Crítica: Torah Tropical

La búsqueda espiritual de una familia caleña revela las fronteras del judaísmo, las contradicciones del sionismo y el costo de convertir la fe en destino

Jimmy Ferguson, Ezra Axelrod, Gloria Nancy Monsalve 

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de ThisTopia

El destino manifiesto convirtió una doctrina política en teología aplicada al mapa. Los colonos europeos que avanzaban sobre el territorio estadounidense se convencieron de que Dios les había encomendado ocuparlo, civilizarlo y dominarlo. Aquella misión produjo ciudades y comunidades, pero también justificó el desplazamiento y el exterminio de los pueblos indígenas que ya vivían allí. La idea de una tierra concedida por la providencia contiene una promesa para quien se considera elegido y una amenaza para quien aparece como intruso dentro del relato sagrado.

El sionismo político nació a finales del siglo XIX a partir de una herida histórica diferente. El antisemitismo europeo, las persecuciones y los siglos de diáspora impulsaron la búsqueda de un hogar nacional para el pueblo judío. El Holocausto convirtió aquella aspiración en una necesidad desesperada de refugio y supervivencia. Sin embargo, el proyecto se levantó en la Palestina histórica, un territorio habitado por otro pueblo que también poseía memoria, cultura y vínculos ancestrales con esa tierra. El destino manifiesto y el sionismo recorren caminos históricos distintos, aunque ambos revelan el peligro que aparece cuando una promesa religiosa o una deuda histórica se transforman en derecho exclusivo sobre un territorio.

La fe convierte lo invisible en certeza. Puede darle orden al caos, ofrecer comunidad, sanar una herida y sostener a alguien durante los momentos más oscuros. También puede exigir sacrificios inmensos cuando la convicción de cumplir un mandato divino termina imponiéndose sobre las señales del mundo material. En ese territorio se instala Torah Tropical, un documental sobre la migración, la pertenencia y el sueño de encontrar una patria que existe primero en la imaginación.

La película acompaña durante un año a Isska Dvash, Menajem Aguirre y sus hijas Ruth y Jaia, integrantes de Beit David, una comunidad de judíos conversos ubicada en el barrio El Guabal de Cali. La familia abandonó el cristianismo evangélico, adoptó nombres hebreos y reorganizó su existencia alrededor del judaísmo ortodoxo. El calendario, la alimentación, el vestuario, el descanso, la crianza y las relaciones sociales quedaron sujetos a las leyes de la Torá. Su transformación espiritual también produjo un nuevo destino geográfico. Isska y Menajem creen que deben hacer aliá, instalarse en Israel y reunirse con el pueblo al que sienten pertenecer.

Su historia forma parte de un movimiento creciente en Colombia y América Latina. Algunos conversos buscan recuperar una posible ascendencia sefardí, asociada con los judíos obligados a abrazar el cristianismo durante la Inquisición. Otros provienen de iglesias evangélicas donde el estudio del Antiguo Testamento termina conduciéndolos a rechazar a Jesús como Mesías y adoptar el judaísmo. Los protagonistas pertenecen a este segundo grupo, conocido en algunas ciudades colombianas como el de los judíos emergentes.

Estos conversos estudian hebreo, siguen dietas kosher, celebran el shabat, modifican su apariencia y procuran cumplir centenares de mandamientos que regulan la vida religiosa, familiar y comunitaria. Su compromiso puede resultar más riguroso que el de muchos judíos de nacimiento. Precisamente allí aparece una de las preguntas más poderosas de la película. ¿Cuánto debe transformar una persona su vida para que los demás acepten aquello que ha elegido ser?

Las dificultades comienzan dentro de Colombia. Los emergentes suelen construir sus propias comunidades porque las congregaciones tradicionales no siempre reconocen la autoridad de los rabinos que dirigen sus conversiones. Esta separación produce un judaísmo paralelo, profundamente disciplinado, pero situado en los márgenes de la institucionalidad. Sus integrantes pueden rezar, estudiar la Torá y cumplir los rituales durante años sin obtener el reconocimiento de las organizaciones que administran la pertenencia religiosa.

La paradoja se vuelve todavía más cruel cuando la conversión conduce al sionismo. Para muchos emergentes, Israel representa la culminación de su recorrido espiritual. La religión les enseña que forman parte de un pueblo disperso y que la reunión en la Tierra Prometida cumple un mandato histórico. El Estado se convierte así en una patria imaginada antes de ser conocida, un lugar donde esperan dejar atrás la violencia, la precariedad y la sensación de vivir en una sociedad que los vuelve invisibles.

Menajem ya conoce el desarraigo. Cuando tenía cinco años sobrevivió al bombardeo de la finca familiar en el Meta durante una operación militar contra la guerrilla y debió desplazarse con los suyos hacia el Valle del Cauca. El judaísmo le ofrece una estructura para ordenar aquel trauma y una historia colectiva dentro de la cual puede inscribir su propia experiencia. Israel parece prometer el final de una vida atravesada por la expulsión, aunque su intento de llegar allí terminará repitiendo la herida original.

Isska posee un recorrido diferente. Hija de pastores cristianos convertidos al judaísmo, pasó de cantar rock en bares y participar en movimientos sociales a vivir dentro de una ortodoxia que regula su cuerpo, su cabello y su lugar como mujer. La película encuentra en ella a su figura más compleja porque la antigua rebeldía permanece debajo de la disciplina religiosa. Isska cree con fervor, pero también pregunta, duda y busca una forma de recuperar su voz artística sin abandonar la comunidad que le ha dado sentido a su vida.

Ruth y Jaia introducen una dimensión todavía más delicada. Sus padres eligieron convertirse; ellas han crecido dentro de una identidad ya decidida. Las niñas aprenden las oraciones, los códigos de vestuario y las fronteras entre aquello que pertenece a su fe y aquello que queda por fuera. En ellas se advierte que toda creencia transmitida dentro de una familia también organiza la mirada con la que los hijos aprenderán a dividir el mundo.

Los directores evitan aproximarse al judaísmo como si fuera una colección de prácticas exóticas. La cámara observa el horneado del jalá, las cenas del shabat, la caligrafía hebrea, los cantos, las oraciones y las conversaciones familiares. La fotografía de Jimmy Ferguson y la música de Ezra Axelrod (ambos directores de la película junto a Gloria Nancy Monsalve), construyen una experiencia sensorial en la que la espiritualidad surge de las acciones cotidianas. El documental quiere que el espectador habite la fe antes de juzgarla.

El título expresa el encuentro entre una tradición milenaria y el paisaje colombiano. La Torá dialoga con la humedad, la vegetación, los insectos, las montañas y el río Pance, convertido en una mikvé natural. Cali posee todo aquello que la iconografía de una Tierra Prometida podría ofrecer, pero sus habitantes han aprendido a asociarla con la violencia, el abandono y la necesidad de partir. La familia contempla Israel mientras el documental encuentra señales de lo sagrado en el territorio que ellos desean dejar atrás.

La cercanía con los protagonistas permite comprender su entrega, aunque por momentos también limita la capacidad crítica de la película. La belleza de los rituales suaviza algunas preguntas sobre la autoridad religiosa, las relaciones de género, la discriminación de doble vía y las consecuencias que las decisiones de los adultos tendrán sobre las niñas. El documental observa las contradicciones, pero suele confiar en que el espectador las identifique sin profundizar en ellas. Sus cien minutos también contienen reiteraciones que debilitan el impulso del recorrido antes de la partida.

La imposibilidad de obtener reconocimiento obliga a Isska y Menajem a idear un plan desesperado. Las autoridades israelíes no aceptan la conversión realizada por su comunidad y, por tanto, la familia carece de una vía legal para instalarse en el país. Deciden ingresar como turistas cristianos mientras buscan completar otro proceso religioso dentro de Israel. Para lograrlo deben esconder los libros, abandonar las prendas ortodoxas y ocultar precisamente la identidad que desean demostrar.

La escena resume toda la ironía de Torah Tropical. Después de renunciar al cristianismo y transformar cada aspecto de su existencia, Isska, Menajem y sus hijas deben disfrazarse de cristianos para alcanzar el Estado que imaginan como hogar del pueblo judío. La Tierra Prometida exige que nieguen su fe antes de permitirles pisarla.

El intento fracasa y la familia es deportada. El judaísmo les concedió una identidad interior, pero las instituciones conservaron el poder de declarar inválida esa transformación. En la exclusión intervienen la autoridad rabínica, la clase social, la nacionalidad y la racialización de unos creyentes latinoamericanos que carecen de los contactos y recursos necesarios para atravesar el laberinto religioso y migratorio. El sionismo les prometió un hogar común para todos los judíos, aunque primero les exige demostrar ante otros que merecen ese nombre.

La película llega a las salas en un momento doloroso para hablar sobre judaísmo, sionismo y territorio. Los ataques del 7 de octubre de 2023, la devastación de Gaza y la polarización posterior condicionan inevitablemente su recepción. La fe judía y las decisiones del Estado de Israel pertenecen a dimensiones diferentes, pero el viaje de la familia lleva ambas hacia el mismo territorio y obliga a examinar los puntos donde se encuentran.

Los palestinos apenas aparecen en una escena donde una de las niñas pinta un templo y su madre le explica que se trata de un lugar árabe en el que ellos no rezan. La brevedad del momento revela una ausencia significativa. Israel ocupa la imaginación de la familia como espacio espiritual y refugio, mientras la población palestina queda fuera de ese sueño. Una película interesada en la pertenencia y la expulsión habría podido profundizar en esa contradicción, especialmente cuando sus protagonistas desean instalarse en una tierra cuyo conflicto también se ha construido alrededor de quién puede llamarla hogar.

La omisión no anula el valor del documental, pero sí marca su límite político. Torah Tropical resulta más lúcida al explorar la exclusión padecida por los conversos colombianos que al interrogar la exclusión producida por el proyecto territorial al que desean incorporarse. Su mirada conserva la escala familiar y deja el conflicto histórico temblando en los márgenes.

Cuando Isska afirma que una tierra puede “vomitar” a quienes intentan habitarla, la expresión alcanza una fuerza devastadora. Israel, imaginado como destino final, devuelve a la familia hacia Colombia y convierte el sueño migratorio en una experiencia traumática. La fe sobrevive, aunque queda obligada a convivir con el fracaso. Isska y Menajem deben reconstruir su hogar en el país que consideraban una estación provisional.

Torah Tropical termina hablando de todos aquellos que creen que la plenitud se encuentra en otra parte. Colombia es una nación de migrantes, desplazados y soñadores que miran hacia el norte, Europa o cualquier lugar capaz de adquirir la forma de una salvación. Algunas veces el destino ofrece una nueva vida; otras veces revela que también estaba hecho de fronteras, prejuicios y promesas imposibles.

La pregunta final surge del regreso. ¿Y si Colombia fuera la Tierra Prometida que sus habitantes llevan generaciones buscando lejos de ella? La respuesta carece de cualquier optimismo patriótico. El regreso obliga a mirar nuevamente hacia Colombia, un país cuya historia también ha sido escrita mediante el desplazamiento forzado, la ocupación violenta de la tierra y la expulsión de comunidades enteras. Guerrillas, paramilitares, narcotraficantes, terratenientes y agentes del Estado han disputado durante décadas el control de los territorios, mientras campesinos, indígenas, comunidades afrodescendientes y familias humildes terminan pagando las consecuencias del conflicto armado. 

La infancia de Menajem, marcada por el bombardeo de la finca familiar y la huida hacia el Valle del Cauca, conecta su sueño de Israel con una herida nacional que nunca terminó de cerrarse. Preguntarse si Colombia puede ser nuestra Tierra Prometida implica construir un país que deje de expulsar a sus propios habitantes, donde la tierra abandone su condición de botín y pueda convertirse en hogar. El río Pance, las montañas y la exuberancia del Valle permanecen allí cuando la familia regresa, pero ninguna belleza natural bastará mientras quienes trabajan y cuidan el territorio continúen condenados a perderlo. La verdadera promesa comenzará el día en que Colombia (y los gobiernos del mundo) dejen de vomitar a su propia gente. Tal utopía necesita de enormes cantidades de fe.

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