Cuando Julia Ducournau ganó la Palma de Oro por Titane en 2021, el mundo del cine se dividió entre quienes la consideraban una visionaria y quienes veían en su estilo una repugnante provocación hueca disfrazada de audacia. Con Alpha, su nuevo largometraje, la discusión parece saldada. Estamos ante un fracaso rotundo, donde cada idea es enterrada bajo una montaña de excesos visuales, una narrativa disparatada y una puesta en escena que exige atención sin ofrecer recompensa alguna.
La premisa es, al menos en papel, sugerente. Alpha (Mélissa Boros), es una adolescente franco-marroquí de 13 años, que regresa de una fiesta con una misteriosa “A” tatuada en el brazo. Su madre (Golshifteh Farahani), médica en un hospital saturado por una epidemia que convierte a las personas en estatuas de mármol, sospecha que su hija está infectada. De fondo, una sociedad en aparente colapso, una enfermedad sin cura, y los ecos de una fractura familiar que se proyectan en el cuerpo y la mente de la protagonista.
Hasta ahí, todo indica que Ducournau regresa a sus obsesiones: el cuerpo como campo de batalla, la mutación como metáfora del trauma, la descomposición física como vía de expresión emocional. Pero Alpha no profundiza nada de esto. El guion (si es que puede llamarse así a esta serie de viñetas desarticuladas) no construye, no desarrolla ni propone. Solo acumula escenas de alto voltaje visual y emocional que no dialogan entre sí, como si Ducournau hubiera decidido destruir la estructura dramática en nombre de una libertad creativa mal entendida.
El resultado es una olla podrida de influencias, pero indigesta. Hay fragmentos que evocan la estilización onírica de David Lynch, los pulsos visuales de Danny Boyle en Trainspotting, las pesadillas sensoriales de Gaspar Noé y Darren Aronofsky, el romanticismo suicida de Leos Carax y la obsesión fisiológica de David Cronenberg. Pero todo eso está ahí como poses, como citas, como gestos sin alma. La película no encuentra un tono. Se disuelve en un continuo ruido, sin control, sin centro, sin dirección. Esto es lo más cercano a la contaminación visual y auditiva.
Todos los actores van más allá del deber. Mélissa Boros entrega una actuación monumental. Física, entregada y brutal. Su presencia es magnética. Pero el guion no le da un arco emocional, solo la sumerge en una sucesión de sufrimientos inexplicables. La cámara la sigue con devoción, pero sin propósito. Y eso convierte su entrega en una especie de sacrificio ritual inútil.
Tahar Rahim, el protagonista de la obra maestra Un profeta de Jacques Audiard, encarna al hermano toxicómano y figura fantasmal, quien se transforma físicamente en un muerto en vida cercano al perturbador personaje de El maquinista de Christian Bale y al Joker depresivo de Joaquin Phoenix. Pero aquí es tratado injustamente como símbolo más que como personaje. No hay humanidad, solo alegorías fallidas.
Golshifteh Farahani, la estupenda actriz de La piedra paciente y Paterson, se encuentra atrapada entre los estereotipos de la madre desesperada, la hermana abnegada y la médica impasible, quedando relegada a un papel cuadriculado y reiterativo, al igual que Emma Mackey (Emily, Hot Milk) como la enfermera, víctimas de una dirección incapaz de complejizar.
La fotografía de Ruben Impens, colaborador recurrente de Ducornau, es de una intensidad tóxica, como si cada plano quisiera ser el último. La música de Jim Williams, intrusiva hasta la violencia, refuerza la sensación de estar atrapado en una pesadilla febril producto de un síndrome de abstinencia, donde todo suena y nada resuena. El montaje de Jean-Christophe Bouzy, más interesado en la disrupción que en el ritmo, sabotea cualquier tentativa de empatía o comprensión en una burda imitación del cine de Lynch.
Pero lo más problemático de Alpha es su relación con el simbolismo. Ducournau parece convencida de que basta con introducir referencias al tatuaje, la infección, el mármol, la niñez herida o el cuerpo roto para que el espectador establezca las conexiones. Pero no hay reflexión, solo acumulación. Cada metáfora se vuelve literal, y cada literalidad se torna ridícula. Hay una escena que pretende ser poética con Alpha sangrando en una piscina mientras todos huyen despavoridos por miedo al contagio, que termina percibiéndose como un sketch escatológico de Saturday Night Live.
Todo en la película parece una consecuencia del síndrome creativo post-COVID. Es como si la directora hubiese perdido el sentido del mundo y decidiera filmar su propio colapso mental. El resultado es un filme tan enfermo como agotador. No se trata de incomodar, ya que eso es algo que el buen cine puede hacer de forma poderosa, sino hostigar sin dirección, como si Ducournau confundiera intensidad con profundidad, o estilización con emoción.
Alpha pasa de ser exigente a ofensiva en su autoindulgencia. No reta al espectador, lo maltrata. No lo interpela, lo ignora. No le plantea preguntas, le grita imágenes sin sentido. Es cine sin piedad, sin diálogo y sin amor por el cine mismo. Es una cinta que en vez de abrir preguntas, las cierra con ruido. Una película que pretende ser arte radical y termina siendo un vómito autorreferencial. Un viaje al corazón del delirio estético sin brújula, sin emoción y sin sentido. El cine puede ser muchas cosas: metáfora, experiencia, trauma, pregunta, espejo. Pero también puede fracasar. Y Alpha, con toda su furia, es el más ruidoso, brillante y vacío fracaso del año, con el perdón de la película de Minecraft.
Y lo más triste es que todo esto viene de una directora que ha demostrado que puede hacer cine inquietante, bello y feroz. Raw y Titane siguen siendo cintas extremadamente potentes y notables por su control, su fuerza, su precisión y su densidad simbólica. Aquí, todo ese talento se encuentra extraviado.


