Día de la Tierra: ¿quién se hace cargo de la crisis?

En el día destinado a generar conciencia sobre la crisis que vive nuestro planeta, recuerda que al aportar tu grano de arena no estás ayudando a la Tierra, te estás ayudando a ti.

abril 22, 2025

Porapak Apichodilok en Pexels

El Día de la Tierra fue reconocido oficialmente por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 2009, aunque sus raíces se remontan al movimiento ecologista que cobró fuerza en las décadas de 1960 y 1970. A pesar del tiempo transcurrido, las preguntas sobre cómo conservar nuestro hogar común siguen sin respuestas claras, o mejor, sin compromisos realmente efectivos en las manos de quienes corresponde. Pero, ¿a quién le corresponde ese cambio? Posiblemente ya tienes una idea formada, pero vale la pena pensarlo de nuevo. 

Primero un breve repaso del panorama. Entre 1970 y 2020, el tamaño de las poblaciones de más de 5.000 especies se redujo en un 73%. La fauna silvestre del mundo se hace cada vez más pequeña, como muestra el informe Planeta Vivo 2024 de la organización WWF. Sin la protección de la biodiversidad no solo se ponen en peligro las especies amenazadas, sino la vida misma de la humanidad. Este llamado de alerta es una de las motivaciones principales para que fechas como el Día de la Tierra existan y recuerden que el esfuerzo por cambiar el rumbo de este planeta es una tarea urgente… y colectiva. 

El aumento de las temperaturas año tras año, la pérdida acelerada de biodiversidad y la contaminación generalizada son algunos de los signos más evidentes de la crisis climática que atravesamos, una crisis frente a la cual aún no logramos alcanzar consensos políticos sólidos. Algunos expertos como el ambientalista y activista californiano Paul Hawken apuntan a que incluso está de más hablar de crisis climática, porque el clima no está en crisis, sino que está mostrando los efectos de lo que nuestro modelo de vida dominante le ha hecho a la Tierra. Lo que tendemos a olvidar es que la Tierra existe hace millones de años y esta crisis afecta a las especies del presente, o sea, a nosotros. 

Entonces, más allá de contribuir a la eco-ansiedad, es decir, a la angustia que para muchas personas produce ver que la Tierra se deteriora a ritmos acelerados, este día nos permite pensar, sentir y actuar: ¿qué podemos hacer, desde nuestro lugar, para contribuir a que este planeta siga siendo habitable tal como lo conocemos? ¿Cómo podemos hablar de crisis climática y responsabilidades sin olvidar lo estructural, pero tampoco perder de vista lo que cada persona puede hacer? 

El clima no está en crisis, solo responde a nuestra forma de vida

La crisis ambiental que vivimos afecta a todos los seres de la Tierra, pero son las actividades humanas, sobre todo las económicas, las que han producido esta crisis. Al acabar con la diversidad del planeta, la humanidad parece negar que la sostenibilidad de la vida como la conocemos no depende de los objetos que consumimos, sino de un equilibrio de ecosistemas que hacen andar al mundo todos los días. 

A pesar de que los movimientos ecologistas existen hace décadas, estos han cambiado a lo largo de los años y sobre todo han descentrado la mirada para reconocer en dónde está el problema y cómo afecta de formas diferenciadas a las poblaciones del mundo. En distintas corrientes de pensamiento para explicar las razones y los responsables del desastre ambiental que hemos construido como humanidad, un enfoque que apunta al sistema económico y político dominante ha tomado más fuerza, sobre todo en los movimientos de la sociedad civil. 

Las organizaciones de mujeres campesinas, académicas y defensoras de la naturaleza, llevan décadas señalando la contradicción política que está en la base del problema, pero que pocas veces se toca en los pactos internacionales. Por ejemplo, el ecofeminismo ha resaltado ampliamente no solo lo contradictorio, sino las alternativas a la crisis planetaria. Autoras como Yayo Herrero recogen discusiones que pueblos originarios han denunciado sobre la explotación de la Naturaleza como si fuera un gran almacén que provee recursos infinitos. “No se puede entender el modelo económico hegemónico que tenemos en este momento, basado en una utilización ingente de energía fósil, de minerales y de recursos de la Tierra, si no es con esa dinámica desigual que hizo que los lugares de privilegio y los focos de poder saquearan los territorios de los países que llamamos del sur global”, dice Herrero.

Y es que precisamente los efectos de la crisis que vive la Tierra golpean de manera más dura a las poblaciones más marginadas. Las investigaciones sobre la brecha climática (climate gap) han ido en aumento a nivel global, evidenciando cómo el calentamiento global afecta de manera más severa a las poblaciones más vulnerables, socialmente excluidas y racializadas. La Asociación Americana de Salud Pública (APHA, por sus siglas en inglés) ha destacado la estrecha conexión entre el cambio climático y las desigualdades sociales, subrayando que estas problemáticas impactan desproporcionadamente la salud de las comunidades marginadas. 

Estudios como Climate Change, Health, and Equity señalan que tanto la crisis climática como las desigualdades en salud comparten raíces comunes: sistemas sostenidos por condiciones actuales e históricas de injusticia, que incluyen el racismo estructural y la persistente falta de acceso al poder social, político y económico por parte de comunidades de bajos ingresos y racializadas, como los pueblos indígenas y las comunidades afrodescendientes

La injusticia se hace evidente, pero si el problema es solo un asunto de gobiernos poderosos, países ricos y corporaciones, fácilmente la acción individual se diluye.

Si todo es estructural, ¿dónde queda la responsabilidad individual?

Cuando se habla de las responsabilidades frente a la crisis climática surgen respuestas que corresponden al enfoque de quien hable. Quienes señalan a las grandes industrias dirán que se deben limitar y exigir cambios a los procesos industriales que acaban con la naturaleza. Quienes apuntan a que el problema radica en el consumo de animales insistirán en que el veganismo es la mejor alternativa para combatir los gases de efecto invernadero. Quienes se concentran en los efectos desastrosos de la moda rápida pedirán parar el consumo o hacerlo de forma y ética. Y así sucesivamente. 

No vamos a negar que hay un problema estructural y que quienes más consumen son los países más “desarrollados” que basan su economía en la sobreexplotación de la Tierra a cambio de un estilo de vida cómodo. Por supuesto también aquí hay un peso muy grande sobre los gobiernos que niegan la crisis climática y no aceptan acciones para contrarrestarla, ni pedir cambios a sus industrias, como ocurre en EEUU con Donald Trump. 

Con todo y esto, las personas del común sí podemos hacer cambios para aportar a un mejor planeta Tierra. Aunque el consumo sea desbocado en zonas como Europa o EEUU, en regiones como América Latina y el Caribe también hay poblaciones que viven con privilegios. Kimberly Nicholas, profesora de la Universidad de Lund, habló con The New York Times y recordó una frase que algunas voces que abogan por los cambios individuales sin obviar las implicaciones políticas de lo estructural, ya han mencionado: “No dejes que lo perfecto sea enemigo de lo bueno”.

Tal vez no necesitas ser la nueva Greta Thunberg, pero si cada persona puede, desde sus opciones económicas y de vida, reducir su consumo energético, es mejor que lo haga a que delegue esa responsabilidad en los grandes poderes y se quede de brazos cruzados. Al mismo tiempo, tomar decisiones políticas al elegir gobernantes comprometidos con enfrentar esta crisis también es una forma de aportar. Si reduces el consumo de carne, si la dejas por completo, si usas menos agua, si lideras una campaña local de compostaje… cualquier acción que implique que estás haciendo más que antes, ya es un aporte.

Plantear opciones para que se construyan posturas más diversas frente a la relación con la naturaleza, que no se centren solo en el consumo y el mercado es difícil, pero no imposible. Justamente en conmemoración por este Día de la Tierra, se estrena la serie documental Hope! Estamos a tiempo del español, Javier Peña. El enfoque de esta creación audiovisual es esperanzador. Aunque no abarca todas las miradas críticas sobre este asunto, se agradece que en tiempos de tanta incertidumbre y parálisis por la frustración se hable de soluciones.

Al final, lo importante será informarte, conocer el punto de partida desde donde puedes hacer más y estar dispuesto a tomar decisiones incómodas por un bien colectivo (que también te incluye, claro). De pronto, la próxima vez que quieras hacerle una consulta innecesaria a una IA, te lo pienses dos veces y nuestra supervivencia en la Tierra estará un poquito menos amenazada.

ROLLING STONE

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