Si el cine de Bi Gan había construido hasta ahora una poética donde la memoria, el tiempo y el espacio se entrelazaban como un sueño del que era imposible despertar, Resurrección representa un punto de inflexión. Ya no se trata únicamente de un director que juega con la percepción, sino de un cineasta que parece querer convertir toda la historia del cine en una gran instalación artística. El resultado posee momentos de una belleza visual extraordinaria, pero también evidencia un problema creciente en cierto cine de autor contemporáneo y que tiene que ver con que la fascinación por el dispositivo termina sustituyendo aquello que el dispositivo debería expresar.
La premisa es tan barroca como sugerente. En un futuro donde la humanidad ha descubierto que dejar de soñar garantiza la inmortalidad, quienes continúan soñando son perseguidos como una anomalía. Un “Deliriant”, interpretado por Jackson Yee, atraviesa distintos sueños guiado por una misteriosa figura encarnada por Shu Qi. Cada uno de esos sueños corresponde a un período distinto de la historia del cine, de la historia china y de una forma diferente de experimentar los sentidos. Es una idea inmensamente rica, pero Bi Gan nunca parece interesado en desarrollar una narración que permita habitar ese universo. Prefiere convertir cada episodio en un museo de referencias cinematográficas.
Ahí aparece el mayor mérito y, al mismo tiempo, la mayor debilidad de Resurrección. La película evoca permanentemente al expresionismo alemán, a Georges Méliès, al cine mudo en general, al noir, al melodrama, al wuxia, al thriller de espionaje, al cine romántico de Wong Kar-wai, al humanismo contemplativo de Andrei Tarkovsky y a las largas coreografías visuales que ya caracterizaban a Largo viaje hacia la noche. No son simples homenajes. Cada segmento intenta absorber el lenguaje de una tradición distinta para demostrar que el cine puede renacer infinitamente dentro de sí mismo.
El problema aparece cuando ese admirable despliegue de cinefilia de casi tres horas empieza a sentirse más cercano a la catalogación que a la creación. Las imágenes son extraordinarias, los decorados parecen construidos dentro de un sueño expresionista, la fotografía convierte cada plano en una pintura, el diseño de producción cambia constantemente de piel con una sofisticación casi imposible de describir. Sin embargo, detrás de semejante despliegue cuesta encontrar personajes de carne y hueso. Todo existe para ilustrar una idea sobre el cine, pero muy pocas veces para emocionar.
Resulta inevitable asociar a Resurrección con Megalopolis, de Francis Ford Coppola, Alpha, de Julia Ducournau, o incluso Her Private Hell, de Nicolas Winding Refn. Son películas profundamente distintas entre sí, pero comparten un mismo síntoma: directores extraordinarios que parecen dialogar más con su propia filmografía y con la historia del cine que con el espectador. Existe una voluntad evidente de construir una contracultura frente a una época dominada por TikTok, Instagram y el consumo fragmentado de imágenes. La intención es legítima. La respuesta, en cambio, resulta discutible. Oponer tres horas de abstracción absoluta al vértigo digital no garantiza una experiencia cinematográfica más profunda.
Bi Gan parece convencido de que el misterio equivale automáticamente a profundidad. No siempre ocurre así. La ausencia de una narrativa clara no convierte una película en una obra abierta; en ocasiones simplemente dificulta cualquier implicación emocional. Resurrección avanza como una sucesión de viñetas hipnóticas donde todo parece importante y, paradójicamente, casi nada termina teniendo verdadero peso dramático. La película invita constantemente a interpretar símbolos, metáforas y asociaciones, pero rara vez ofrece una recompensa emocional equivalente al esfuerzo que exige.
Eso no significa que estemos ante un absoluto fracaso. Muy por el contrario. Hay secuencias sencillamente prodigiosas. La apertura inspirada en el cine silente posee una imaginación visual desbordante. Algunos movimientos de cámara parecen desafiar las leyes físicas. El impresionante plano secuencia final vuelve a demostrar que Bi Gan domina el espacio cinematográfico como muy pocos cineastas contemporáneos. Incluso cuando la película pierde el rumbo, nunca deja de ser visualmente estimulante.
También hay algo profundamente hermoso en su defensa del acto de soñar. En tiempos donde los algoritmos parecen reducir toda experiencia a segundos de atención, Bi Gan reivindica la paciencia, la contemplación y el poder casi espiritual de las imágenes. Lo que ocurre es que termina confundiendo contemplación con dilación y complejidad con opacidad.
Quizá Resurrección sea menos una película que un manifiesto sobre el estado actual del cine. Un manifiesto que afirma que las imágenes aún pueden sobrevivir a la velocidad del consumo contemporáneo. Pero un manifiesto no necesariamente construye una gran obra dramática. Bi Gan sigue siendo uno de los grandes estilistas de su generación. Lo que aquí queda en duda no es su talento visual, sino la capacidad de ese talento para transformarse en una experiencia humana.
Porque el cine no sobrevive únicamente gracias a las imágenes que admiramos. Sobrevive, sobre todo, gracias a aquellas que seguimos recordando cuando las luces de la sala ya se han encendido. Y Resurrección, pese a toda su deslumbrante arquitectura visual, termina pareciéndose más a un museo extraordinario que a un sueño imposible de olvidar.


