Crítica: La voluntad de Dios (Is God Is)

Dos hermanas emprenden una sangrienta odisea para cumplir el último deseo de su madre: Matar al padre que intentó destruirlas

Aleshea Harris 

/ Kara Young, Mallori Johnson, Sterling K. Brown, Vivica A. Fox, Janelle Monáe, Erika Alexander, Mykelti Williamson, Josiah Cross, Xavier Mills, Justen Ross

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de Prime Video

Hay madres que, antes de morir, piden a sus hijos que permanezcan unidos, que se perdonen o que cuiden unos de otros. Ruby no tiene tiempo para semejantes delicadezas. Postrada en una cama, desfigurada por quemaduras y consumida por una furia que ha sobrevivido al paso de los años, reúne a sus hijas gemelas para encomendarles una última tarea: Encontrar a su padre y matarlo. No heredan una casa, unas joyas ni un álbum familiar. Heredan una sentencia de muerte.

Racine (Kara Young) y Anaia (Mallori Johnson) crecieron creyendo que su madre había muerto en el incendio que también marcó sus cuerpos. Ahora descubren que el fuego no fue un accidente, sino el último acto de violencia de un hombre que decidió quemar vivas a su esposa y a sus hijas. Ruby, interpretada por Vivica A. Fox, no quiere justicia institucional ni reconciliación espiritual. Quiere que ese hombre muera. Y quiere que sus hijas sean quienes ejecuten la condena.

El mandato lanza a las gemelas a una travesía por el sur de Estados Unidos en busca de ese padre al que la película llama, sin sutilezas innecesarias, “el Monstruo”. Lo interpreta Sterling K. Brown, quien transforma su habitual calidez en una máscara detrás de la cual se adivina algo aterrador. La directora Aleshea Harris demora inteligentemente su aparición completa. Primero vemos fragmentos de su cuerpo, una sonrisa, el humo de un cigarrillo y algunos gestos cotidianos. Cuando finalmente ocupa la pantalla, comprendemos que su verdadera monstruosidad no reside en parecer un demonio, sino en pasar por un hombre perfectamente normal.

La voluntad de Dios nació como una obra teatral escrita por la propia Harris, estrenada en 2018 en el circuito off-Broadway y reconocida con el Obie de dramaturgia. Para llevarla al cine, la autora escribió el guion y asumió por primera vez la dirección de un largometraje. El resultado es un debut asombrosamente seguro que conserva la intensidad verbal, la estructura trágica y la dimensión simbólica del texto original, pero evita la sensación de estar contemplando una obra de teatro filmado. Harris entiende que la cámara no debe limitarse a registrar a los personajes; debe perseguirlos, aislarlos y revelar el mundo desmesurado hacia el cual avanzan. 

La cineasta abre la historia hacia carreteras, campos y paisajes sureños que convierten el viaje de las hermanas en una especie de western contemporáneo. Racine y Anaia no son pistoleras profesionales ni máquinas entrenadas para matar. Son dos jóvenes educadas por el abandono, los hogares sustitutos y las miradas de quienes solo ven en ellas las cicatrices del incendio. Su misión no nace de una habilidad extraordinaria, sino de una herida extraordinariamente profunda.

Kara Young dota a Racine de una energía impetuosa, casi temeraria. Es la hermana que acepta el encargo materno como si llevara toda la vida esperando que alguien pusiera nombre y dirección a su rabia. Young (ganadora de dos premios Tony consecutivos por Purlie Victorious y Purpose), hace que cada movimiento parezca un desafío. Racine camina como si estuviera dispuesta a embestir el mundo antes de permitir que el mundo vuelva a golpearla.

Mallori Johnson (Steal Away) construye a Anaia desde un registro diferente. Ella es la hermana cuyo rostro conserva de manera más visible las huellas del fuego y cuya reserva no debe confundirse con fragilidad. Anaia duda, observa y calcula; todavía conserva cierta consciencia frente al precipicio moral al que se acercan. Johnson convierte esos silencios en el verdadero campo de batalla de la película. Entre ambas actrices existe una formidable conexión física y emocional: se visten de manera semejante, comparten rutinas, intercambian miradas que Harris traduce ocasionalmente mediante textos en pantalla y parecen comunicarse desde un territorio anterior a las palabras.

La película recuerda al cine de venganza que Quentin Tarantino revitalizó a finales de los noventa y llevó hasta sus extremos más exuberantes con Kill Bill. Hay violencia convertida en ceremonia, personajes que parecen llevar apodos arrancados de una leyenda y una protagonista (en este caso, dos) que deben cruzar una galería de figuras excéntricas antes de llegar al monstruo final. La presencia de Vivica A. Fox, inolvidable como Vernita Green en Kill Bill, convierte esa relación en algo más que una coincidencia. Es casi el paso de una antorcha ensangrentada entre dos generaciones de mujeres cinematográficas que se niegan a morir en silencio.

Sin embargo, Racine y Anaia están muy lejos de la destreza sobrehumana de La Novia Beatrix Kiddo. Discuten sobre cómo matar a su padre, improvisan, se equivocan y sienten náuseas ante las consecuencias concretas de sus decisiones. Esa impericia vuelve cada encuentro más angustioso. Ellas no atraviesan la violencia como heroínas invulnerables, sino como víctimas que empiezan a descubrir cuánto se parecen las herramientas de la venganza a las del hombre que persiguen.

La misión adquiere así una resonancia bíblica, pero no pertenece a la compasión del Nuevo Testamento. En este universo nadie ofrece la otra mejilla. La lógica dominante es la del Antiguo Testamento: Sangre por sangre, fuego por fuego, ojo por ojo y familia contra familia. Ruby es llamada “Dios” porque dio vida a sus hijas, mientras el padre recibe el nombre de “Monstruo” porque quiso arrebatársela. Entre ambas deidades domésticas, las gemelas cargan con un pecado que no cometieron y con el mandato de prolongarlo.

En el camino aparece un espléndido conjunto de personajes secundarios. Erika Alexander se roba cada instante como Divine, una predicadora electrizante que también cayó bajo el poder seductor del padre. Mykelti Williamson interpreta a Chuck, un abogado privado de la voz por saber demasiado. Janelle Monáe encarna a Angie, la nueva esposa de El Monstruo, instalada junto con sus hijos gemelos (Xavier Mills y Justen Ross) en la comodidad familiar que Racine y Anaia nunca conocieron. Josiah Cross, como el medio hermano Ezekiel, armado con un martillo, completa un árbol genealógico cuyas raíces parecen alimentarse de secretos, locura, miedo y crueldad.

Harris maneja el humor negro con precisión, pero nunca lo utiliza para volver inofensiva la violencia. Podemos reír ante lo absurdo de ciertas conversaciones o ante la extravagancia de algunos encuentros, pero la risa queda atrapada en la garganta. Desde su primera revelación hasta el enfrentamiento final, La voluntad de Dios sostiene una tensión asfixiante porque sabemos que este viaje no puede terminar sin cobrar algo más que la vida del culpable.

La película defiende que la venganza es comprensible e incluso merecida, pero se niega a presentarla como una cura. Matar a El Monstruo no puede devolverles a las hermanas la infancia, borrar sus cicatrices ni resucitar a la mujer que su madre era antes del incendio. El gran dilema no consiste en decidir si ese hombre merece morir (Harris despeja muy pronto cualquier duda), sino en preguntarse qué parte de sus hijas deberá morir con él para cumplir la orden.

Oscura, violenta y por momentos salvajemente divertida, La voluntad de Dios convierte una tragedia doméstica en una epopeya feroz sobre la herencia del daño. Aleshea Harris no suaviza la furia de su obra al trasladarla al cine. Le abre las puertas, la deja salir a la carretera y permite que avance dejando fuego a su paso. La venganza puede pertenecer a las hijas, pero la violencia continúa siendo el legado del padre.

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