Crítica: Sierra: El álbum mortuorio

Una pesadilla de violencia y fanatismo que termina convertida en un espectáculo de terror camp

Carlos Ortiz Alarcón 

/ Manuela Soto Sarasa, Gigi Cuervo, Marisol Correa Vega, Ángela Mayorga Gómez, Giancarlo Mendoza Jaimes, Valeria Parada García, Eduar Salas Burbano, Iván Vargas González, Viviana Vargas Bernal, Jairo Arcila Idárraga, Carlos Carrillo

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de 88 Films Productions

El cine de terror puede dividirse en tres grandes categorías. Existe el terror puro y duro, aquel que consigue estremecer al espectador mediante una combinación de atmósfera, violencia, tensión y amenazas que parecen escapar de nuestras peores pesadillas. Después encontramos el terror camp, una celebración de lo grotesco, lo extravagante y lo deliberadamente absurdo, que ha producido algunas de las películas más divertidas del género. 

Finalmente, existe una tercera categoría bastante menos afortunada, integrada por producciones que aspiran a provocar auténtico espanto, pero terminan despertando carcajadas por razones que sus realizadores jamás contemplaron. Sierra: El álbum mortuorio (no confundir con el brutal documental de 2004 La sierra), del director colombiano Carlos Ortiz Alarcón, pertenece a esta última familia. Y lo hace con un entusiasmo verdaderamente desconcertante.

La película parece concebida después de una maratón cinematográfica que incluye a Saw, The Purge, The Strangers, Silent Rage, Peeping Tom, Martyrs, The Texas Chain Saw Massacre, Halloween, Scream y Friday the 13th. De la primera toma su título y cierta fascinación por los mecanismos de tortura; de la segunda y la tercera, la violencia convertida en expresión de una sociedad moralmente descompuesta; de Silent Rage, la figura de un asesino imparable de comportamiento prácticamente sobrehumano; de Peeping Tom, el fetiche de tomar fotos de sus crímenes por parte del asesino; y de Martyrs, la pretensión de encontrar una dimensión filosófica detrás del abuso y el sufrimiento físico que sufren dos mujeres. 

Las influencias de Tobe Hooper, John Carpenter, Wes Craven y Sean S. Cunningham aparecen en la iconografía del asesino, los personajes condenados a enfrentarse con amenazas brutales y las convenciones del slasher. El problema radica en que Ortiz Alarcón acumula estos ingredientes sin comprender demasiado bien los mecanismos dramáticos que permitieron que aquellas películas se convirtieran en referentes del género.

La historia transcurre en Pueblo Blanco, una población colombiana ficticia, aislada y aparentemente tranquila, donde la desaparición de una joven desencadena una cadena de acontecimientos violentos. Pronto descubrimos unos secretos relacionados con una antigua secta, el fanatismo religioso y una historia de abusos que ha marcado a varias generaciones. 

Un misterioso álbum mortuorio conserva parte de esa memoria colectiva y conecta el pasado de Sierra con los acontecimientos que están transformando el pueblo en un escenario de muerte. La premisa posee elementos suficientes para desarrollar un relato de horror rural, especialmente dentro de un contexto colombiano donde la violencia, las complicidades comunitarias y la impunidad constituyen materiales dramáticos de una riqueza considerable. Sin embargo, el guion parece mucho más interesado en encadenar atrocidades que en explorar las implicaciones de su propia historia.

La búsqueda de una joven de diecinueve años, conduce a las autoridades hasta un bar clandestino donde dos hermanas viven sometidas a los abusos de su tío y de una clientela particularmente despreciable. La aparición de un hombre misterioso en el bosque precipita los acontecimientos y termina involucrando al comisario, a su compañero y a buena parte de los habitantes en una sucesión de crímenes y rituales. 

Ortiz Alarcón intenta establecer conexiones entre las historias de estos personajes, pero las relaciones están desarrolladas de manera tan atropellada que resulta difícil involucrarse con sus destinos. Los policías parecen extraídos de un melodrama televisivo (o de la cinta de Jarmusch The Dead Don’t Die), los habitantes del pueblo funcionan como una colección de sospechosos y víctimas potenciales, mientras que los personajes asociados con la secta exhiben una perversidad tan exagerada que acaban pareciendo caricaturas.

Las actuaciones representan otro de los grandes problemas de la película. El elenco, integrado por intérpretes de distintas generaciones y trayectorias, carece de una dirección capaz de establecer un registro dramático coherente. Buena parte de las intervenciones están dominadas por gritos, gesticulaciones excesivas y expresiones de espanto que terminan resultando cómicas. Los enfrentamientos verbales adquieren la intensidad de una telenovela particularmente histérica, mientras que las escenas de persecuciones y asesinatos parecen competir por determinar quién consigue alcanzar el volumen más alto. 

El terror necesita personajes creíbles, incluso cuando sus historias transcurren en universos delirantes. Aquí las sobreactuaciones hacen imposible establecer una conexión emocional con sus desgracias. Tampoco ayudan los problemas de montaje y puesta en escena. Las secuencias parecen avanzar sin una progresión dramática reconocible, alternando explicaciones sobre los secretos del pueblo con episodios de violencia y muerte.

El suspenso depende, entre otras cosas, de administrar la información y controlar la duración de los acontecimientos. Ortiz Alarcón parece confiar en que la presencia de personajes amenazantes, rituales siniestros y agresiones físicas será suficiente para mantener la atención. Sin embargo, sus 88 minutos transcurren sin encontrar un ritmo satisfactorio, una tensión sostenida o siquiera alguno de esos sobresaltos elementales que cualquier película de terror de bajo presupuesto debería poder provocar.

El componente social tampoco termina de funcionar. La película pretende examinar cómo la corrupción, el abandono institucional y el fanatismo religioso han contribuido a perpetuar la violencia en una comunidad condenada por sus propios secretos. Son preocupaciones pertinentes dentro de la realidad colombiana, pero aparecen expresadas mediante lugares comunes que apenas permiten reconocer sus implicaciones. La secta funciona como un recurso argumental para justificar los acontecimientos más disparatados, mientras que el álbum mortuorio, concebido como depositario de una memoria colectiva traumática, carece de la fuerza simbólica que semejante objeto debería adquirir dentro del relato.

Existe una larga tradición de películas que han convertido sus limitaciones presupuestales en oportunidades creativas. The Texas Chain Saw Massacre continúa siendo una obra maestra porque Tobe Hooper comprendió que la sugestión podía resultar mucho más perturbadora que la exhibición explícita de la violencia. John Carpenter construyó buena parte de la eficacia de Halloween mediante la composición visual, el manejo del espacio y la administración del tiempo. 

Incluso las producciones más extravagantes de Herschell Gordon Lewis (Blood Feast) y del colombiano Jairo Pinilla (Área maldita) comprendían la importancia de ofrecer un espectáculo consecuente con sus propias reglas. Sierra demuestra escaso interés por estas lecciones y parece convencida de que la acumulación de referentes constituye una garantía de efectividad.

Resulta especialmente frustrante que una producción colombiana interesada en explorar el horror rural termine recurriendo a un repertorio tan convencional de fórmulas estadounidenses. Nuestro país posee una historia de violencia, supersticiones, religiosidad popular y conflictos territoriales que podría alimentar innumerables propuestas originales dentro del género. Ortiz Alarcón dispone de un escenario propicio para aprovechar esos elementos, pero termina subordinándolos a una sucesión de imitaciones que carecen de personalidad cinematográfica.

El resultado es una película que se toma demasiado en serio sus propios disparates. Sus personajes gritan, amenazan, sufren y mueren mientras el relato avanza entre situaciones cada vez menos convincentes. El espectador puede terminar riéndose, aunque difícilmente por las razones que esperaba el director. Esa es precisamente la tragedia del terror camp involuntario: cuanto mayores son sus esfuerzos por resultar aterrador, más evidentes se vuelven sus debilidades. Sierra: El álbum mortuorio quiere convertirse en una pesadilla sobre los horrores que esconde una comunidad colombiana. Pero al final, el verdadero espanto consiste en comprobar lo poco que consigue hacer con una premisa que prometía bastante más.

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