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Crítica: Todos somos extraños (All Of Us Strangers)

Un hombre visita los fantasmas de su pasado en un melancólico ensayo cinematográfico sobre la vida, la muerte y el amor.

Andrew Haigh 

/ Andrew Scott, Paul Mescal, Jamie Bell, Claire Foy

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de Cinecolor

En la película animada Mi amigo robot, un perro solitario y un robot conforman una relación afectiva muy fuerte al son de la fantástica canción September de Earth, Wind & Fire. Curiosamente, en Todos somos extraños un hombre solitario conforma una relación afectiva, ambientada por la hermosa canción ochentera The Power Of Love de Frankie Goes To Hollywood.

Andrew Scott (el desquiciado Moriarty de la serie Sherlock) interpreta a Adam, un guionista intentando conectarse con su pasado para poder así escribir sobre sus padres. Busca la ayuda de fotografías y de la música de los ochenta con la que creció (junto a Frankie escucharemos a Fine Young Cannibals, Alison Moyet, The Housemartins y Pet Shop Boys).  Sin embargo, esto no es suficiente y decide viajar a su hogar de infancia. Llega allí y su padre (Jamie Bell desplegando su carisma de Billy Elliot), lo invita a entrar a la casa. Algo no cuadra muy bien aquí, ya que el padre de Adam aparentemente tiene la misma edad del hijo. 

En la casa encontraremos a la madre de Adam (Claire Foy de The Crown), tan joven como él. Tanto el padre como la madre interrogan a su hijo como si no lo hubieran visto en mucho tiempo. Lo cierto es que los padres de Adam murieron en un accidente automovilístico cuando él era tan solo un niño. Andrew Haigh, el colaborador de Ridley Scott convertido en director, utiliza la premisa de la novela de 1987 Extraños, de Taishi Yamada (que ya había sido adaptada anteriormente por Nobuhiko Obayashi en la cinta Los desencarnados), para recrear una irresistible fantasía: Podernos encontrar de nuevo con nuestros padres después de muertos en la casa que fue nuestro hogar de niños. 

Junto a esa reunión de Adam con los fantasmas de su pasado, también tenemos a Harry (Paul Mescal de Aftersun), un vecino tan solitario como él y la única otra persona que vive en el enorme edificio donde reside Adam. Una noche Harry toca a la puerta de Adam y le ofrece un trago, algo de compañía y quizás un encuentro sexual. Adam es gay, pero decide rechazar la propuesta. Sin embargo, al cabo del tiempo se arrepiente y decide buscarlo, para finalmente aceptar la invitación. 

Gracias a la fotografía etérea de Jamie Ramsey (See How They Run), a la música misteriosa y melancólica de Emilie Levienaise-Farrouch, a la edición orgánica de Jonathan Albert y a la sensibilidad del director Haigh, los encuentros entre Adam y Harry están cargados de altas dosis de erotismo y nos recuerdan el romance de Elio y Oliver en la sensual Call Me By Your Name. Ambos comienzan a conformar una estrecha relación romántica, pero Adam sigue visitando a los fantasmas de su pasado y no es capaz de atravesar su duelo y continuar con su vida. Él nunca le dijo a sus padres que era gay, ellos nunca lo vieron convertirse en escritor. El accidente acabó de una manera abrupta con todo lo que conlleva una vida familiar y él quiere retomarla. 

Al parecer, este es un trabajo tremendamente personal para Andrew Haigh, un director abiertamente gay que filmó en su casa de infancia real las escenas de Adam y sus padres. Quizás por ello descuidó el ritmo de su cinta como también el armazón efectista del encuentro de Adam con sus fantasmas, que lleva a un giro de tuerca similar al que nos acostumbra a entregar el director M Night Shyamalan. Pero la verdad, eso no importa. 

Todos somos extraños recaptura ese cine independiente crudo, profundo y potente de finales de los ochenta y comienzos de los noventa, heredero del teatro contemporáneo, donde lo más importante era comentar sobre la vida, la muerte y el amor, los tres aspectos que hacen parte esencial de la condición humana. Es ahí donde su director logra calar muy hondo.

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