Crítica: Kill Bill: The Whole Bloody Affair

Tarantino por fin suelta a Kill Bill en su forma definitiva: un solo tajo, sin cortes y con pausa para respirar y volver por más sangre.

Quentin Tarantino 

/ Uma Thurman, David Carradine, Lucy Liu, Daryl Hannah, Michael Madsen, Vivica A. Fox, Sonny Chiba, Gordon Liu, Michael Parks, Julie Dreyfus

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de Cine Colombia

Durante dos décadas, Kill Bill vivió con una cicatriz industrial. La división en dos entregas convirtió un homenaje al cine de artes marciales y de venganza en un “evento por capítulos” similar a Los tres mosqueteros de Richard Lester. Ahora, con The Whole Bloody Affair por fin en salas, Tarantino recupera la intención original. La venganza de “La Novia” ya no se administra por dosis sino que se traga de una vez. Y esa diferencia (más física que conceptual) cambia el pulso emocional de la historia. Lo que antes era un cliffhanger y un “continuará”, aquí se vuelve caída libre.

La estructura épica tipo Lawrence de Arabia gana algo que las versiones separadas no podían ofrecer: una continuidad anímica. La furia pop del vol. 1 (katanas, luces de neón, kimonos, nieve, lluvia de sangre carmesí y extremidades mutiladas) ya no termina con un golpe de efecto pensado para venderte otra entrada. Se detiene, pero con un intermedio al estilo de El brutalista que funciona como una especie de cigarrillo narrativo. Te levantas, orinas, te sacudes, vuelves, y la película regresa transformando el motor de la venganza en un “wu xia western” seco y agreste de tierra y culpa. Ese cambio de género (que siempre estuvo ahí) se siente menos como “otra película” y más como la segunda fase de la misma resaca.

Lo más vistoso, y lo más fácil de vender, es el regreso del color donde antes hubo estrategia de censura. La masacre de los Crazy 88 ya no se esconde en blanco y negro para suavizar el festival hemoglobínico. Ahora se exhibe como Tarantino quiso, con el gore en tecnicolor y el ballet del maestro Yuen Woo-ping (Drunken Master) brillando como un anuncio de cine pulgoso de barrio con presupuesto de ópera de Milán. Pero de todas maneras, Tarantino, con todo y Woo-Ping a bordo, no logra el mismo efecto de esas gloriosas coreografías del cine de los Shaw Brothers (algo que John Wick logra con creces).

En la pantalla grande, esta versión unificada de Kill Bill vuelve a confirmar algo que a veces se olvida. Uma Thurman hace el mejor papel de su carrera. Ella no está “actuando en una película de acción” equipada con una sudadera amarilla de Bruce Lee y su Pussy Wagon; en realidad está marcando las coreografías de pelea, sus emociones encontradas y su actitud determinada con un sentido del ritmo único e increíble que aguanta el plano largo, el chiste escatológico, el golpe y el silencio. 

Luego está la pieza que reordena la memoria de la saga. La sección animada del origen de O-Ren Ishii, expandida con material nuevo. Tarantino siempre fue un DJ cinematográfico que aquí samplea kung fu setentero, chambara, exploitation, anime, spaghetti western, melodrama y lo mezcla con una banda sonora de RZA y Robert Rodríguez que parece hecha por alguien que colecciona vinilos como si fueran espadas. Pero el anime (en especial con la ampliación) no es solo un “extra”. Es la prueba de que Kill Bill fue, desde el primer día, un ejercicio de estilo que se permite cambiar de piel sin pedir disculpas.

La gracia del reensamble también está en lo que quita. Quedan fuera las recapitulaciones y las transiciones pensadas para la serialización. En su lugar, el relato se vuelve más cruel con Bill (David Carradine), porque su presencia ya no depende de “guardarlo” para la siguiente parte. Ahora se siente como un ser humano y no como amenaza fantasma, sin dejar de ser el tipo que cuando aparece, controla la habitación.

Además, vista como una sola pieza, la galería de antagonistas se lee con otra lógica. O-Ren (Lucy Liu) es la fantasía japonesa perfecta; Vernita (Vivica A. Fox) es la violencia doméstica disfrazada de Blaxploitation y drama doméstico; Budd (Michael Madsen) es el western crepuscular hecho persona; Elle Driver (Daryl Hannah) es la villana de cómic retorcida, el homenaje a La llaman la tuerta y una mujer vestida para matar extraída de los sueños febriles de Brian De Palma; y Bill es el intérprete de la flauta silenciosa, un Kwai Chang Caine corrupto y un narrador tramposo que quiere que lo recuerdes como un romántico cuando, en el fondo, es un mafioso, machista, celoso y abusador al que le gusta lanzar referentes de cómics y cinefilia.

El precio de “lo completo” también se nota. Cuatro horas y pico obligan a aceptar que, en esta cinta producida por Harvey Weinstein, Tarantino no buscaba una curva clásica de acción ascendente, sino una montaña rusa de tonos, texturas y caprichos indulgentes. Quédense hasta después de los créditos (si sus riñones lo soportan) para que la cinta finalice con la clásica cortinilla de “vamos todos al vestíbulo” y una secuencia animada nueva titulada “La venganza de Yuki” que presenta a la hermana de Gogo Yubari buscando venganza contra Beatrix Kiddo.

Para algunos, esa suma excesiva puede sentirse desbalanceada. El éxtasis adrenalínico del primer tramo no tiene un equivalente “más grande” al final, porque el cierre apuesta por conversación, veneno, filosofía barata y comentarios sobre los superhéroes dichas con convicción. Pero en este corte, esa decisión se entiende mejor. Kill Bill es el museo personal de Tarantino sobre la venganza, filmada en todos los idiomas cinematográficos y televisivos que lo criaron. 

Eso incluye la participación de Gordon Liu, la leyenda de Las 36 cámaras del Shaolin y Regreso a las 36 cámaras, haciendo un papel doble como el secuaz Johnny Mo y el maestro Pai Mei; y Sonny Chiba, la estrella del cine de acción japonés de The Street Fighter I y II como el fabricante de katanas Hattori Hanzo. Ambos fueron los protagonistas de cintas que muchos veteranos vimos en cines bajo la promoción de “dos películas por el precio de una” (guiño al proyecto Grindhouse de Tarantino y Rodríguez). Y no podemos olvidar a Michael Parks, el actor recurrente de series como Baretta, Las Calles de San Francisco y La Mujer policía como el sheriff Earl McGraw y el perverso Latin Lover Esteban Vihaio. Hay que recordar ese amor desbordado por la televisión de Tarantino, traducido en dos estupendos episodios de E.R. y C.S.I.  

Lo más disfrutable de esta reedición es que se siente menos como una “versión extendida” y más como una restauración con intención. Estamos ante una obra que por años existió como un mito y que ahora llega con el descaro de decir “era verdad”. Con intermedio,  sangre a pleno color y el anime respirando como capítulo esencial, la experiencia termina por fin pareciéndose a lo que promete el subtítulo. Una historia completa, excesiva, sangrienta, exagerada, acartonada, sentimental, cruel, brutal, feminista y extremadamente divertida.

CONTENIDO RELACIONADO

  • 00:00
00:00
  • 00:00