomó el título de Harry’s House de una línea del disco de Joni Mitchell de 1975, The Hissing of Summer Lawns. Aquí se toma un descanso de la pista de baile para dejar que su nido de amor en la zona de Laurel Canyon fluya en baladas como la lánguida “Little Freak” (que trata de mejorar el “delicado punto de vista” de su amada) y “Matilda”, donde ayuda al protagonista a superar los momentos agridulces de entrar en la adultez a la fuerza. En esos momentos, es casi como si Styles fuera el tipo de amante y amigo que la Joni de Blue se merecía pero que no pudo encontrar porque eran los setenta y todavía nadie sabía cómo no ser un terrible idiota.

A lo largo del disco, el canto de Styles es tan conversado como sus letras. Por eso el romance parece un diálogo esperanzador, y a veces frágil, entre iguales. Este disco trae la dulzura de una brisa en el verano californiano.