Todo cumpleaños encierra una paradoja. Celebra el tiempo vivido mientras confirma que queda menos por vivir. Tres hermanas encuentra su centro emocional en esa contradicción y construye buena parte de sus 79 minutos con grabaciones familiares en las que Joyce Ventura, sus hermanas mayores, Ethy y Bella, y su madre se reúnen para soplar velas, cantar, conversar y registrar momentos cuya importancia solamente podría revelar el paso de los años.
Los videos domésticos suelen grabarse para conservar la felicidad. Nadie enciende una cámara durante una celebración pensando que aquellas personas pueden enfermar, perder la memoria, dejar de caminar o desaparecer. Sin embargo, cuando esas imágenes vuelven a verse años después, cada sonrisa contiene algo que sus protagonistas todavía ignoraban. El pasado permanece intacto dentro de la grabación mientras quienes lo contemplan han seguido envejeciendo. Ventura trabaja con esa dolorosa distancia y permite que el archivo familiar adquiera el peso de una evidencia. Los cuerpos cambian, las voces pierden fuerza, algunas presencias comienzan a faltar y el tiempo se hace visible sin necesidad de grandes declaraciones.
La repetición de los cumpleaños le entrega al documental una estructura tan sencilla como elocuente. Regresan las tortas, las canciones, las reuniones y los gestos que parecen idénticos, aunque cada nueva celebración acusa una transformación. El montaje de Guillermo Madeiro convierte la acumulación en una cuenta regresiva. Las velas representan los años conquistados y, simultáneamente, los que se han perdido. Bajo la aparente inocencia del ritual familiar late la antigua advertencia del memento mori, ese recordatorio de que nuestra condición mortal acompaña incluso los instantes de mayor alegría.
Ventura filma a sus hermanas porque las ama, pero también porque encuentra en ellas dos espejos posibles de su propio futuro. Entre las tres aparecen distintas maneras de relacionarse con la proximidad del final. La serenidad convive con la negación, la rabia, la tristeza y el deseo de seguir viviendo. Más allá de las sanciones morales sobre la adicción al cigarrillo y el suicidio, cada hermana intenta protegerse como puede frente a una certeza que conoce intelectualmente, pero que resulta mucho más difícil aceptar cuando empieza a manifestarse en el cuerpo.
La relación familiar tampoco queda convertida en una postal sentimental. Hay ternura y complicidad, aunque también asoman la distancia, las diferencias de carácter y las heridas que acompañan cualquier vínculo prolongado. Compartir una madre y una historia común no garantiza que tres mujeres comprendan del mismo modo el envejecimiento. La película encuentra buena parte de su honestidad en esas divergencias y en la imposibilidad de fabricar una armonía permanente allí donde la vida ha dejado afectos, separaciones y silencios.
La muerte aparece vinculada con terrores que pueden resultar todavía más inmediatos que el instante final. Está el miedo a depender de otros, a perder las facultades, a dejar de reconocer a quienes amamos y a convertirse en espectador de una existencia que antes podía gobernarse. El diagnóstico de una enfermedad ocular que podría conducir a Ventura a la ceguera concede una urgencia particular a su necesidad de filmar. Una mujer amenazada con perder la vista decide preservar imágenes. La cámara se transforma así en una extensión de la memoria y en una forma de guardar aquello que algún día quizá no pueda volver a contemplar.
La experiencia de la vejez femenina también ocupa un lugar esencial. En una cultura fascinada por la juventud, estas mujeres reclaman el derecho a hablar del deterioro, el miedo y el deseo sin ser reducidas a figuras secundarias dentro de la historia de alguien más. Ventura observa la ancianidad desde el interior, consciente de que ella misma ha atravesado la frontera social de la tercera edad. Esa posición evita la mirada condescendiente y permite que sus protagonistas conserven su humor, sus contradicciones y su capacidad para decidir cómo desean ser vistas.
El humor surge de la confianza que existe entre las hermanas y evita que el documental quede sepultado bajo su propia gravedad. Las bromas, las pequeñas discusiones y la espontaneidad de los encuentros devuelven a la muerte su lugar dentro de la vida cotidiana. Reír continúa siendo una manera de permanecer juntos, incluso cuando todos saben que la celebración puede ser una de las últimas.
La naturaleza acumulativa del material produce algunas reiteraciones y ciertos videos prolongan ideas que ya habían quedado claras. La irregularidad técnica propia del archivo doméstico también obliga al espectador a adaptarse a cambios de formato, sonido y resolución. Esa aspereza conserva, sin embargo, la huella del tiempo. Cada imagen existe porque alguien decidió encender una cámara antes de que el instante se perdiera.
Tres hermanas termina desbordando el retrato particular de las Ventura para formular una pregunta que concierne a cualquier espectador. ¿Cómo se aprende a morir cuando toda nuestra consciencia ha sido construida alrededor del deseo de seguir viviendo? El documental carece de una respuesta tranquilizadora y reconoce que aceptar racionalmente la muerte nunca disipa por completo el miedo. Su raíz existencialista se encuentra en esa consciencia del final, capaz de modificar nuestra relación con los días que todavía poseemos.
Joyce Ventura ha dedicado buena parte de su vida a producir y preservar imágenes (fue la productora de la controversial Gamín de Ciro Durán). En su primer largometraje documental dirige la cámara hacia el territorio más cercano y, por ello, más difícil de explorar. El espectador se sienta junto a estas tres mujeres mientras el tiempo avanza, conserva sus voces y prolonga sus presencias. Cada una de las grabaciones aplaza durante unos minutos la segunda muerte, aquella que llega cuando ya nadie puede recordarnos.


