¿Tienen en sus manos el futuro del cine español? Después de ver La bola negra, resulta difícil encontrar argumentos para responder negativamente. Javier Calvo y Javier Ambrossi, conocidos popularmente como los Javis, han realizado una película que posee el ímpetu narrativo y la energía desbordante de Quentin Tarantino, la poesía y la sensualidad de Pedro Almodóvar, el surrealismo de Luis Buñuel y la crudeza de buena parte del cine español más visceral. Su compleja arquitectura narrativa recuerda al Amores perros de Alejandro González Iñárritu, mientras que la ambición de sus imágenes evoca por momentos a Kenneth Anger y a Serguéi Eisenstein.
Sin embargo, lo extraordinario es que todas estas influencias terminan confluyendo en una personalidad cinematográfica propia, exuberante, apasionada y profundamente conmovedora. Con apenas su segundo largometraje, los Javis demuestran (al igual que el hizo el fallecido David Lynch), que no son solamente dos de los creadores más interesantes de la televisión, sino también dos auténticos autores cinematográficos.
En 1936, Federico García Lorca comenzó a escribir una novela titulada La bola negra, de la que apenas alcanzó a completar cuatro páginas antes de ser asesinado por los sublevados durante la Guerra Civil española. La obra partía de una anécdota relacionada con un joven de familia acomodada que intentaba ingresar a un exclusivo casino de Granada. Para decidir la admisión de nuevos socios, sus integrantes utilizaban un sistema de votación mediante bolas blancas y negras. Las primeras representaban la aceptación; las segundas, el rechazo. Cuando el muchacho descubría que había sido excluido, su padre le preguntaba por qué, y él respondía que se debía a su homosexualidad.
Aquella escena, aparentemente sencilla, encerraba una feroz denuncia de los mecanismos mediante los cuales una sociedad convierte sus prejuicios en normas de convivencia. Lorca murió sin poder desarrollar la historia, dejando abiertas las posibilidades de una novela que habría explorado la persecución de la diferencia en una España que pronto se sumergiría en el fascismo y la violencia.
Casi un siglo después, los Javis recuperan aquellas páginas y, junto con el dramaturgo Alberto Conejero, autor de La piedra oscura, construyen una película que trasciende ampliamente la anécdota original. Su propuesta consiste en entrelazar tres relatos situados en 1932, 1937 y 2017, cuyos protagonistas están unidos por la homosexualidad, la memoria y las consecuencias de una intolerancia que cambia de apariencia con los años, pero conserva buena parte de su capacidad destructiva.
La estructura nos recuerda a Intolerancia (1916), la monumental película de D. W. Griffith que reunía cuatro historias de distintas épocas para demostrar cómo el fanatismo y la persecución han acompañado a la humanidad a lo largo de los siglos. La bola negra podría considerarse una suerte de Intolerancia queer, donde los destinos individuales terminan revelando una historia colectiva de amores prohibidos, vidas silenciadas y afectos condenados a permanecer ocultos.
La película comienza con una extraordinaria secuencia durante la Guerra Civil española. Sebastián (Guitarricadelafuente), un joven trompetista de un pequeño pueblo, se prepara para participar en una celebración que termina convertida en una pesadilla cuando los aviones italianos atacan accidentalmente a quienes supuestamente han venido a apoyar. En cuestión de minutos, la música festiva se transforma en explosiones, los edificios se derrumban y la inocencia del muchacho queda sepultada bajo los escombros.
Sebastián termina incorporado a las tropas franquistas y posteriormente conoce a Rafael Rodríguez Rapún (Miguel Bernardeau), un prisionero republicano herido con quien comienza a desarrollar una relación amorosa. Rafael, personaje histórico vinculado sentimentalmente a García Lorca, representa una manera de comprender la identidad y el compromiso político muy distinta de la de Sebastián, quien inicialmente parece interesado únicamente en sobrevivir.
En otra época conocemos a Carlos (Milo Quifes), el joven de la novela inconclusa de Lorca, cuya solicitud de ingreso al casino granadino es rechazada por los rumores sobre su sexualidad. La humillación pública se convierte en una crisis de identidad que lo enfrenta con su familia y con las expectativas de una sociedad donde pertenecer a los círculos privilegiados exige renunciar a cualquier manifestación de individualidad.
Los Javis toman las cuatro páginas originales y las prolongan mediante una imaginación que transita entre el melodrama, el simbolismo y el surrealismo. El recorrido de Carlos adquiere una dimensión casi fantasmal, como si se tratara de un personaje suspendido entre la vida que hubiera podido tener y aquella que le fue negada.
La tercera historia transcurre en 2017 y tiene como protagonista a Alberto (Carlos González), un investigador que recibe una misteriosa herencia de su abuelo fallecido. Su búsqueda lo conduce hacia un pasado familiar lleno de secretos y lo enfrenta con su madre Teresa (Lola Dueñas), una mujer marcada por resentimientos y heridas que nunca han terminado de cicatrizar. Alberto vive abiertamente su homosexualidad y mantiene una relación con Juan Pablo (Julio Torres), pero descubre que las libertades conquistadas por su generación están construidas sobre las experiencias de personas que jamás pudieron disfrutar de ellas. El relato contemporáneo adquiere así una dimensión detectivesca y emocional, mientras las piezas de las historias anteriores comienzan a encontrar su lugar.
Los Javis manejan los desplazamientos temporales con una seguridad sorprendente. Las tres historias poseen identidades propias, pero están relacionadas mediante una serie de correspondencias que trascienden las explicaciones argumentales. Una canción puede conectar dos generaciones; un gesto amoroso encuentra su reflejo décadas después; una fotografía adquiere un significado diferente cuando conocemos la existencia de quien aparece retratado. La memoria funciona como una forma de montaje y los personajes terminan comunicándose a través de aquello que la historia oficial ha intentado borrar. La película nos recuerda que el pasado continúa viviendo en las decisiones, los temores y las aspiraciones de quienes llegaron después.
Las interpretaciones son fundamentales para que semejante construcción narrativa no termine convertida en un ejercicio de virtuosismo vacío. Guitarricadelafuente, cuyo verdadero nombre es Álvaro Lafuente Calvo, realiza un debut cinematográfico extraordinario. Su Sebastián conserva una mezcla de inocencia, desconcierto y deseo que convierte su recorrido en el corazón emocional de la película. Miguel Bernardeau ofrece una actuación igualmente poderosa como Rafael, un hombre cuya conciencia política y libertad afectiva contrastan con las contradicciones del joven soldado que termina enamorándose de él. La química entre ambos sostiene algunos de los momentos más hermosos y dolorosos de la historia.
Milo Quifes aporta una vulnerabilidad conmovedora a Carlos, mientras Carlos González consigue que Alberto sea mucho más que el instrumento narrativo encargado de descubrir los secretos familiares. Lola Dueñas resulta formidable como Teresa, una mujer adicta cuya amargura permite comprender que los traumas también pueden transmitirse de padres a hijos, incluso cuando las nuevas generaciones desconocen su origen. Julio Torres introduce una sensibilidad y un humor que contribuyen a darle naturalidad al relato contemporáneo.
Las apariciones de Penélope Cruz y Glenn Close merecen una mención especial. Cruz interpreta a Nené Romero, una artista de cabaret cuya presencia electriza la pantalla. Sus números musicales poseen el desenfado de los grandes espectáculos populares y recuperan una tradición de libertad escénica que sobrevivía en los márgenes de una sociedad profundamente conservadora. La actriz aparece durante pocos minutos, pero su energía es tan poderosa que consigue apropiarse de la película cada vez que entra en escena.
Glenn Close, por su parte, interpreta a Isabelle Durand, una estudiosa de Lorca que adquiere especial importancia hacia el desenlace. Su personaje establece una conexión entre la investigación histórica y la necesidad de recuperar las experiencias de quienes fueron condenados al silencio. La actriz dota a sus intervenciones de una calidez que amplifica la dimensión emocional del relato.
Otro de los grandes protagonistas es el lenguaje cinematográfico. La fotografía de Gris Jordana, el montaje de Alberto Gutiérrez y la música de Raül Refree construyen un universo donde el cine clásico dialoga constantemente con las posibilidades expresivas del presente. La secuencia inicial posee una fuerza casi operística, con imágenes de destrucción que recuerdan el montaje de atracciones de Eisenstein y una energía que por momentos parece salida del cine de Tarantino. En otros pasajes, los Javis se acercan al surrealismo de Buñuel, especialmente cuando la realidad comienza a confundirse con los sueños, los símbolos religiosos y las imágenes de muerte. También hay ecos del Almodóvar más apasionado, no solo como productor del filme sino particularmente en la importancia que adquieren la música popular, el deseo y los personajes que encuentran en el espectáculo un refugio frente a la intolerancia.
La música merece un reconocimiento particular porque cumple una función dramática que va mucho más allá del acompañamiento emocional. Las canciones populares, los números de cabaret y la composición original de Refree establecen puentes entre distintas épocas y permiten comprender que el arte también conserva las emociones que los documentos históricos suelen dejar por fuera. Allí donde las instituciones registran batallas, fechas y nombres de generales, las canciones guardan el recuerdo de los enamorados, los marginados y quienes encontraron en una melodía la posibilidad de expresar aquello que tenían prohibido decir.
Hay momentos verdaderamente sublimes, de una belleza que parece surgir directamente de la poesía lorquiana. Los cuerpos masculinos adquieren una dimensión sensual que desafía las representaciones tradicionales de la virilidad, mientras las imágenes de santos, heridas, nieve y paisajes funcionan como prolongaciones de los estados emocionales de los personajes. Los Javis comprenden que el universo de Lorca se alimenta de una tensión permanente entre el deseo y la muerte, entre la celebración de la vida y la certeza de su fragilidad. Esa sensibilidad atraviesa toda la película y permite que sus episodios más dolorosos convivan con momentos de humor, ternura y una vitalidad arrolladora.
Por supuesto, La bola negra no está completamente libre de excesos. Sus casi dos horas y cuarenta minutos incluyen algunas escenas que prolongan innecesariamente determinadas emociones, y hacia el desenlace los directores parecen demasiado interesados en explicar las conexiones entre sus historias. Una parte del misterio que había enriquecido el relato pierde fuerza cuando todas las piezas encuentran su lugar. Sin embargo, estas debilidades resultan menores frente a la extraordinaria ambición de una película que se atreve a convocar tantas épocas, personajes, géneros y tradiciones cinematográficas sin perder su identidad.
El resultado podría haber sido un caos monumental, un mazacote indigesto de referencias culturales, saltos temporales y emociones desbordadas. Pero los Javis consiguen preparar una maravillosa paella cinematográfica donde cada ingrediente encuentra su lugar y contribuye a construir una experiencia profundamente conmovedora. Hay cine histórico, melodrama, romance, musical, tragedia, comedia, investigación y poesía. Todo convive gracias a una convicción fundamental sobre el poder de las historias para recuperar aquello que el tiempo y la intolerancia han intentado destruir.
También resulta fascinante pensar hasta qué punto Federico García Lorca estaba adelantado a su época. Aquellas cuatro páginas inconclusas planteaban una pregunta que continúa siendo pertinente casi cien años después. ¿Por qué una sociedad necesita excluir a quienes aman de manera diferente? El sistema de votación del casino convierte la discriminación en un procedimiento aparentemente civilizado, donde nadie necesita asumir individualmente la responsabilidad del rechazo. La bola negra representa así algo mucho más profundo que la negativa a admitir a un nuevo socio. Es el símbolo de todas las puertas cerradas, de los nombres borrados y de los amores obligados a existir en secreto.
La película también establece una relación entre la España de la Guerra Civil y nuestro presente. Los discursos autoritarios, la persecución de las diferencias y la utilización del miedo como instrumento político siguen presentes en sociedades que se consideran mucho más avanzadas. Los Javis comprenden que recordar las tragedias del pasado implica reconocer los mecanismos que podrían permitir su repetición. Por eso su película adquiere una urgencia contemporánea que va mucho más allá de la reconstrucción histórica.
Después de La llamada y de trabajos televisivos tan importantes como Paquita Salas, Veneno y La Mesías, Javier Calvo y Javier Ambrossi han demostrado una capacidad extraordinaria para reinventarse y abordar universos cada vez más complejos. Su trayectoria parece impulsada por una energía creativa inagotable, pero La bola negra representa un salto particularmente importante.
Aquí las ambiciones expresivas están acompañadas por una comprensión profunda de los recursos cinematográficos y por una confianza absoluta en el poder emocional de las imágenes. Los Javis pertenecen a una generación que ha crecido dialogando con el cine, la televisión y la cultura popular, y que ahora utiliza todas esas influencias para construir una nueva identidad audiovisual española.
La bola negra es, finalmente, una celebración del arte como instrumento de memoria y como posibilidad de salvación. Lorca fue asesinado, pero sus palabras sobrevivieron. Sus personajes quedaron inconclusos, pero otros artistas han conseguido devolverles la vida. Los amores que fueron perseguidos, negados o enterrados encuentran aquí la oportunidad de ser contados. Hay algo profundamente hermoso en pensar que una obra interrumpida por la violencia pueda convertirse, casi un siglo después, en una película que celebra aquello que sus verdugos pretendieron destruir.
Con esta película, los Javis se consolidan como herederos de una tradición cinematográfica española que ha hecho del deseo, la libertad y la imaginación sus principales armas contra el autoritarismo. Son dos cineastas capaces de mirar hacia los grandes maestros sin quedar atrapados bajo su sombra, y de construir una obra que pertenece tanto a la historia del cine como a las inquietudes de nuestro tiempo. Si el futuro del cine español está en sus manos, tenemos motivos de sobra para celebrarlo.
¡Que viva La bola negra! ¡Y olé!


