Crítica: The Fall And Rise Of Reggie Dinkins: Temporada 1

Una ex estrella del fútbol americano busca recuperar su legado en una de las comedias más inteligentes y divertidas que la televisión estadounidense ha producido en los últimos años.

/ Tracy Morgan, Daniel Radcliffe, Erika Alexander, Bobby Moynihan, Precious Way, Jalyn Hall, Craig Robinson

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de Universal+

La cadena de televisión estadounidense NBC construyó buena parte de la historia de la comedia moderna a partir de personajes que nunca terminaban de poner su vida en orden. Cheers, Frasier, Seinfeld, 30 Rock, The Office, Parks And Recreation, la mejor tradición del canal del Pavo Real entendió que el humor nace menos del éxito que del fracaso. Sus protagonistas eran personas brillantes para complicarse la existencia, profesionales competentes, incapaces de gobernar sus emociones y adultos que seguían comportándose como adolescentes cuando el orgullo o el miedo aparecían. Robert Carlock y Sam Means aprendieron esa lección durante años trabajando junto a Tina Fey y terminó perfeccionándola en 30 Rock y Unbreakable Kimmy Schmidt

Con The Fall and Rise Of Reggie Dinkins, Carlock y Fey vuelven a esa escuela de comedia absurda, veloz e inteligente, pero esta vez cambian los estudios de televisión por el fútbol americano y descubren que ambos mundos funcionan exactamente igual. Son industrias donde la fama puede durar décadas y desaparecer en cuestión de segundos.

Lo primero que llama la atención es que la serie nunca convierte el deporte en su verdadero tema. El fútbol americano está presente en cada episodio, aparecen comentaristas deportivos, ex jugadores, entrenadores, periodistas y fanáticos obsesionados con los Jets de Nueva York, pero el interés de los guionistas nunca pasa por explicar el funcionamiento de la NFL. El deporte es simplemente el escenario donde ocurre una pregunta mucho más interesante: ¿Qué sucede cuando la única historia que el mundo recuerda sobre una persona coincide con el peor momento de su vida?

Reggie Dinkins carga precisamente con ese peso. Durante años fue una de las mayores figuras del fútbol americano profesional hasta que una llamada equivocada destruyó toda su carrera. En lugar de comunicarse con su corredor de apuestas, terminó llamando a una cadena deportiva nacional para hablar de las apuestas que había realizado sobre sus propios partidos. La consecuencia fue inmediata. Expulsión, desprestigio público y una ciudad entera convirtiéndolo en el responsable de una de las mayores humillaciones deportivas de los Jets.

En cualquier otra serie esa premisa habría servido para construir una historia de redención convencional. Aquí ocurre algo distinto. Reggie jamás deja de ser responsable de sus errores, pero tampoco es reducido a ellos. Tracy Morgan interpreta a un hombre cuya inmadurez resulta inseparable de una enorme capacidad para despertar afecto. Sigue siendo impulsivo, egocéntrico y extraordinariamente ingenuo. Continúa diciendo tonterías con absoluta convicción y tomando decisiones que desafían cualquier lógica. Sin embargo, debajo de esa fachada aparece alguien que todavía quiere ser un buen padre, un buen amigo y, sobre todo, alguien digno de volver a ser admirado.

Morgan, el alumno prodigio de Saturday Night Live, encuentra probablemente su mejor personaje desde Tracy Jordan en 30 Rock. Existen conexiones inevitables entre ambos. Los dos poseen una lógica delirante, un ego gigantesco y una capacidad infinita para producir caos. La diferencia consiste en que Reggie tiene una profundidad emocional mucho mayor. La serie permite que aparezcan la culpa, el arrepentimiento y la necesidad de reconciliarse con el pasado sin abandonar jamás el humor absurdo que caracteriza al actor. Cada episodio confirma que pocos intérpretes poseen un ritmo cómico tan extraño y preciso como el suyo. Sus pausas, sus cambios de tono y esa manera de convertir el disparate en una verdad absoluta siguen siendo un mecanismo casi perfecto para provocar la risa.

La gran decisión de Carlock y Means consiste en no convertirlo en el único protagonista. El falso documental introduce inmediatamente a Arthur Tobin, interpretado por un extraordinario Daniel Radcliffe, quien ya había demostrado su enorme talento cómico en el biopic paródico del genio de la parodia musical “Weird Al” Yankovic. Ganador del Óscar gracias a un prestigioso documental, Arthur destruyó su reputación después de sufrir un colapso nervioso durante el rodaje de una superproducción de superhéroes. Nadie quiere contratarlo y acepta filmar la vida de Reggie convencido de que ese proyecto podrá devolverle el prestigio perdido.

Arthur termina funcionando como el espejo perfecto de Reggie. Ambos son hombres que intentan reconstruir una identidad después de un escándalo público. Ambos necesitan que alguien vuelva a creer en ellos. Ambos están convencidos de que este documental cambiará sus vidas. La diferencia radica en sus personalidades. Mientras Reggie avanza impulsado por el optimismo más irracional imaginable, Arthur analiza cada situación con una ansiedad casi patológica. Radcliffe interpreta esa neurosis con una precisión admirable, construyendo un personaje que oscila permanentemente entre la superioridad intelectual, la inseguridad profesional y el entusiasmo infantil (véanlo sucumbir ante los encantos de Megan Thee Stallion) de quien vuelve a descubrir el placer de hacer cine.

Más interesante todavía resulta la forma como la serie utiliza el propio lenguaje documental. Después de The Office, Modern Family, Abbott Elementary o Parks And Recreation, el falso documental terminó convirtiéndose muchas veces en una simple excusa estética para justificar entrevistas a cámara. Aquí recupera su función dramática original. Existe un documental real que está siendo filmado. Arthur toma decisiones narrativas, busca escenas, manipula situaciones y modifica el comportamiento de quienes aparecen frente a la cámara. Los personajes son conscientes de estar siendo observados y constantemente negocian la imagen que desean proyectar. Esa tensión convierte el dispositivo documental en parte esencial del conflicto y no únicamente en una convención televisiva proveniente del reality show.

Aun así, esa decisión termina beneficiando el ritmo. La primera temporada avanza con una velocidad admirable. Cada episodio introduce nuevas situaciones, personajes y obstáculos sin que el relato pierda cohesión. Carlock continúa escribiendo con esa cadencia casi musical que convirtió a 30 Rock en una referencia de la comedia contemporánea. Los chistes aparecen constantemente. Algunos funcionan mediante referencias culturales, otros dependen del absurdo más completo y otros nacen simplemente de observar cómo dos personas completamente incompatibles intentan convivir. No todos alcanzan el mismo nivel, por supuesto, pero la frecuencia con la que aparecen genera una sensación de dinamismo que pocas sitcoms actuales consiguen mantener.

También resulta refrescante comprobar que la serie no necesita construir personajes moralmente ejemplares para despertar empatía. Reggie sigue siendo inmaduro. Arthur puede resultar insoportablemente pretencioso. La ex esposa Monica (Erika Alexander) controla hasta el último aspecto de la vida de quienes ama. Brina (Precious Way), la nueva pareja de Reggie, convierte prácticamente cualquier situación en una oportunidad para fortalecer su marca personal. Rusty (Bobby Moynihan), el exjugador, mejor amigo y huésped permanente de Reggie, posee el entusiasmo de un cachorro y el criterio de un adolescente. Carmelo (Jalyn Hall), el precoz y despreocupado hijo adolescente de Reggie, tampoco escapa de ciertos privilegios derivados de crecer rodeado de fama y dinero. Todos se equivocan constantemente y todos toman decisiones discutibles. Precisamente por eso terminan pareciendo personas antes que funciones narrativas.

La serie encuentra además un equilibrio particularmente interesante entre dos generaciones de comediantes. Tracy Morgan y Bobby Moynihan representan una tradición profundamente física, impulsiva y casi caótica, heredera del Saturday Night Live más salvaje. Daniel Radcliffe pertenece a otra escuela completamente distinta, con una interpretación sustentada en el ritmo verbal, la incomodidad social y la neurosis intelectual. Verlos compartir escenas produce buena parte de las mejores secuencias de la temporada porque los tres parecen hablar idiomas cómicos diferentes que, de alguna manera, terminan complementándose.

Hay un detalle particularmente inteligente en la construcción de Arthur. La serie nunca se burla de su amor por el documental. Al contrario. Aunque constantemente ridiculiza cierta solemnidad del cine de prestigio (con ecos a la maravillosa serie paródica Documentary Now!), reconoce que Arthur cree profundamente en el poder de las historias para transformar la percepción pública de una persona. Esa convicción convierte su trabajo en algo más complejo que una simple operación de mercadeo. Poco a poco descubre que no basta con encontrar una buena narrativa; también debe decidir hasta dónde está dispuesto a manipular la realidad para conseguirla. Esa tensión ética atraviesa silenciosamente toda la temporada y añade una dimensión inesperada al falso documental.

La puesta en escena entiende muy bien las convenciones del género. Las entrevistas, las imágenes de archivo, el acceso permanente a la intimidad de los personajes y la cámara aparentemente improvisada nunca se sienten como una imitación automática de The Office. Existe una lógica documental detrás de cada decisión formal porque el documental forma parte activa de la historia. Esa diferencia parece pequeña, pero modifica completamente la experiencia del espectador.

Otro acierto consiste en la manera como la serie observa el deporte desde fuera del terreno de juego. Casi nunca vemos partidos. Lo importante ocurre después del estadio: los programas deportivos que fabrican héroes y villanos (encarnados fabulosamente por Craig Robinson, Heidi Gardner y Corbin Bernsen), las campañas publicitarias, los representantes, las entrevistas, los patrocinadores y la maquinaria mediática que convierte cualquier error en un espectáculo nacional. Carlock entiende que el fútbol americano funciona aquí como una enorme fábrica de relatos donde la verdad importa bastante menos que la versión más rentable de los hechos.

En el fondo, The Fall and Rise of Reggie Dinkins termina hablando de algo profundamente humano. Todos construimos una imagen de nosotros mismos que tarde o temprano termina rompiéndose. Algunos la pierden por un error público, otros por una mala decisión, otros simplemente porque el tiempo pasa y deja de mirar hacia ellos. Reggie, Arthur, Monica e incluso Brina viven intentando responder la misma pregunta: ¿cómo volver a empezar cuando el mundo cree conocerte mejor de lo que tú mismo te conoces?

Quizá por eso la serie funciona incluso cuando alguno de sus episodios baja ligeramente el nivel. El espectador ya no permanece únicamente por los chistes. Permanece porque quiere seguir acompañando a ese grupo de personas mientras intentan reconstruir versiones más honestas de sí mismas. Esa capacidad para generar afecto fue precisamente una de las grandes virtudes de las mejores comedias de NBC durante varias décadas, y Carlock demuestra que todavía sabe cómo lograrla.

No alcanza la perfección de 30 Rock, ni posee todavía la precisión narrativa de las mejores temporadas de Parks And Recreation. Hay conflictos que podrían desarrollarse con mayor profundidad y algunos personajes secundarios seguramente crecerán mucho más en futuras temporadas. Pero pocas comedias recientes consiguen combinar con tanta naturalidad la velocidad del humor, la construcción de personajes y la observación del fracaso como parte inevitable de la experiencia humana.

Reggie Dinkins cree que este documental puede devolverle un lugar en el Salón de la Fama. La serie, mientras tanto, consigue algo mucho más importante: recordarnos por qué Tracy Morgan sigue siendo uno de los grandes comediantes de la televisión estadounidense y confirmar que Robert Carlock y Sam Means continúan entendiendo mejor que casi nadie esa vieja verdad que convirtió a NBC en la casa de algunas de las mejores sitcoms de todos los tiempos. Porque las personas verdaderamente memorables nunca son las que lo hacen todo bien. Son aquellas que tropiezan, hacen el ridículo, vuelven a levantarse y encuentran la fuerza suficiente para seguir intentando que la próxima versión de sí mismas sea un poco mejor que la anterior.

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