Crítica: Mickey

Un documental que nos muestra que el pasado y la tecnología pueden ser una prisión, pero también una forma de liberarnos y de recuperar aquello que nos fue arrebatado.

Dano García 

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de FICG

Las mejores películas sobre la identidad rara vez intentan definirla. Prefieren observar cómo se construye, se quiebra y se transforma después de años de triunfos y derrotas. 

El documental de Dano García no es una biografía convencional ni un relato cronológico sobre una transición de género. Tampoco es un manifiesto político disfrazado de cine. Es algo mucho más íntimo y complejo. Estamos ante un intento por ordenar los fragmentos dispersos de una vida mientras todavía se está viviendo, haciendo uso de la tecnología.

Mickey Cundapí Bustamante, artista multidisciplinaria, videobloguera y protagonista absoluta de la película, se convierte simultáneamente en narradora, personaje y archivo. A través de fotografías familiares, videos caseros, animaciones digitales, recreaciones y diarios personales, la película construye una especie de collage emocional donde el pasado y el presente conviven constantemente.

García encuentra una forma visual particularmente apropiada para contar esta historia. Desde las primeras imágenes, dominadas por colores saturados, proyecciones, pantallas y cuerpos transformados en superficies de expresión, queda claro que estamos ante una propuesta que privilegia las emociones sobre la cronología. La estructura avanza por asociaciones, recuerdos y sensaciones. Cada capítulo funciona como una puerta hacia una etapa distinta de la vida de Mickey (los primeros tacones, las pelucas, los descubrimientos), así como los errores cometidos, los miedos, las ansiedades y las pequeñas victorias que terminaron definiendo quién es hoy.

La película evita convertir a Mickey en un personaje ideal. Aquí hay dolor, resentimiento, episodios de soledad, fantasías perversas y momentos donde la confusión parece imponerse sobre cualquier certeza. García se niega a construir un relato de victimización. La discriminación, el miedo, el odio y la sombra del suicidio aparecen como realidades concretas dentro de la historia, pero se interesa mucho más por los mecanismos que permitieron a Mickey sobrevivir a esos momentos. La película no pregunta únicamente qué le ocurrió sino cómo logró seguir adelante.

Se habla de una infancia feliz sostenida por una familia amorosa, pero también de una adolescencia marcada por el conflicto interno, la incomprensión social y la presión de crecer en un entorno profundamente conservador. Mazatlán aparece constantemente como el escenario físico y emocional de esa lucha. El mar que regresa una y otra vez a la pantalla funciona casi como un espejo de la protagonista siempre en movimiento, cambiando y regresando al mismo lugar desde una forma distinta.

El documental pertenece a esa tradición de documentales autobiográficos tipo Tarnation, donde la experimentación visual no es un mero adorno sino una extensión de la experiencia narrada y una ampliación del lenguaje audiovisual. Pero Mickey se siente como que por fin ya estamos viendo un trabajo del siglo XXI, donde la cineosfera, la teleosfera y la ciberesfera difuminan sus límites, mezclándose y yuxtaponiéndose, del mismo modo como está sucediendo con  los pronombres y con el discurso del género. 

Mickey, al igual que el delirante trabajo de inmersión al ecosistema de los videojuegos conocido como Grand Theft Hamlet, se atreve por ir más allá de los cánones impuestos por el lenguaje del cine y los géneros cinematográficos, de ahí que el contenido se sienta tremendamente coherente con la forma. Los archivos digitales, las ventanas superpuestas, las animaciones y los cambios constantes de textura visual reflejan una identidad que también se encuentra en permanente reconstrucción. Lo que para algunos espectadores podrá parecer disperso o confuso terminará adquiriendo sentido como la representación de una memoria fragmentada que intenta reorganizarse.

La película parece moverse más cerca del mundo del videoarte y la videoinstalación que del documental tradicional, pero esto solo se sentirá como un pecado mortal para los espectadores puristas y para quienes todavía creen que los géneros son binarios y que las reglas sociales deben obedecerse, así sean arbitrarias y convencionales. 

Otros podrán sentir que la propuesta formal puede convertir a su protagonista en un ser frío y distante. Pero la humanidad jamás se pierde. Incluso en sus pasajes más abstractos, nunca nos alejamos de Mickey. Todo nos retrotrae y a la vez nos lanza a sus recuerdos, fantasías, heridas e intentos por entenderse. Ayuda muchísimo que la familia esté integrada a la propuesta del documental y que las lógicas de la ciberesfera como lo son los reels, los blogs, los videos confesionales, los avatares, los videojuegos y los podcast sean utilizadas para ello.

Lo que permanece después de los créditos no es únicamente la historia de una transición de género. Es la sensación de haber acompañado a alguien en el proceso de apropiarse de su propia narrativa. Durante años, otras personas intentaron decirle quién y cómo debía ser. Mickey responde recuperando la palabra, la imagen y el cuerpo, convirtiendo cada recuerdo, incluso los más dolorosos, en un acto de libertad.

En tiempos donde tantas historias personales terminan reducidas a etiquetas o consignas, el documental de Dano García apuesta por algo mucho más difícil y es la de retratar a una persona compleja, contradictoria, vulnerable, profundamente humana, y asimismo, hacernos sentir algo por ella . En últimas, esa es la función primordial del arte.

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