Crítica: Zona de interés (The Zone of Interest)

El director de Under The Skin nos entrega una de las películas más estremecedoras sobre el holocausto judío, sin mostrar una sola escena de violencia explícita.

Jonathan Glazer 

/ Christian Friedel, Sandra Hüller, Johann Karthaus

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de Diamond

Junto a David Fincher, Spike Jonze, Michel Gondry y Mark Romanek, Jonathan Glazer es uno de los más destacados cineastas “hijos del videoclip”. A finales de los noventa y comienzos del 2000, sus trabajos para Massive Attack (Karmacoma), Jamiroquai (Virtual Insanity), Radiohead (Street Spirit), UNKLE (Rabbit In Your Headlights) y Richard Ashcroft (A Song For The Lovers), brillaron en MTV gracias a una enorme creatividad y recursividad, unas atmósferas intensas y evocativas, un uso magistral de la cinematografía y una narrativa visualmente impactante. 

Glazer saltó a la gran pantalla con un impresionante debut llamado Sexy Beast (2000), un poderoso thriller sobre criminales protagonizado por Ray Winstone y que incluye una de las mejores actuaciones en la historia del cine a cargo de Ben Kingsley (El maleante Don Logan encarnado por el actor de Gandhi, es un retrato de la maldad que hay que ver para creer).  

Su segundo largometraje llegaría cuatro años después. Birth (2004) es una cinta tan elegante como perturbadora y sería imposible de realizar hoy en día. En ella, Nicole Kidman interpreta a una viuda que se enfrenta a la reencarnación de su marido en un niño de diez años (Cameron Bright), quien además tiene plena consciencia de su vida pasada. 

La tercera cinta de Glazer se estrenó en cines diez años después de Birth, y terminó convirtiéndose no solo en la mejor película de la filmografía del director, sino que además es todo un clásico de la ciencia ficción y una auténtica obra maestra del siglo XXI. Under The Skin (2014), nos muestra a Scarlett Johansson haciendo uso de todo  un despliegue de expresión corporal, para encarnar a una extraterrestre devoradora de hombres en Escocia.

Ahora, una década después, regresa Glazer con un trabajo en el que se supera a sí mismo, confeccionando una obra maestra sobre la tragedia del holocausto, en donde todo se sugiere, creando un impacto mucho más fuerte que la que se podría lograr por medio de tomas explícitas de torturas, vejaciones y humillaciones. 

En esta cinta en la que todo es impecable (las actuaciones, la fotografía, la edición, la dirección de arte, el vestuario, la ingeniería de sonido), la compositora Mica Levi (quien colaboró con Glazer en la maravillosa banda sonora para Under The Skin), nos introduce a esta experiencia inmersiva con una pantalla en negro y música disonante y minimalista, que nos recuerda al prólogo de 2001: A Space Odyssey. Al igual que el clásico de Kubrick, The Zone Of Interest es un comentario sobre la raza humana, pero la cinta de Glazer no nos lleva hasta el infinito y más allá, sino que nos confina en una hermosa casa en donde vive una familia feliz, en medio del infierno. 

La adaptación libre del libro del recientemente fallecido Martin Amis (murió el mismo día del estreno de la cinta en Cannes), nos muestra al padre de familia, un hombre llamado Rudolf Höss (Christian Friedel) y a su esposa Hedwig (Sandra Hüller), junto con sus cinco hijos arios (uno de ellos, un bebé). La familia Höss vive bajo los principios de La Liga Artaman, un movimiento alemán que abogaba por el abandono de las ciudades y el regreso al campo. Los Höss disfrutan de picnics junto al río y días idílicos en el hermoso jardín de su casa campestre, pero nunca vemos más allá de las paredes que separan su colorida villa con Auschwitz, la fábrica de muerte que se encuentra al otro lado de los muros. 

No obstante, y gracias al soberbio trabajo del ingeniero de sonido Johnnie Burn (el mismo genio de Poor Things), escucharemos a lo lejos los balazos, las súplicas y los llantos que vienen del campo de concentración que Rudolf administra. Asimismo, el fotógrafo Lukasz Zal (el colaborador para las obras maestras de Pawel Pawlikowski Ida y Guerra fría), nos muestra los contrastes entre la luminosa casa de los Höss con esa siniestra nube de humo negro que sale de las chimeneas de los hornos crematorios de Auschwitz, y en algunas escenas presentadas en planos negativos e imágenes de visión térmica, veremos algunos brotes de generosidad, que nos recuerdan cómo La lista de Schindler de Steven Spielberg, más que ser una descripción aterradora y explícita de los horrores del holocausto judío (Ben Kingsley hizo parte de ella en un noble papel), es realmente un ensayo sobre la banalidad de la maldad (parafraseando a Hannah Arendt) y la espontaneidad de la bondad (parafraseando a Viktor Frankl). 

Esta no es una cinta fácil de ver. Los hijos de Rudolf juegan con soldaditos de juguete y uno de ellos encierra al otro en el invernadero, imitando la cámara de gas. Y Hedwig, encarnada por Hüller (la estupenda actriz de Anatomía de una caída y Toni Erdmann), confecciona un retrato maligno que bien puede compararse al Amon Goeth de Ralph Fiennes en la mencionada cinta de Spielberg. Ella se llena de orgullo mientras le muestra su hogar a su madre, quien llega de visita, pero también se siente afortunada por las cosas que ha obtenido de los judíos ejecutados, como un abrigo de visón. Y como todas las amas de casa arribistas, trata a su servidumbre de una manera despótica, solo que aquí ella amenaza a sus empleadas con esparcir sus cenizas por los campos de Babice para que sirvan de abono a sus plantas.  

No hay que demeritar para nada al Rudolf interpretado por Friedel (Daniel Sluiter en la serie basada en El perfume), un hombre con un corte de pelo similar al de un White Power Skinhead, de voz delgada y actitud apacible, pero consagrado a su trabajo y a la causa Nacional Socialista. En dos escenas que nos dan visos sobre él, lo vemos escondido en los corredores de su hogar, lavando sus genitales después de tener un encuentro con una mujer judía, y en la otra lo veremos vomitar una y otra vez, mientras baja por las escaleras, luego de una reunión con sus camaradas.   

Intercalada con la escena del vómito, veremos una secuencia ambientada en la época actual, donde varias mujeres limpian con diligencia y esmero los pisos y las ventanas del Museo del Holocausto, donde se encuentran miles de zapatos, uniformes y prendas de vestir de quienes fueron ejecutados en Auschwitz. 

Algunos criticamos cómo en Oppenheimer, su director Christopher Nolan optó por no mostrar el lanzamiento de las dos bombas atómicas en las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, eliminando a los miles de ancianos, mujeres y niños que habitaban dichas ciudades. Jonathan Glazer fue más allá y nos demostró que se puede estrujar el corazón y rasgar el alma del espectador ante la maldad humana, sin mostrar una sola escena de violencia.   

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