Las primeras imágenes de Heel despiertan sentimientos difíciles de conciliar. Tommy tiene 19 años y parece decidido a desperdiciar cada minuto de su vida. Consume drogas, bebe hasta perder el control, destruye cuanto encuentra a su paso y utiliza la agresividad para gobernar al grupo que lo acompaña durante una noche de excesos. Su comportamiento provoca rabia y rechazo en cualquier espectador sensato, pero también una tristeza casi paternal. Debajo de la arrogancia se reconoce a un muchacho que ha confundido la libertad con la capacidad de hacerse daño sin que nadie pueda detenerlo. El temor no nace únicamente de aquello que Tommy puede hacerles a los demás, sino de la certeza de que nadie le enseñó a imaginar un futuro para sí mismo.
Anson Boon interpreta a Tommy como una versión ampliada y todavía más salvaje de Eddie Harrigan, el joven violento y autodestructivo al que encarna en MobLand. Ambos personajes convierten la provocación en una forma de identidad y atacan antes de que alguien descubra el abandono que esconden. Boon posee una energía física capaz de volver impredecible cada escena. Al comienzo, Tommy parece un animal dispuesto a morder cualquier mano que se acerque; poco a poco, el actor permite que el miedo, la necesidad de afecto y una infancia emocional nunca resuelta aparezcan detrás de esa ferocidad.
Después de desplomarse en la calle, Tommy despierta en el sótano de una enorme casa campestre. Lleva un collar metálico conectado a una cadena que cuelga del techo. Sus secuestradores son Chris (Stephen Graham), y Kathryn (Andrea Riseborough), un matrimonio de modales impecables que vive con su hijo Jonathan, apodado Sunshine e interpretado por Kit Rakusen. La casa tiene libros, plantas, habitaciones ordenadas y la pulcritud de una familia que cree haber dominado cualquier impulso caótico. En el sótano, sin embargo, mantienen a un muchacho atado como si fuera un perro peligroso.
Chris y Kathryn han decidido rehabilitarlo. Lo obligan a observar los videos de sus noches de drogas, vandalismo y abuso; controlan su comida, sus movimientos y sus privilegios; alternan los castigos con pequeñas recompensas, y convierten cada posibilidad de afecto en parte de un programa de modificación de conducta. El título original, Good Boy, revelaba la ironía de ese propósito. Heel resulta todavía más preciso porque alude a la orden utilizada para hacer que un perro camine junto a su dueño y a la expresión inglesa bring someone to heel, que significa someter a una persona. Chris pretende educar a Tommy, pero antes necesita domesticarlo.
El programa incluye una dimensión menos brutal y bastante más reveladora. A Tommy se le da a leer El hombre ilustrado, de Ray Bradbury; Orgullo y prejuicio, de Jane Austen, y Matar a un ruiseñor, de Harper Lee. Chris y Kathryn utilizan la literatura al chico casi analfabeta para acercarlo al razonamiento moral, la empatía y las normas que permiten vivir con otros. Los libros complementan el condicionamiento físico con un intento de transformación ética. Austen le exige comprender las consecuencias de juzgar a los demás desde el prejuicio; Harper Lee lo enfrenta con la necesidad de mirar el mundo desde la experiencia ajena, y Bradbury lo introduce en relatos donde la imaginación también sirve para examinar la violencia humana. Los secuestradores intentan modificar el comportamiento de Tommy y, al mismo tiempo, intervenir su conciencia.
Esa combinación convierte a Heel en un cruce entre La naranja mecánica y Room. De la película de Stanley Kubrick adopta la pregunta sobre la legitimidad de corregir a un individuo violento mediante procedimientos que destruyen su libertad; de la cinta de Lenny Abrahamson recoge el espacio doméstico transformado en prisión y la capacidad del encierro para alterar los vínculos entre captor, cautivo y familia.
Jan Komasa entiende que la premisa exige suspender la credibilidad. Un matrimonio que secuestra delincuentes juveniles y los educa dentro de una casa recorrida por cadenas instaladas en el techo pertenece al territorio de la fábula. La precisión con la que está construido ese universo permite aceptar sus reglas.
El problema central se encuentra en la diferencia entre disciplina y dominación. John Locke, padre del empirismo inglés, defendía en Algunos pensamientos sobre la educación la formación del carácter mediante el hábito, la razón, el dominio de los impulsos y cierto endurecimiento físico. Chris convierte esas ideas en una pedagogía llevada hasta el delirio. Cree que un joven puede aprender a ser libre después de haber desarrollado autocontrol, pero utiliza el castigo físico y la privación de libertad para imponerlo. Sus reglas contienen una intuición válida sobre la necesidad de los límites y una perversión autoritaria que transforma la crianza en obediencia.
En una época dominada por los extremos, el método puede leerse como educación fascista y, en efecto, lo es. Chris decide qué conducta resulta aceptable, administra el dolor y se concede el derecho de reconstruir a otro ser humano según su código moral. Sin embargo, la anomia tampoco ofrece una respuesta. La vida anterior de Tommy demuestra las consecuencias de crecer sin reglas, afecto, responsabilidades ni adultos capaces de intervenir. Heel se atreve a permanecer dentro de esa tensión. La ausencia de límites abandona al joven a sus impulsos; la disciplina absoluta lo convierte en propiedad de quien afirma estar salvándolo.
Stephen Graham construye a Chris desde la amabilidad, la paciencia y una convicción aterradora. Después de interpretar en Adolescence a un padre que intentaba comprender a un hijo sobre el cual había perdido todo control, aquí encarna a un hombre que lleva el poder paternal hasta su expresión totalitaria. Chris habla suavemente, explica cada regla y consigue racionalizar incluso sus actos más crueles. Graham evita el estallido fácil porque sabe que el personaje resulta más amenazante cuando parece convencido de estar haciendo el bien.
Andrea Riseborough ofrece una Kathryn fantasmal, marcada por una pérdida que la película se niega a explicar por completo. Al principio parece sometida a las decisiones de su marido, pero gradualmente revela que participa de manera consciente en el secuestro y que proyecta sobre Tommy una necesidad afectiva propia. Stephen Graham recomendó a Riseborough para el papel después de que ambos interpretaran a los padres de Matilda en Matilda, de Roald Dahl: el musical. El reencuentro contiene una ironía deliciosa. Allí eran progenitores grotescos que despreciaban a una niña extraordinaria; en Heel forman un matrimonio dispuesto a fabricar por la fuerza al hijo que consideran correcto.
Kit Rakusen interpreta a Jonathan como un niño que ha normalizado lo imposible. Habla de Charlie, un muchacho ausente cuyos cómics todavía permanecen en la casa, y acepta la presencia de Tommy con la naturalidad de quien ha crecido dentro de un sistema de secretos. Su relación con el prisionero permite que el joven deje de responder únicamente al miedo y descubra una forma de responsabilidad hacia otro. Monika Frajczyk, como la empleada doméstica Rina, amplía el círculo de complicidad. Chris conoce su pasado y lo utiliza para garantizar su silencio, demostrando que la supuesta moral de la casa depende del chantaje tanto como de la disciplina.
La película conserva algunos enigmas durante demasiado tiempo. El destino de Charlie, la pérdida que marcó a Kathryn y el origen del programa de secuestros permanecen apenas sugeridos. En ciertos momentos, el misterio parece una decisión atmosférica y en otros se siente como una manera de evitar respuestas que enriquecerían a los personajes. La transformación de Tommy también avanza con una rapidez que puede despertar dudas. Aun así, esas omisiones no destruyen la propuesta, porque Komasa está construyendo una parábola sobre el poder educativo antes que un drama sujeto al realismo cotidiano.
El director polaco, responsable de Corpus Christi y The Hater, ha explorado repetidamente personajes que buscan una identidad dentro de instituciones que prometen redención mientras ejercen control. Aquí convierte una elegante residencia en escuela, cárcel, reformatorio, clínica de rehabilitación y perrera.
La fotografía de Michał Dymek aprovecha la limpieza de las habitaciones para volver más perturbadora la violencia que albergan, mientras la partitura de Abel Korzeniowski sostiene la tensión sin anunciar cada amenaza. Komasa evita que el relato dependa exclusivamente de la crueldad y permite que entre captores y cautivo aparezca una cercanía cuya sinceridad nunca elimina el abuso que la hizo posible.
Heel pertenece al terror y al suspenso, aunque su mayor virtud está en generar una discusión que pocas producciones del género se atreven a sostener. ¿Cuánta disciplina necesita un joven para orientar su camino? ¿En qué momento educar se convierte en someter? ¿Puede la lectura despertar empatía cuando ha sido impuesta por alguien que mantiene al lector encadenado? ¿Qué responsabilidad tiene una sociedad que abandona a sus jóvenes y solamente interviene cuando ya les teme?
La película queda por debajo de Canino, la aterradora obra de Yorgos Lanthimos sobre la educación, la crianza y el control absoluto de los hijos. Komasa posee menos ferocidad conceptual y en ocasiones sentimentaliza la evolución de Tommy. Sin embargo, Heel funciona mucho mejor de lo que sugieren sus críticas más destructivas.
Su premisa resulta controversial, su lógica exige aceptar el artificio y algunos misterios quedan abiertos, pero la dirección, las actuaciones y la precisión del universo sostienen el experimento. La cinta comprende que imponer reglas mediante la violencia constituye otra forma de violencia, y también se atreve a recordar que abandonar a un joven a todos sus impulsos y deseos puede convertirse en un grave error.


