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Crítica: Megalodón 2: El gran abismo

Vuelve la mezcla tóxica entre Parque Jurásico y Tiburón con un Jason Statham siguiendo los pasos equivocados de Vin Diesel y Jason Momoa.

Ben Wheatley 

/ Jason Statham, Siena Guillory, Cliff Curtis, Sergio Peris-Mencheta, Wu Jing, Sophia Cai

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de Warner

A diferencia de Vin Diesel y Jason Momoa, dos superestrellas del cine de acción cuyos papeles se exceden en superficialidad y estupidez, el británico Jason Statham ha demostrado poseer una dosis mayor de inteligencia y versatilidad. Sus películas dirigidas por Guy Ritchie (Lock, Stock & Two Smoking Barrels, Snatch) siempre lo hacen brillar y cintas como The Bank Job, The Mechanic y Spy han resultado ser superiores a la mediocridad rampante que suele caracterizar al género. Por eso es toda una tristeza que Statham haya sucumbido a participar en la terrible, pero millonaria franquicia de Rápido y furioso, a la horrible, pero millonaria saga de El transportador y a la ridícula, pero millonaria serie de conocida como Megalodón.

La premisa, que por increíble que parezca está basada en un libro (The Meg: A Novel of Deep Terror de Steve Alten) bien podría pertenecer a una estrategia típica de Roger Corman, el legendario productor de cine de explotación. Si Tiburón y Parque Jurásico de Steven Spielberg cautivaron a un público y recaudaron millones en la taquilla, ¿por qué no mezclarlas? 

El resultado fue una cinta del 2018 dirigida por John Turteltaub, la persona detrás de las esperpénticas cintas 3 Ninjas, National Treasure y El aprendiz de brujo, todos éxitos taquilleros, pero de una calidad paupérrima. Una de las razones por las cuales las películas de Corman son todo un placer culposo, radica en el efecto camp (“es tan mala, que es buena”), producto de los malos efectos especiales y el bajísimo presupuesto que lleva a los directores a hacer uso de una alta dosis de creatividad para entretener a un público que no quiere pensar mucho. 

Sin embargo, el mismo Corman ha afirmado que el cine clase “B” desapareció porque ahora ese tipo de cintas se hace con un altísimo presupuesto y mucha pereza mental. Por lo tanto, Megalodón, al igual que Rápido y furioso (por cierto, un título robado de una película de Corman), son cintas “tan malas que son peores”, pero que curiosamente tienen un gran apoyo por parte de un público que va a cine para adormecer aún más su cerebro o quizás para poder hacer uso de su dispositivo celular, a la vez que alza su cabeza de vez en cuando hacia la pantalla, sin llegar a perder el hilo de una película que, en realidad, no posee ningún tipo de hilo narrativo que valga la pena.

En esta ocasión, Ben Wheatley, un director que nos fascinó con la cinta Free Fire (toda ella ambientada en un tiroteo) y el decente remake del clásico de Hitchcock Rebecca, sucumbe al dinero fácil y a la falta de imaginación, en esta secuela “más grande”, “más espectacular”, “con mejores efectos especiales” y con un Jason Statham más estúpido que nunca. 

Ahora ya no hay un solo tiburón prehistórico haciendo de las suyas, sino varios. Y detrás de la ira de los megalodones se encuentra la codicia humana, representada con un malvadísimo Sergio Peris-Mencheta. Statham sigue interpretando a Jonas Taylor, ese extraño ambientalista que no duda en lastimar a los feroces animales en vía de extinción y que es casi tan invulnerable como el mismísimo John Wick (aunque ambas franquicias son diametralmente opuestas en términos de calidad).  

Los fanáticos del absurdo anime Meteoro: El rey de las pistas están acostumbrados de ver cómo Chispita, el hermano menor del corredor de autos, junto a su mascota Chito el chimpancé, siempre estaban metiéndose en problemas, ya que a menudo solían viajar ocultos y de manera clandestina en el maletero del auto del protagonista. Aquí, el equivalente de Chispita es Meiying (Sophia Cai), la precoz sobrina de Jiuming Zhang (Wu Jing), el tío de Meiying, quien tomó el lugar de su difunta hermana Suyin en Mana One, una organización supuestamente dedicada a proteger los océanos y a estudiar los megalodones, especialmente a Haiqi, una especie de Liberen a Willy un poco más peligroso.

Meiying es la protegida de Taylor y termina de polizona en una peligrosa misión que desencadena una serie de traiciones, muertes, golpes, tiroteos, explosiones y tiburones prehistóricos devoradores de turistas, mezcladas de una forma tan torpe, estereotipada y aburrida, que hace quedar a Carnosaur, (la versión clase “B” de Parque Jurásico producida por Corman) y a Piraña (la versión de Corman de Tiburón) como dos auténticos clásicos del cine de acción y terror ecológico. Inclusive las ridículas Sharknado y Mega Shark Vs. Octopus son mucho mejores que esta abominable cinta antediluviana. 

Hace unas pocas semanas, el gobierno de China tomó represalias contra Japón por el vertido en el océano de las aguas residuales de la planta nuclear de Fukushima, señalando el acto como “extremadamente egoísta y un acto de irresponsabilidad”. Este país, que colaboró en la producción de las dos entregas de Megalodón, debería proteger la salud mental de su pueblo y no generar productos tan tóxicos como este. Megalodón 2 es el equivalente cinematográfico de esas aguas residuales, ya que contamina peligrosamente a lo que antes se conocía como “el séptimo arte” y es una basura para nada ecológica.